El que fuera responsable de la Autoridad Provisional creada en Irak tras la invasión de Estados Unidos resume en esta tribuna «algunas de las lecciones de mayor calado» de aquella experiencia

Reparar el daño realizado a Irak por décadas de tiranía no iba a ser en ningún caso tarea fácil y yo cometí algunos errores.
Por ejemplo, el empeño en dejar fuera de todo cargo público a los miembros más destacados del Partido Baaz. La decisión en sí era la adecuada, puesto que este partido había sido un instrumento clave de la dictadura de Sadam Husein. El error consistió en que encomendé la puesta en práctica de esta medida a un organismo político del naciente Gobierno iraquí, en cuyas manos se convirtió en un instrumento de unos políticos que la aplicaron de manera mucho menos restrictiva de lo que nosotros pretendíamos. El proceso de desbaazificación debería haberse puesto bajo la administración de un órgano judicial independiente.

También atribuimos una importancia excesiva a los proyectos de reconstrucción a gran escala. Si bien no cabían dudas sobre la necesidad urgente de carreteras modernas, centrales de producción de energía eléctrica y cosas de este estilo, deberíamos habernos dado cuenta por adelantado de que la construcción de estas obras requeriría mucho tiempo. Nuestros primeros esfuerzos deberían haberse dirigido de manera más decidida a solventar las necesidades diarias de los iraquíes.

Otra de las lecciones más claras es que EEUU debe prepararse mejor para la fase de posguerra en el supuesto de que en el futuro nos volvamos encontrar en situaciones similares en el plano militar.El Gobierno ha dado un primer paso en la buena dirección al crear secciones de reconstrucción en los departamentos de Estado y de Defensa. Sin embargo, la medida debe ampliarse a todo el Gobierno y especialmente al sector privado.

El objetivo debería ser una reacción rápida, de un Cuerpo de Reserva Civil entre público y privado, que se nutriera de personas con conocimientos en materias tales como el tendido de instalaciones de telecomunicación, la reconstrucción de centrales eléctricas, la modernización de los sistemas de atención sanitaria y la adopción de procedimientos presupuestarios modernos.

Por último, se ha prestado una gran atención a mi preocupación en torno a la necesidad de mantener un número adecuado de soldados para derrotar a los terroristas y a los rebeldes. Nuestros jefes militares han asegurado que disponían de fuerzas suficientes para garantizar la ley y el orden y que contar con más soldados podría intensificar la hostilidad de los iraquíes.

Se trata de un argumento respetable, pero con el que no estoy de acuerdo. Si bien yo tenía hace un par de años mis reservas sobre la calidad de las fuerzas armadas iraquíes, su instrucción ha avanzado mucho desde entonces. En la actualidad están desempeñando un papel de importancia creciente en la defensa de Irak.

A pesar de algunas medidas equivocadas y de algunos contratiempos, pocas dudas caben de que, gracias a los esfuerzos de la coalición encabezada por EEUU, en Irak se están realizando en la actualidad unos progresos enormes en materia política y económica.

Los iraquíes han votado en las primeras elecciones dignas de tal nombre en su país y han aprobado la Constitución. Por último, el 70% de los votantes eligió un nuevo Parlamento, que debería modificar la Constitución para recoger las preocupaciones legítimas de los suníes.

Por lo que se refiere a la economía de Irak, el Fondo Monetario Internacional informa de que la renta per cápita se ha multiplicado por dos durante el año pasado y pronostica que la economía de Irak crecerá un 17% durante este año. No es de extrañar que el registro de creación de empresas haya experimentado un aumento del 67% en los últimos seis meses.

Por supuesto, todavía queda mucho por hacer. Soldados norteamericanos e iraquíes de todas clases siguen cayendo en la lucha contra los elementos criminales del régimen de Sadam Husein y los terroristas de Al Qaeda. El presidente Bush identificó correctamente Irak como el frente más importante en la guerra contra el terrorismo, al igual que lo reconoció el propio Osama bin Laden cuando anunció ante sus seguidores que «la tercera guerra mundial ha empezado en Irak» y que «terminará en el mismo lugar, con la victoria y la gloria o el dolor y la humillación».

A pesar de la dimensión descomunal de lo que está en juego, hay algunos norteamericanos que han exigido que se fije un calendario para nuestra retirada o incluso que nos marchemos ya. Eso sí que sería una equivocación histórica: una traición a los sacrificios que han hecho norteamericanos e iraquíes, una victoria de los terroristas en todos los frentes y un paso decidido hacia un mundo más peligroso.

L. Paul Bremer III es ex director de la Autoridad Provisional de la Coalición en Irak y autor del libro My Year in Iraq: The Struggle to Build a Future of Hope (Mi año en Irak: La lucha por construir un futuro de esperanza).