El sábado, Anton M. Espadaler hablaba en su columna de lo difícil que es saber si ciertas informaciones sobre el mundo islámico son reales o apaños para que nos sorprendamos y, de paso, se nos grabe el mensaje de que el fundamentalismo islámico es cosa de zoquetes. Explicaba que un diario europeo "de lo más serio" publicó la noticia de que un sabio de Arabia había propuesto adaptar el fútbol al espíritu del Corán, y que esa adaptación incluía novedades como suprimir las faltas, el córner y los largueros de las porterías, convertir el campo en circular y dejar que cada equipo juegue con un mínimo de siete hombres y un máximo de doce, sin necesidad de que la cifra sea la misma en los dos.
Espadaler es escéptico con ese tipo de noticias, y pide tomarlas con prudencia. En cambio yo me las creo. Me creo tanto lo del fútbol islámico como lo de que la gripe aviar nos matará a todos o - alternativamente- que será algo sin importancia. Me creo tanto lo del fútbol islámico como que el Estatut que venga de Madrid será un triunfo de la habilidad de nuestros políticos o - alternativamente- un merecido castigo a los catalanes por no haber pedido perdón suficientes veces. Desde décadas antes de que el catolicismo suprimiese su limbo, los medios de comunicación crearon uno en el que habita el noventa y nueve por ciento de las noticias, que la gente lee sin necesidad de creérselas o no, o creyendo al mismo tiempo informaciones contradictorias.
Dice el sabio de Arabia que el fútbol islámico no se jugaría en un campo rectangular sino circular, ¿y acaso no se juega en un campo ovalado el fútbol australiano? Abomina de los penaltis el sabio, y el fútbol de antes de 1891 los desconocía. Y, sobre lo de que cada equipo pueda jugar con un número diferente de futbolistas, me parece aún más atrevida esa variante del fútbol que se juega con tres equipos sobre un campo triangular o hexagonal, con tres porterías, y en el que la gracia está en convencer a uno de los otros dos equipos para unir fuerzas con el tuyo y así machacar al tercero antes de, a la que interese, convencer al machacado para que se alíe con nosotros a fin de coordinarnos contra el que antes era nuestro aliado.
¿Y sobre la falta? "Nada más antiislámico que el concepto de falta", dice el sabio de Arabia. Pues, en noviembre, un futbolista croata - Goran Granic, defensa del Hadjuk Split- reconoció públicamente que los seguidores del equipo tienen razón cuando le critican por su baja actuación esta temporada. El Hadjuk Split pierde partidos porque Granic ha decidido no hacer faltas nunca más. La dureza de Granic - de un nivel Pablo Alfaro, para entendernos- se esfumó cuando el catolicismo pasó a ser lo más importante de su vida. Explicaba Granic al periódico Slobodna
Dalmacija:"Ahora soy tan devoto de Dios que he dejado de cometer faltas en los partidos. Dios creó el fútbol como diversión y relajo. A Él no le gusta que los jugadores cometan faltas duras".
En el limbo del noventa y nueve por ciento de las noticias, el sabio de Arabia y Goran Granic dan un paso más hacia la confluencia de religiones, mientras en los campos de fútbol de la Tierra muchos jugadores tocan el césped con la mano y se santiguan (no sé si los musulmanes hacen algún gesto equivalente) para, acto seguido, en la primera entrada romperle la tibia al delantero contrario.

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