La ley del Tabaco me entusiasmó excesivamente, lo confieso. Este artículo enmienda un artículo anterior donde el cronista expresaba con alborozo su alegría por poder, entre otras muchas actividades, tomarse un café matutino del bar sin tomarse también obligadamente una ración o dos de humo de cigarrillo. Vana ilusión. De acuerdo con la nueva ley, los establecimientos con una superficie inferior a los 100 m2 pueden decidir si son espacios de prohibición o espacios a medida del fumador. Los propietarios de la mayoría de estos pequeños negocios, en uso de sus prerrogativas, acaban dejando las cosas como estaban antes de la ley del Tabaco, esto es, con humo. El razonamiento es claro: si los no fumadores venían y no se quejaban, seguirán viniendo. En cambio, prohibir el consumo de tabaco se ve como expulsar violentamente al cliente fumador.
Así las cosas, la minoría fumadora ha encontrado refugio en los pequeños bares de siempre y los no fumadores pueden hacer dos cosas: seguir en el bar de toda la vida como fumadores pasivos (aliñando sus bebidas y alimentos con rubio o negro) o buscar otro lugar (superior a los 100 m2)y sacrificar, quizás, un trato familiar con los dueños y los otros clientes. Dado que el no fumador no está acostumbrado a que respeten su condición, lo habitual es poner cara de tolerante total y seguir en el puesto, como si nada. Ahora, además, el fumador de al lado no tendrá ni la necesidad de pedir permiso (retórico) para poder encender el pitillo en el momento en que saboreamos el primer sorbo de café con leche. ¿Quién se atreverá a incordiar al pobre fumador en una de sus escasas islas de libertad?
Con los negocios de los demás hay que ser muy respetuoso porque cada cual se gana la vida como quiere y como puede. Así que ningún reproche al dueño del pequeño bar que decide que en su local se seguirá fumando. Sólo propongo una breve reflexión sobre los consumidores de primera y de segunda y la inercia de la posición dominante. El no fumador es, para los negocios de menos de 100m2,un cliente de segunda, prescindible. En el resto de locales es al revés. ¿Justicia poética o ley de la compensación universal? Aceptémoslo. Y aceptemos también que, allí donde la falta de espacio no permite separar clientes, acaba dominando la minoría (puede ser la mayoría de la clientela) fumadora, lo cual es un contrasentido de la ley. Conclusión: el no fumador se ve obligado a buscar grandes cafés y bares. Fuera de Barcelona, en comarcas, esto se complica muchísimo.
¿Podía hacerlo mejor el legislador? Seguro, pero entonces viviríamos en Suecia y nos aburriríamos.

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