Tarde de domingo a orillas del Narcea. Tan pronto me vuelvo de espaldas al Pedrorio, un sol inesperadamente cálido y reconfortante alcanza mis hombros. Sol que se abre paso entre las nubes de un cielo empedrado. A mi izquierda, el río luce un azul esplendoroso que ambiciona profundidad.
Ría de Miranda. Recorro unos pocos metros sobre un verde alfombrado que se hace querer por su docilidad. Alcanzo unos peñascos que ganan terreno al río cuando las crecidas no son grandes. Peñascos alargados y puntiagudos. Se diría que tienen forma de nervios que se salieron del fondo de la tierra y del agua, como raíces leñosas que alguna crecida desgajó del árbol protegido por la tierra. Y que, desde Dios sabe cuánto tiempo, sirven de atalaya a todo aquel que se acerca a estas orillas, bien sea en calidad de contemplador, bien sean pescadores que se instalan sobre ellos con sus cañas cuando la temporada así lo pauta.
Mis hombros buscan el calor del sol. Río arriba, del otro lado, se divisa la sierra del Courío. En sus partes más bajas cuelgan cataratas de niebla, como mechas de algodonosas nubes que el viento arrancó de cuajo a su matriz.
La tregua de calidez y el sol que calienta tímidamente permiten advertir que el otoño no se ha ido del todo. Hojas sobre el suelo que se resisten a desintegrarse. En muchos árboles se observa una hermosa transición. Algo queda aún del color ocre de la seronda, que se entremezcla con los tonos violáceos del invierno más crudo que, a su vez, anuncia anticipos primaverales.
Es el domingo de enero que hace de víspera del retorno al trabajo y a la rutina. Atrás se quedaron las fiestas de las ausencias, del derroche del consumo y, también, del dispendio de la hipocresía que nos invita a ser más magnánimos con todos y con todo.
Es entonces cuando podemos caer en la cuenta de que, tras haber dado la espalda a muchos de los tópicos navideños, por estos mismos senderos, por estos mismos rincones, transitaron seres cuya ausencia resulta para nosotros, por múltiples y escondidas razones, una orfandad que hace que nuestro ánimo zozobre. Es el momento en que acusamos recibo de que el ánimo se intensifica, de que no sólo somos, como dejó escrito Caballero Bonald, «el tiempo que nos queda», sino que somos también un cúmulo de incorporaciones de lo que otros han vivido por y para nosotros.
Es momento para la fantasmagoría más bien amada. Para el recuerdo de quien se asomó a estas mismas atalayas, de quien elevó su mirada hacia las mismas alturas que ahora mismo tenemos sobre nosotros. Es momento para las huellas que se sobreponen. En la «Odisea» homérica hay un pasaje y un paisaje en los que el recorrido sobre las huellas descubre todo un itinerario de amor, el mismo que describe María Casares en su autobiografía para dar cuenta de ello.
Con los hombros templados por este sol de enero tan imprevisto y tan grato, ya es momento para el regreso. El Narcea ya quiere ser mar y por eso se presenta profundamente azul. Sus corrientes, especialmente en algunos rabiones, forman un oleaje que es todo un anticipo de ese mar que es su aspiración y acaso también su inspiración. Sol de enero en el que los dioses se vuelven más humanos que nunca. Y precisamente por eso vuelan tan bajo y se hacen más inteligibles y perceptibles.
Planea una gaviota intrusa. Dos cuervos se posan sobre las ramas de un manzano que aún descansa tras su última cosecha.
No es difícil imaginar una melena de mujer a la que el viento invadió. Tacones en busca de una quietud imposible. No es difícil intuir de principio a fin la senda que dibujaron miradas que buscaban parajes y paisajes. Suspiros que se conjuraban para saciar la nada, parodiando a Luis Cernuda.
Por las montañas de enfrente, más visibles que nunca a causa de la invernada, algo se mueve con velocidad vertiginosa. Lo hace a saltos. Queremos adivinar y adivinamos que es un corzo que busca -aún queda alguno- un reguero cristalino.
Y el Narcea, con los rayos de sol, más azul que de costumbre.
Sol de enero.

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