El jueves, día 15 de diciembre, fallecía el filósofo, ensayista y pensador Julián Marías Aguilera (Valladolid, 1914 Madrid, 2005), a la edad de 91 años. Con más de 60 títulos, casi todos sobre estudios filosóficos, «siempre llevados a cabo con independencia», como le gustaba afirmar. Era académico de la Lengua y de Bellas Artes, premio «Príncipe de Asturias» de Cooperación (1994), senador por designación real en la primera legislatura democrática (él, que era republicano, cosa que le produjo dificultades durante el régimen de Franco, de las que no es ocasión hablar aquí), Marías, es, antes que nada, como dice el profesor y articulista de LA NUEVA ESPAÑA Luis Arias Argüelles-Meres, «el discípulo más entusiasta de Ortega».
La primera vez que oí el nombre de Julián Marías tuvo lugar, siendo estudiante de Bachillerato, en el Real Instituto de Jovellanos, donde su catedrático de Filosofía, don Salvador Mañero Mañero, uno de los tres o cuatro intelectuales ateneístas de más clara mente en los últimos cincuenta años, nos recomendaba la lectura de la «Historia de la Filosofía», escrita hacia 1942 por don Julián Marías, y parece ser que además de su biblioteca, tuvo el profesor Marías como base de este trabajo, los apuntes de las lecciones de cátedra de sus maestro Ortega y Zubiri. Fue editada por la «Revista de Occidente» y muy criticada, tanto para lo bueno como para lo malo, alcanzando la cantidad de cuarenta ediciones.
Sin embargo, mi propósito es escribir de Marías, en su relación con el Ateneo Jovellanos, recordando principalmente sus tres primeras conferencias, que iban a marcar la influencia, junto con otros escritores y pensadores, las tendencias conservadoras pero al mismo tiempo equilibradas con las ideas liberales, que desde el principio iban a marcar la pauta en la marcha de la vida cultural del Ateneo Jovellanos.
El propio pensador Marías, en sus memorias -que con el título de «Una vida presente», hablan del Ateneo Jovellanos-, escribe: «En 1953 se autorizó en Gijón la reapertura del Ateneo Jovellanos, cerrado desde la guerra civil. Había en esta ciudad un grupo de personas de prestigio social, que gozaban de alguna autoridad de actitud liberal. Me pidieron que inaugurase las nuevas actividades del Ateneo y así lo hice. La respuesta fue inusitada: hubo que dar la conferencia en un cine, rebosante de público entusiasta...».
Dejando aparte algunas inexactitudes del texto, creo que la frase que más nos interesa del mismo es: «Había en esta ciudad (Gijón) un grupo de personas de prestigio social, que gozaban de alguna autoridad de actitud liberal». Criterio que iba a predominar en la marcha del Ateneo. Como sería largo enumerar a todas estas personas, sí cabe citar entre otras a don Pedro González Coto, don Roberto Paraja, don Guillermo Rodríguez Quirós, don Ignacio Bertrand, don Carlos de la Concha y sus hijos Ignacio y Eladio, don Antonio Martínez, mi propio padre Teófilo Martín Escobar, don Víctor Manuel Pérez Prendes,sin olvidar al actual decano de los socios ateneístas, el arquitecto don Miguel Díaz Negrete. Todos conjuntados, dirigidos y orientados por el entonces joven intelectual y rector magnífico de la Universidad de Oviedo don Torcuato Fernández-Miranda, artífice fundamental de la fundación del Ateneo Jovellanos.
La conferencia inaugural tuvo lugar, el viernes día 10 de abril de 1953, a las ocho de la tarde, en el teatro Albéniz, con un lleno a rebosar como el propio conferenciante señor Marías dice en sus citadas memorias.
Hizo la presentación del acto el rector magnífico, don Torcuato Fernández-Miranda, quien, con sus cálidas palabras, expuso las siguientes razones por las que don Julián Marías pronunciara la conferencia inaugural del Ateneo Jovellanos.
«La primera es que don Julián Marías se nos presenta como un documento vivo de la cultura española actual que hace más de treinta años se inauguró con perfiles europeos en la obra de Ortega y Gasset y más tarde desde Xavier Zubiri: otra causa de la presencia de don Julián Marías en el Ateneo es que con su personalidad nos da el vivo ejemplo de lo que es ser un intelectual en el mundo, por ser un auténtico practicante en su vida, en sus escritos y en su labor didáctica de la primera virtud de un intelectual: la veracidad». Por último, el señor Fernández-Miranda tuvo frases muy acertadas al señalar la significación psicológica del intelectual en la vida pública como cuando dice que el intelectual «tiene derecho a equivocarse, pero no a mentir».
A continuación, don Julián Marías desarrolló su conferencia bajo el título: «La novela como tema de conocimiento», que había sido propuesto entre tres por el propio conferenciante, en carta dirigida a mi padre con fecha del 29 de marzo de 1959 y que éste sometió a la consideración de los demás miembros de la junta directiva.
Otra intervención de don Julián Marías tuvo lugar, como he escrito recientemente, el 3 de diciembre de 1955, cuando casi no había transcurrido un mes desde el fallecimiento de su maestro don José Ortega y Gasset. En esa fecha, Marías desarrolló el entrañable tema, tanto para él, como para la inmensa mayoría del público de «Ortega y España». Repito lo escrito hace unos días. Acompañé a mi padre a recoger al señor Marías a la estación del Norte en esa mañana de diciembre de 1955 y don Julián, nada más bajarse del ferrocarril, le preguntó a mi padre: «Escobar, ¿qué se sabe de las investigaciones de Ochoa? ¿Tendremos este año que entra, 1956, por fin premio Nobel?».
La tercera de las grandes conferencias del filósofo Julián Marías en el Ateneo Jovellanos tuvo lugar el 13 de noviembre de 1957 desarrollando el tema de «Europa en Occidente». Con un lleno que rebosó la sala de actos del Ateneo Jovellanos y obligó a abrir las puertas del segundo salón -en el que muchas personas escuchaban de pie- se celebró la anunciada conferencia de don Julián Marías, que la desarrolló a través de los siguientes epígrafes: 1) Europa hace trampa; 2) Los peligros de Europa; 3) América, hoy; 4) El cuarto peligro.
Al finalizar su exposición el público le aplaudió largamente y fue felicitado personalmente por muchos de los presentes. Y también fue bastante debatida sobre todo entre los estudiantes cuando expuso sus ideas sobre «los jóvenes inconformistas europeos». ¿Había en Marías un desengaño europeo?
Volvió don Julián más veces al Ateneo Jovellanos, tanto en los años sesenta como en 1971, cuando habló sobre «La década de los setenta», y en otra ocasión, que no recuerdo cuándo y no tengo los datos a mano, para exponer sus ideas, cómo no, sobre la figura de don Gaspar de Jovellanos. Pero eso tendría que ser objeto de un artículo más extenso. Comenzando con la frase con que inicia la edición de sus «Diarios»: «La figura intelectual más importante del siglo XVIII fue en España don Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1881)». También decía: «Jovellanos no tiene "lectores; a lo sumo, tiene estudiosos, lo que es triste para un autor».
Como señala Luis Arias Argüelles-Meres en su artículo del último domingo al hablar de la muerte de Marías, que como epílogo para Asturias convendría detenerse en la relectura de lo que escribió sobre Jovellanos. Y añade: «Pocas, pero muy brillantes páginas. Y me temo que también muy desconocidas». Totalmente de acuerdo. Recuerdo también cuando Marías venía a Gijón a pronunciar sus conferencias del Ateneo, verlo en la tertulia de los ateneístas de la cafetería Imperial de la calle Corrida, o pasear por el muelle local o por el muro de San Lorenzo.
Antonio Martín, ex director del Museo Casa Natal de Jovellanos y miembro del Ateneo Jovellanos.

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