TORMENTA EN WASHINGTON. La salida a la luz pública de las actividades de este traficante de influencias puede llevarse por delante a buena parte de la actual generación de políticos y cambiar el rumbo de EEUU.

La primera semana de 2006 tras las vacaciones ha estado llena de turbulencias. Irán ha empezado el proceso que lleva al enriquecimiento de uranio camino a una bomba atómica, y en Israel los medios de comunicación de todo el mundo aguardan el despertar de Ariel Sharon. Sin embargo, la auténtica bomba quizás sea el que ha empezado a hacer tic tac en Washington: el escándalo Abramoff. Es posible que, más que a un escándalo político, estemos asistiendo a un tsunami que igual se lleva por delante a buena parte de una generación de políticos y que quizá cambie el rumbo de la política de los Estados Unidos durante una generación.
Hasta que la ley cayó sobre él, Jack Abramoff era, según lo ha descrito un editorial de The Guardian, luz y guía de un ejército de «más de 35.000 lobbystas profesionales que en la actualidad invierten no menos de 4.200 millones de euros en tratar de influir en los votos de los miembros del Congreso de Estados Unidos».Es éste un sistema que el ex consejero de Seguridad Nacional Zbigniew Brzezinski ha asegurado que hace de Washington «la capital más corrupta del mundo». Cosas como ésta ya habían sucedido antes, aunque nunca a esta escala desde la época posterior a la Guerra Civil, a finales del siglo XIX, cuando el humorista Mark Twain comentó que en Estados Unidos no había una clase criminal nativa salvo su Congreso.

Arrepentidísimo, Jack Abramoff está colaborando fervorosamente en estos momentos con el FBI, lo que obligará a buen seguro a muchos otros, como fichas de dominó que caen, a hacer lo mismo para reducir sus posibles condenas. «Esto va a crecer y multiplicarse.Si yo estuviera en el Capitolio, estaría temblando porque, si hay alguien que sepa dónde se guardan los cadáveres, ése es Jack Abramoff» ha declarado Bill Mateja, un ex alto cargo del Departamento de Justicia de Bush, a Knight Ridder.

Con Irak, Irán y la gripe aviar, al mundo le hace falta unas buenas carcajadas, sin duda, y podría resultar muy entretenido ver cómo muchos de estos ladrones pomposos y engreídos son llevados ante la Justicia; sin embargo, por gracioso que pueda parecer todo esto, cuando cerca de 40 millones de norteamericanos viven en la pobreza y cerca de 13 millones de niños norteamericanos pasan hambre, el escándalo Abramoff no es más que la punta de un iceberg trágico la revolución conservadora. Tal y como ha escrito Hendrik Hertzberg en la prestigiosa revista norteamericana The New Yorker, «cuando se desprecian las funciones de mejora general del Estado, con un solo hilo se ensartan las rebajas de impuestos de las rentas más altas, el desmantelamiento de las medidas de protección del medio ambiente y de seguridad, la trituración de la red de protección social, el reclutamiento para los organismos reguladores de amiguetes contrarios a sus objetivos y, por último, la corrupción más descarada. Si se considera que la cosa pública es como una mujer pública, ¿por qué no tratarla como tal? No queda más que desplumar a sus clientes y repartirse el botín».