Nacidos para hacer de vigías de la nación, que, sin sus desvelos, languidecería. Redentores de la bienamada patria. Guardianes de no se sabe qué estremecedora guarida de la quintaesencia hispana. Centinelas de todos nosotros. ¡Qué hubiera sido de España sin ellos, sin sus espadones y fusiles!

Ahora resulta que aquella Constitución en la que Tejero y sus secuaces querían meter a Dios, pues sin su divina presencia España no era tal, es aquello que se conjuran para defender, según se dijo en el discurso de la Pascua militar, cuyos ecos tan soliviantado tienen al gallinero mediático.

¡Las cosas que nos están pasando! Vuelta a décadas atrás, a los años inmediatamente anteriores a la Constitución. No era infrecuente entonces encontrarse con declaraciones de algunos militares prestos a defender a la sacrosanta patria, frente a los peligros que la acechaban. Misas de Guerra Campos, creo que en Cuenca, comidas de algunos altos cargos militares con franquistas de pro como Girón de Velasco, y así sucesivamente. Tiempos de esperanzas en un futuro decididamente democrático y miedos a la involución, miedos a que se hiciera verdadero una vez más el poema de Gil de Biedma, donde hablaba «de todas las historias de la historia» en las que, sin duda, «la más triste es la de España».

Salvadores patrios, digo. Un mes hará que reseñé una novela histórica sobre el general Mola, aquel director que puso en marcha su singular salvación de España. Su empeño pone los pelos como escarpias.

¡Vaya con el regalo de Reyes, precisamente en el año en que se conmemoran los 75 años de la proclamación del único Estado no lampedusiano de la España contemporánea, es decir, de la II República! ¡Precisamente en el año en que se cumple el 70 aniversario de la guerra civil!

¿Qué ha sido esto, Dios mío, qué ha sido esto? ¿Acaso una inocentada que llega a destiempo? ¿Por qué aquella Constitución que tan poca gracia les hacía a algunos prohombres del franquismo como Silva Muñoz ahora es algo que tanto se defiende por parte de los herederos de los que tantas reticencias le pusieron, es decir, de los herederos de Franco?

¿Y qué pasa con el proyecto de Estatuto para Cataluña que ahora se está negociando? ¿Incumple la Constitución? Si es así, ¿se está intentando lo imposible para que no colisione con la inmaculada Carta Magna? Y, en todo caso, ¿tiene que ser el ámbito militar quien se pronuncie al respecto? ¿No sería más lógico pensar que tal cosa corresponde al ámbito político?

Ahí está la historia. Ahí está la discusión parlamentaria entre Ortega y Azaña sobre el Estatuto del 32, de la que la derecha desempolva la intervención de Ortega, de la que la izquierda, escandalosamente iletrada, prefiere ignorarlo todo.

Lo sucedido con este discurso no irá más allá del furor mediático más inmediato. Pero, en cualquier caso, resucita fantasmas. Fantasmas que incomodan y que levantan sarpullidos. Alguien escribió con ironía que «la historia es la ciencia que se ocupa de lo que sólo sucede una vez». Lo que pasa es que con ciertos fantasmas del pasado es que, al decir sarcástico y cáustico de Ángel González, es que, como las morcillas, se hacen con sangre y se repiten.

En el cincuentenario de la muerte de Ortega, bien convendría recuperar su concepto de «salvación», dejando a otros «salvadores» en la historia de los particularismos que denunció en su «España invertebrada», libro con aciertos y errores, del que nadie quiere recordar lo que escribió acerca de los nacionalismos: «Pocas cosas hay tan significativas del Estado actual como oír a vascos y a catalanes sostener que son ellos pueblos "oprimidos" por el resto de España. La situación privilegiada que gozan es tan evidente que, a primera vista, esa queja hará de parecer grotesca. Pero a quien le interese no tanto juzgar a las gentes como entenderlas le importa más notar que ese sentimiento es sincero, por muy injustificado que se repute. Y es que se trata de algo puramente relativo. El hombre condenado a vivir con una mujer a quien no ama siente las caricias de ésta como un irritante roce de cadenas. Así, aquel sentimiento de opresión, injustificado en cuanto pretende reflejar una situación objetiva, es síntoma verídico del estado subjetivo en que Cataluña y Vasconia se hallan».

Apuesto por la salvación orteguiana, al hilo de su pensamiento, frente a otras salvaciones que ya creíamos y creemos sepultadas. Hago votos para que la izquierda lea algo más y a alguien más que a sus intelectuales orgánicos que no se saldrán nunca de las perogrulladas de café. Y deseo que esta noticia inesperada pueda servir para que nos demos cuenta de que, como ciudadanos, debemos ser capaces de forjar un país en el que creamos como garante de nuestra dignidad, como parte de ese proyecto común, de ese refrendo cotidiano, del que hablaban, entre otros, Renan y el propio Ortega.

Y los refrendos cotidianos, los proyectos comunes, no son cosa de espadones. Más bien, de aquello que reza el insuperable lema de la Revolución francesa. ¿Recordamos y entonamos las tres palabras?