Este año no es un buen año, ni mañana es Navidad. Así de claro. Este año tiene muchos aniversarios, demasiados. Artísticos algunos; peligrosamente políticos, los más.
Se cumplirán los setenta y cinco años de la proclamación de la República aquel alegre 14 de abril de 1931. Toda España, salvo los mandamases de siempre, acogió con alborozo la novedad. Florecían todas las flores, menos las flores de lis. Así cantó el poeta, viendo reventar de alegría la Puerta del Sol madrileña, o la plaza del Carmen de Gijón. Y así lo cantó la España ciudadana, fuera obrera, o intelectual, menos, naturalmente, los «amargamasas» de siempre. Muchas habrán de ser las celebraciones, los aleluyas, las peticiones de monumentos y reconocimientos, para mayor cabreo de los aguerridos patrulleros del bien patrio, que ven en aquella fecha republicana la caída «del» su Imperio romano, la descristianización de la Cristiandad, y la ruina de Occidente. La República: sistema de gobierno inocente, democrático, igualitario. A él llegaron los clásicos por el uso de la razón; los franceses lo consolidaron con el de la guillotina.
El 18 de julio, tres meses después, cumpliránse los setenta años desde que los mandamases, «amargamasas», y patrulleros del eje, actuando para su bien y medro personal, y previo generoso riego de aceite en moneda contante y sonante del señor March, el gran contrabandista, se dispusieron a salvar la patria, que por bella estaba perdida, y por exceso de latifundio, «mal labrada».
Franco, fiel republicano y fiel esposo, encabezó la marcha: en Roma quedó asegurada su existencia y la de su familia. La sangre de justos y pecadores, casi todos sin seguro, aunque con familia, regó los campos, las ciudades y las cunetas de España durante ¿diez años?, o quizá más. Aquella mano que sostenía el brazo incorrupto, no se cansó de firmar y firmar las penas de muerte que demandaban la seguridad y unidad de la Patria. ¡Qué prueba para gobernante católico y piadoso tener que firmar y firmar aquellas condenas! ¿Cuánto no sufrirían, también, años después, los patriotas argentinos y chilenos ordenado las matanzas que habrían de purificar la sangre de la patria? Bien es verdad que la Iglesia Romana no negó a ninguno su consuelo.
Muchas habrán de ser las celebraciones, los aleluyas, las publicaciones que aparezcan sobre el 18. No faltarán, supongo, las aportaciones escritas y verbales de los Pío Moa, César Vidal, Jiménez, en fin, de todos los santos.
Para que nada falte, «El Mundo» ha engalanado media España con la reproducción de los sellos de correos de la guerra de la otra media. Yo, a la puerta de casa, como quien dice, tengo la efigie egregia del general Franco joven, con capote y alto cuello (el del capote; Franco no lo tenía, que era virtuoso en extremo) rematado con rica piel de hurón; hoy, desgraciadamente, tan de moda el animalito. Poco más allá me encuentro con la visera de don Pablo Iglesias y adorno tricolor, cuando en realidad los socialistas de entonces eran muy rojos y poco tricolores, que hasta creían en la revolución universal, quiero decir, en todo y por todo el Universo gobernando la clase trabajadora. Hoy, sabios, participan en la otra globalización. En la respetable globalización del capital.
La imagen republicana, la de verdadera esperanza, brilla por su ausencia. En Gijón, somos excepción: tenemos una plaza (aunque escasa) bajo la advocación de la República. Un monumento que alguien me dijo se había hecho para recordar al peregrino jacobeo, pero como no la pagó Fraga, ahora celebra a la República. Sólo falta en la villa una calle dedicada a don Manuel Azaña; si ello fuera mucho, podría ser a don Gumersindo de Azcárate que, a más de medio gijonés, vivió y murió ferviente republicano.
Tengo para mí, que lo importante para la segunda restauración, para seguir distrayendo a la ciudadanía del verdadero valor de la República (no de ésta o de aquella, no de la 1.ª ni de la 2.ª, sino de la República con mayúscula) es seguir reproduciendo y alzando a todos los vientos, la visión de las dos españas (con minúscula), la nacional y la roja. Los dos bandos. Falangistas, medio sacerdotes-medio guerreros, nacionales-coroneles. Comunistas, anarquistas, socialistas, republicanos y masones, peligrosos-rojos-milicianos. Una cruz. La vieja cruz de España (con mayúscula).
Temo que, cualquier día a la COPE de los obispos le dé por lanzar una promoción en sus emisiones del jabón El Cocodrilo a base de entregar, a oyentes y lavantes, casetes con los himnos de las dos españas (con minúscula); y desde las torres de iglesias, basílicas y catedrales, o desde el interior de los lavaderos públicos, nos taladren el oído con los caras al sol, las montañas nevadas y las banderas al viento... amén de los cantos de oficio y coro.
Entre que tantas y tan faustas fechas llegan, un teniente general, con un pie en el retiro y queriendo poner el otro en la Historia, ofrece, en momento en que representa al Rey, en aplicación, dice, del octavo mandamiento constitucional, al personal de los tres ejércitos, tierra, mar y aire, para soldar «para siempre. Amen», la indisoluble unidad de las tierras y los hombres de España (las mujeres nunca existieron para el caudillo; salva sea Santa Teresa, su esposa e hija).
No hace muchas fechas, don Alberto Aza, antiguo paladín del señor Suárez, diplomático de carrera y de aventajada estatura, representaba al monarca en la divertida liturgia de la ofrenda al señor Santiago, patrón, guerrero y envidiable atracción turística, que de tenerla en nuestra tierra, salvados estábamos.
Ninguna inconveniencia hubo en las sentidas palabras del jefe de la casa, ni siquiera imploró el exterminio del moro invasor y malvado. Para el año, como dicen por las suaves tierras de la Galicia extensiva, podría S. M., en busca del pleno acierto, enviar un general joven a Santiago y al señor Aza, al cuartel.
Bien es cierto que ninguna culpa empaña el espejo ni la hoja del señor Mena. Sus inconvenientes palabras vienen obligadas, dicen los populares del cuello de hurón, por la conducta incívica, provocadora y destemplada del señor Zapatero, que con su infantilidad, o masonería, según los más preparados, ha puesto en riesgo la sagrada unidad de la patria. Los populares, como les corresponde, comprendiendo al general en su retiro, asumen la historia de los mil golpes patrios. Cubren sus espaldas con el amplio capote de campaña, como los toreros las cubren coquetamente con el de paseo cuando salen al ruedo. Mucho toreador y mucha Carmen de pacotilla. El oficio de torero, la espada del torero... ¡Cuánta españa (con minúscula) en los ruedos! ¡Cuánto toreador queda! Y Lazarillos... y Torquemadas...
En este 2006 habrá lugar para todos. Para ir dándoles entrada, habrá que pedir, como la abuelita de Caperucita Roja, que muestren la patita. El lobo la tendrá blanca de harina. También el 20 de mayo habrá fiesta para festejar al oso pardo de Favila...
Francisco Prendes Quirós es abogado.

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