Mariano Rajoy suele darme temas o teorías sugerentes para urdir y tramar los artículos. Esta vez, las neuronas me dan saltos en la azotea, como los dados en el cubilete, después de oírle decir que José Luis Rodríguez Zapatero está jugando a la ruleta rusa con el Estatuto de Cataluña.
Me gusta la idea, tan maquiavélica, de que la fortuna o el azar gobiernan por lo menos la mitad de las acciones del príncipe.

Después del Renacimiento se descubrió que el destino es la política, y más tarde se rectificó la idea, al inventar que el azar, junto a la lucha de clases, son los motores de la Historia. Y en la posmodernidad, al fin, se llegó a la peligrosa síntesis de que el destino no estaba escrito en las rodillas de los dioses sino en los sondeos y en las estadísticas.

Me gusta la metáfora de Rajoy porque el escenario en el que se mueve en este momento José Luis Rodríguez Zapatero me recuerda a un garito, con estanterías repletas de naipes, cubiletes y revólveres para jugar a la ruleta rusa. Hay varios puntos y varios mirones en la mesa; los jugadores son Maragall, Mas, Carod; los mirones que le dan el cante son Felipe González, Joaquín Leguina y Francisco Vázquez.

La potra es la última realidad de su política, porque sospecho que ha perdido ya esa sortija que entendía la lengua de los pájaros; solo le salvarán de la ruina sus propios faroles. Como Alicia está a merced de la descuadernada. Mariano Rajoy va más allá, y ve a Zapatero como al protagonista de El Cazador que jugaba a la ruleta rusa en los garitos de Saigón. ¿Le espera una bala mortal en la rueda del tambor? Dios no juega a los dados, pero los políticos sí y a veces obtienen malas jugadas.

Tal vez un dios le sople detrás como a Borges cuando era asiduo a los garitos, en el prostíbulo Casa Elena; jugaba al truco, un juego de los arrabales. Tal vez conozca la táctica que utilizaba el Homero de la Plata que define así ese burle: «A diferencia del póker que fue inventado por los aventureros de Estados Unidos, el truco es un juego de invención. Si tengo flor lo anuncio en verso. 'Por el río Paraná /iba navegando un piojo / con un hachazo en un ojo / y una flor en el ojal'».

Seguramente, Mariano Rajoy no se refería al suicida de Saigón, sino a aquel Alexei Ivanovich, que en el Baden Baden del Estatuto, se ha sometido al abrazo peligroso del azar y piensa que en una sola hora, con un solo euro en el bolsillo de su chaleco, con los mirones en contra, con cartas marcadas, podrá cambiar su destino político.

Todo o nada. La ruina o la gloria. O queda tieso como la mojama a merced de los tramposos o tendrá que pensar en la bala del tambor.