Los gobiernos intentan reglamentar el uso de las lenguas cuando quieren convertir una de ellas en nacional. Mayormente, mediante el sistema educativo en sus primeros niveles. A veces, la imposición de una lengua es coactiva y se hace a costa de otra u otras.En la hoy dividida Checoslovaquia la dictadura nacional-comunista impuso el checo en detrimento del alemán, más poderoso y lengua literaria del escritor checo más importante de todos los tiempos, Franz Kafka. En Rumanía, la dictadura deseslavizó a la fuerza el rumano.
Otros gobiernos han intervenido en el sistema educativo para imponer una lengua. Noruega, cuando se separó de Dinamarca, potenció ínfimas diferencias léxicas (no mayores que las existentes entre catalán y valenciano) y modificó la ortografía para que el noruego pareciese una lengua distinta del danés y no una de sus variantes.Bien sabido es que el serbocroata es un solo idioma, pero en Croacia lo escriben con caracteres latinos y en Serbia usan los cirílicos, cosa de diferenciarse unos de otros.

Pero nunca, en la ya larga Historia de la Humanidad y en la mucho menos larga del Estado de Derecho, una zona no sometida a dictadura había impuesto un sistema educativo tan totalitario en lo lingüístico como el vigente en la Cataluña actual; que, como también es sabido, forma parte de España. Nombre, por cierto, que el Gobierno regional intenta (a través de sus medios de comunicación) desterrar en favor de la denominación Estado español -o Estado por antonomasia-, como si Francia o Alemania no fueran estados.

El sistema, que el proyecto de nuevo Estatuto intenta endurecer aún, impuso el catalán como lengua vehicular única de la enseñanza, basándose en que era la propia de la tierra. Adoptó -copiándolo de la bella provincia canadiense de Québec- el procedimiento llamado inmersión lingüística, consistente en hacerlo todo en una determinada lengua, prescindiendo por completo de cuál sea la habitual o materna de los alumnos. Como se puede observar, la inmersión está copiada a su vez de las academias de lenguas extranjeras.

Pero ahí se trata de una segunda o tercera lengua para los alumnos, que lo único que intentan aprender es esa lengua en concreto, no el conjunto de materias que constituyen el currículo escolar.Todos los técnicos serios están de acuerdo en que la mejor lengua vehicular para la primera enseñanza es la propia del infante.Las lenguas son siempre de las personas, nunca de los territorios.

El concepto de lengua territorial es, lisa y llanamente, hitleriano.Sólo, pues, el fanatismo nacionalista puede querer convertir en lengua nacional de todos la de una parte de la población.Jamás la República de 1931 intentó que el catalán fuese el idioma único de la enseñanza en Cataluña, pese a que entonces el porcentaje de personas que lo tenían como primera lengua superaba los dos tercios de la población.

Sí intentó eso -con el castellano- la dictadura franquista de 1939. Todos los profesionales de la lengua y la enseñanza decían entonces que aquello era poco menos que un crimen y sin duda una necedad: en el aula imperaba la lengua del Imperio, el español, pero el patio seguía siendo del catalán. Ahora se han invertido las tornas demográficas. El pedagogo ultranacionalista Joan Triadú lo ha sintetizado muy bien: «Hemos ganado el aula, pero hemos perdido el patio». Más de dos tercios de la población escolar de Cataluña tenían como primera lengua el castellano al acabar el siglo. Con la inmigración de América Latina, ese porcentaje ha aumentado considerablemente: en algunas escuelas se acerca al 100%. Fruto del fanatismo, el sistema catalán es, además de necio, inútil y contraproducente: considerando el catalán como el idioma del poder y la represión, los adolescentes empiezan a usar el castellano como procedimiento de legítima defensa y como signo de rebelión... aunque el catalán sea su lengua materna.