El mismo día que el presidente Zapatero recibía en la Moncloa (Moncloa sin artículo, según el habla del castizo matritense) al flamante presidente de Bolivia, Evo Morales, vestido (Evo, no José Luis) con un jersey que recordaba el que usan los jugadores de mus del casino de mi pueblo (eso sí, en domingo: los días laborables utilizan otro más pardo y raído en las bocamangas), un diario deportivo de esta ciudad publicaba en portada la foto - vamos, el fotomontaje, espero- de Carles Puyol enfundado en un traje de Superman. Ya el incisivo Màrius Carol nos informó sobre el legado ideológico del jersey a rayas de Evo - que aterriza en el mundo como si fuera el primer hombre-. Sin duda, el líder cocalero se siente arropado por su lana tricotada, y a mí me parece muy bien. Sólo que me chocó, porque tenemos muy metida en la cabeza la idea del protocolo occidental. Aun así, me resulta mucho más simpático el (torpe) aliño indumentario de Morales - como recién sacado de la canción de Aute: "Pasaba por aquí, ningún teléfono cerca y no lo pude resistir"- que la cutrez fotomontadora del rotativo barcelonés. Por más Superman que sea Puyol - que lo es, sin duda-, por favor, no lo saquen con ese disfraz de sensacionalismo barato.
Sea como fuere, lo de Evo fue toda una declaración de principios, y de lo más gráfica (como espero que el tocarse ocasionalmente con un tricornio no tenga demasiada relación con la labor pontificia del Papa Ratzinger). Algo parecido a la cazadora de Felipe (la que sólo salía en los mítines), a la guayabera de Fidel o a la ausencia de corbata en el conseller primer Josep Bargalló: el hábito hace al monje. (Las náuticas veraniegas de don Juan Carlos son igualmente ideología, pero mucho más light.)Veremos si Evo Morales sucumbe a la moda y al protocolo o si resiste como una pata más de esa débil plataforma que pretende, más allá de solucionar los problemas de su país, resistir ante el terrible imperio yanqui, ultraliberal y no sé qué adjetivos más (en lo del lenguaje, esa izquierda combativa, de trinchera y barricada no ha evolucionado demasiado).
No hace falta revisar la bibliografía del sociólogo Vicente Verdú para sacar conclusiones definitivas respecto al atuendo de las personas. Lo que nos ponemos (y hasta lo que nos dejamos de poner) nos caracteriza. Yo no puedo enrollarme una bufanda al cuello sin pensar en El Principito de Saint-Exupéry. Con lo cual, la bufanda - que resulta una prenda muy útil estos días- tiene, a mi modo de ver, algo de entrañable por lo alternativo de su propuesta estética. La ductilidad de una bufanda contrasta enormemente con la rigidez de líneas de una corbata, que se anuda al cuello en vez de dejarse abrazar dulcemente como aquélla. Llevar corbata hace más hierático y serio al portador. Abrigarse con una bufanda - aun la más pija de las bufandas- da a la persona un aire calculadamente displicente y juvenil. De Principito crecido a trasmano.
En su reciente y magistral novela, Contra natura (Anagrama), Álvaro Pombo da con una sola frase la medida exacta de un personajillo que moralmente tiene lo peor de la atribución de provincias y ninguno de sus encantos. Se trata de un oscuro entrenador de futbito, un gay que hasta su llegada a Madrid ha llevado (o sobrellevado) su condición con verdadero sentimiento trágico. En la capital estallará todo su caudal afectivo, pero antes de que llegue el momento, antes de vestirse de Adolfo Domínguez (nunca tendrá tanto dinero para derrocharlo en las tiendas de Hugo Boss o Armani), nuestro míster malagueño hace jogging enfundado en un chándal baboso como un pijamón.Por cierto, las combinaciones indumentarias de Lotina - que parece un actor secundario de una película de Ozores- merecerían una de esas exquisitas comparaciones de Pombo.

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