En la Europa occidental quizá no haya otro Partido Comunista que mantenga su estructura como el de Portugal. Hace relativamente poco tiempo murió Cunhal, el jefe del Partido Comunista portugués y se fue dejándolo todo tal cual estaba. Los comunistas portugueses no han pasado del rojo al verde ecológico ni se han guarecido bajo la capa de un partido socialista. Comunista se proclama hoy el premio Nobel de Literatura José Saramago. Muy recientemente (8/I/2006), en el Magazine de La Vanguardia Xavi Ayén ha publicado unas conversaciones sostenidas con Saramago en el curso de largos paseos por su Lisboa natal. Saramago, que últimamente ha pasado más tiempo domiciliado en España -en la isla de Lanzarote- que en Portugal, piensa ahora promediar sus estancias. En Lisboa se aloja en un nuevo apartamento junto a su esposa, Pilar, una española de Granada. ¿Tiene algo que ver su enlace matrimonial con sus pensamientos políticos? Saramago ha expresado, en sus conversaciones con Ayén, un claro pesimismo para el presente e inmediato futuro de Portugal. Ve una actualidad triste y decadente que cree que no podrá corregir el presidente que surja de las ya próximas elecciones. Aunque señala algunas demostraciones vitales como la revolución de los claveles, se pregunta, sin embargo, si existirá Portugal dentro de 50 años. Se refiere, claro está, a su estructura política y no al territorio, que, unido a lengua y cultura, es invariable por definición. Esta situación, junto a lo que califica de pujanza actual de España, hará que Portugal, conservando su autogobierno, se sienta atraída por la órbita española. Pasaría a ser una nación federal. José Saramago piensa que en esa situación Portugal estaría mejor que ahora.
He aquí un credo que no gustará al pensamiento oficial portugués, que lleva siglos trabajando para olvidar que Portugal está rodeada de España por todas partes y, por consiguiente, le hace falta saltar a ojos cerrados todo el resto de la Península para acercarse culturalmente a Francia y políticamente a Inglaterra. Durante años España y Portugal han vivido como dos hermanos siameses unidos por la espalda, pero con el rostro orientado hacia opuesta dirección. Portugal y su imperio colonial, desvanecido hace pocos años, contaron con el patrocinio inglés. Portugal, por su parte, podía ofrecer un estribo peninsular que no dejaron de utilizar en diversos momentos Nelson o Wellington. Una política que duró largos años y que nació después del fracaso de la separación de Portugal cuando ya estaba asociada a la España de Felipe II, a quien se le pudo llamar "de las dos coronas". Cuando Portugal quebró su línea dinástica (1580) que dejó sin sucesión a la línea del mítico rey don Sebastián, la corona fue a parar a manos del todopoderoso Felipe II, a quien no se le ponía el sol en sus dominios, pero que no supo valorar el reflejo que sobre Portugal daba el astro rey. Hijo de Isabel de Portugal, tenía derecho a la herencia, que, además, mejoró con su aporte financiero en un momento de bache económico portugués y finalmente hubo también un cruce de espadas, todo lo cual le permitió decir de Portugal: "Yo lo heredé, lo compré y lo gané". Lo que no hizo el rey Felipe fue garantizar su conservación. Debería haberse dado cuenta de que cuando tenía poco más de 50 años le cayó como una bicoca el Reino de Portugal, que no consideró tan valioso como las tierras de Flandes. Tarde o temprano éstas debían perderse porque mediaba todo el territorio francés, de creciente poder internacional. Cuando Felipe II murió en 1598 todavía era rey de Portugal, pero no tardaría mucho en deshacerse de la dualidad que había sido tan prometedora.
Felipe II, en lugar de encerrarse en el mítico Escorial como si su Estado fuera más celestial que terrenal, debía haber instalado su capital en Lisboa, que entonces era el puerto más adecuado cara a la proyección americana que ambos países compartían. Pero no fue así, y tanto el rey como su camarilla mantuvieron una castellanización de la unión, lo que supuso para los portugueses verse y creerse postergados. De ahí a su marcha no faltaba más que saltar sobre la primera ocasión.
El fracaso más que de Portugal fue de España. Tenía que haber recompuesto la Hispania del mundo antiguo y especialmente de los romanos, cuando dentro de ella se integraban territorios tan diferenciados como la Lusitania o actual Portugal, la Bética o Andalucía, o la Tarraconense, Catalunya y parte de sus territorios vecinos...
Ahora la unión o reunión con Portugal puede verse, si no como la interpreta Saramago, por lo menos en la línea de la Unión Europea, que tanto aconseja asociar, para empresas económicas y otros, territorios vecinos que pueden conservar, por supuesto, sus respectivas pertenencias estatales. Desde la primera hora el Benelux (Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo) dieron el ejemplo.
Los premios Nobel de Literatura no tienen por qué acertar en pensamientos ajenos a las letras, que es lo suyo. Pero se les adjudica autoridad debido al premio alcanzado. Saramago, un heterodoxo de pies a cabeza, ha aludido a un posible futuro hispano-portugués, sin recordar que ya existió y que se malogró por un exceso de castellanización. ¿Volverá España, el día de mañana, a ser Hispania?

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