Ariel Sharon es conocido en todo el mundo desde el 16 de octubre de 1973, cuando su división de reservistas civiles penetró en el frente egipcio y no tardó en forzar un alto el fuego; de modo más reciente, se ganó la fama de hombre de paz con la retirada israelí de Gaza.
Resulta natural, por tanto, que su desaparición de la escena política atraiga la atención mundial. De todos modos, no es probable que sea de gran trascendencia, a pesar de la indudable magnitud de Ariel Sharon como dirigente desde la época en que, con 25 años, fundó en 1953 la primera unidad de comandos, hasta su creativo papel en la formación del Likud en 1973 y del partido Kadima en noviembre pasado, cuando el Likud se opuso a nuevas retiradas.
La razón es que, bajo el sistema israelí, Sharon nunca dispuso del poder ejecutivo de un presidente estadounidense o ni siquiera el de un primer ministro británico. Salvo para decisiones inmediatas en condiciones de extrema urgencia, quien toma las decisiones en Israel es el consejo de ministros reunido. En EE.UU., los miembros de un gabinete ministerial son simples personas nombradas por el presidente y puede ser destituidas en cualquier momento; en el Reino Unido, son casi siempre políticos electos, pero sólo poseen su escaño en la Cámara de los Comunes: la promoción ministerial depende por completo del primer ministro. En Israel, en cambio, los ministros son nombrados por los diferentes partidos políticos que se han unido para formar la coalición de Gobierno, y son ellos -y no al revés- los que confieren autoridad al primer ministro. De ello se sigue que Israel está gobernado por las decisiones colectivas de un gabinete ministerial, representante a su vez de diferentes sectores del electorado que se agrupan para conseguir una mayoría, y no por las decisiones de un dirigente -bueno o malo-, como es el caso de los países árabes vecinos, gobernados por dinastías o dictadores.
Lo que hizo posible y necesaria la retirada israelí de Gaza fue que los millones de israelíes que participan con éxito en la economía y cultura mundiales desean desvincularse cuanto sea posible de los palestinos, quienes junto con los demás árabes siguen enfrascados en una lucha con demonios religiosos y nacionalistas de una época histórica pasada.
Ello exige la retirada hasta fronteras bien definidas, algo incompatible con la existencia de asentamientos judíos esparcidos entre ciudades y poblados palestinos. En la hacinada franja de Gaza, la única solución era la retirada total. En Cisjordania caben más opciones. Son unas opciones que, por supuesto, habría que negociar, a diferencia de la retirada unilateral de Gaza. Ahora bien, el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, y su Gobierno no pueden convertirse en socios negociadores mientras no impongan el imperio de la ley que debe regir en cualquier Estado. Los acuerdos son inútiles si pueden ser transgredidos en cualquier momento por la Yihad Islámica, las Brigadas de Al Aqsa, el Frente Popular, Hamas y las otras organizaciones. Abbas insiste en que no quiere iniciar una guerra civil palestina; y el caso es que sin ella no puede haber un verdadero Estado palestino. Y habrá nuevas retiradas israelíes de Cisjordania, con Sharon o sin él, porque una significativa mayoría de los israelíes lo pide, y dotará de poder al primer ministro que haga cumplir su deseo.
EDWARD N. LUTTWAK, experto del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), Washington
Traducción: Juan Gabriel López Guix

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