Nos habremos quedado sin Olimpiadas, pero Gallardón no para, no se resigna, no ceja. De momento, no sólo entrena a los peatones en emocionantes e imprevistas carreras de obstáculos, sino que también vela para que todo conductor madrileño sea algún día un futuro campeón. Ya quisiera yo ver a Fernando Alonso jugándose la vida en la ginkana de la M-30, una prueba que no sólo deja enano a cualquier circuito de Fórmula 1, sino que cambia de recorrido de un día para otro, como el peluquero de Beckham. Para salir no sólo vivo, sino con los nervios intactos de semejante laberinto, haría falta un híbrido entre la pericia de Alonso y la sangre fría de Carlos Sainz sin olvidar la mente rectora de un Luis Moya que fuese susurrando a velocidad de vértigo esas mutaciones intempestivas que han convertido la vía de circunvalación madrileña en el teletransportador del Star Trek: «Valla a la derecha, plas; hormigonera a 20 metros, plas; salida cortada, plas».
Cuando veo a mis amigos que llegan una hora tarde, blasfemando meticulosamente y con temblores en las manos, agradezco a la Providencia y a cierto minicar del Parque de Atracciones de la Casa de Campo que me disuadieran de agarrar un volante por siempre jamás. Estas fiestas, Gallardón -ese perpetuo Rey Mago con casco de obra de diseño en lugar de corona, y tuneladora en vez de camello- ha revestido Madrid de luceros para que las compañías eléctricas y los fabricantes de bombillas también saquen tajada.Al lado de la flamante sede del Ayuntamiento, de Cibeles a la Puerta de Alcalá, Gallardón ha vuelto a colgar una pirotécnica sopa de letras para deleite de los viandantes y pasmo de los niños. Pero también, ante todo, para que los conductores desesperados en el embotellamiento puedan entretenerse buscando palabras cruzadas.
Ocultas en el batiburrillo de luces podían encontrarse clásicos mensajes navideños: PAZ, AMOR, FELICES FIESTAS. Pero el conductor atento, el que lleva dos horas cociéndose en el fuego lento de la desesperación, acababa encontrando, a poco que se esforzara, comunicaciones más crípticas (SOS, AUXILIO, POR EL AMOR DE DIOS) e incluso telegramas nada festivos y más bien a contrapelo (MIERDA, MAMON, MALDITA SEA MI ESTAMPA). Las emes abundan.
Es posible que, en años sucesivos, Gallardón, siempre atento a las necesidades ciudadanas, perfeccione la técnica de los pasatiempos y prepare jeroglíficos de tráfico, sudokus de farolas y crucigramas vivientes con las líneas de Metro (incluyendo las averiadas, las desviadas, las retrasadas y las colapsadas). De momento ya hay recreaciones históricas gratuitas e inesperadas: el Metro llega media hora tarde, los andenes se llenan hasta los topes, las puertas se abren y los viajeros penetran como pueden en la masa palpitante de otros viajeros, todos muy juntitos, como una familia de siameses. La ventilación se ha detenido y dentro queda menos aire que en el canutillo de una zambomba. Hay gente que grita y ancianos que se desmayan, pero no es el pasaje del terror: es Gallardón que, no contento con los museos de la ciudad, monta exposiciones subterráneas del Holocausto para hacernos recordar por un rato cómo se sentían los judíos en los trenes que iban a Treblinka. Un minuto antes de la muerte, las puertas se abren y uno comprende la diferencia entre un oficial nazi y un alcalde con gafas. Un día oí a una señora entusiasta preguntar qué haríamos sin Gallardón. La pregunta no es ésa. La pregunta es qué haríamos con él.

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