Por qué será que el género humano está siempre predispuesto a mejorar récords, marcas, plusmarcas, tiempos y registros. Tanto monta el terreno intelectual como el deportivo a la hora de superar y batir gestas y hazañas logradas a través de los años y en todos los campos imaginables. Hasta en el de la imbecilidad hay competiciones por lograr el primer puesto. Muestras no faltan a diario aunque, en cantidad de ocasiones, pueden superar los límites de la razón. Pasen y vean, lean y juzguen.
Ya hace unas primaveras, no muchas, que en la comarca de la Cabrera, en la provincia de León, sucedió un hecho tan peculiar que, de la noche al día, hizo campeones de la estupidez a un grupo de cazadores (¿) de la localidad de Benuza, próxima a Las Médulas de los romanos. Cuenta Ramón Carnicer -autor del libro «Donde las Hurdes se llaman Cabrera», publicado en 1964- que en el pueblo de Llamas, al haber exterminado los lobos de aquella zona, mataban los perros; claro que de aquella no era de extrañar: años de hambruna, maquis y represión en la que los chuchos, además de comer, ladraban y alborotaban el gallinero cuando, en lo más profundo de la noche, los guerrilleros se acercaban al pueblo buscando amor y sustento. También por aquel tiempo y en el mismo pueblo, el día de la fiesta abandonaban las caballerías a su libre albedrío, ¿saben lo que ocurría a la hora de llamarlas de nuevo al corral? Pues que muchas de ellas se habían fugado al monte en compañía de nobles y bien dotados brutos. Recuperarlas era labor de chinos; tenían que perseguirlas por lo más intrincado del monte, acorralarlas y maniatarlas para devolverlas a sus caballerizas. De ahí pasaron a dar cacerías en batida tras los jabalíes hasta que unas vacas que habían elegido la independencia les dieron motivos para organizar monterías tras ellas. Según tengo entendido, con rehalas de perros y rifles de precisión con mira telescópica. Bien se ve que la imbecilidad demostrada por aquella cuadrilla era difícil de superar hasta que: en un pueblecito de 3.000 habitantes llamado Monterrubio de la Serena, en Badajoz, un avispado gestor cinegético organizaba jornadas venatorias de perdices, ciervos, corzos, gamos y jabalíes, a las que asistía personal nacional y foráneo, sobre todo italiano y portugués, adecuadamente acaudalado. A este buen hombre no se le ocurre mejor idea, para aumentar en proporción geométrica sus ingresos, que organizar safaris para cazadores, tan intrépidos y valientes como el sastrecillo, con necesidad de encontrarse como en Kenia la tierra de las mil lanzas, sin menester de viajar en avión para matar tigres, leones, lobos y linces. Si no llega a ser que la Guardia Civil (que metieron las narices donde nadie les había llamado) le corta las alas y le detiene, pronto en aquel coto los aguerridos hombres del rifle hubieran liquidado elefantes, leopardos, rinocerontes, búfalos y osos; eso sí, jugándose la vida en una ruleta despiadada. Mira tú qué angustia si estas fieras peligrosas llegan a romper la jaula en donde estaban encerradas antes de descerrajarles el corazón con una bala del calibre 22.
Lo peor es que a este ingenioso negociante le arruinaron en vida, tan sólo por tratar de enaltecer el ego de unos émulos de Tarzán y Xuanón de Cabañaquinta. A quién molestaban cuando ponían el pie, orgullosos de la gesta, sobre el lomo de la fiera derribada o les incorporaban la cabeza sangrante para que la fotografía correspondiente reflejase mejor el porte heroico del cazador. Grandísimo mérito el del tirador subido a una defensa inexpugnable de madera para segar la vida de los animales salvajes al salir entre los barrotes, despistados y achacosos de vejez y reuma. No olvidemos que eran ejemplares desechados, según la información, de números circenses. Qué disgusto tendrán la chimenea y las paredes del salón de la vivienda de campo de estos probos cazadores al no poder colgar de ellas trofeos tan valiosos capturados en buena lid. Asesinar un lobo sólo les costaba 24.000 euros y un tigre nada más que 36.000.
No sé qué opinarán fiscales y jueces. Yo por mi parte propongo su libre absolución. Si él exclusivamente fue capaz de reunir tanto imbécil en escasos meses, no hay ninguna duda de que dándole un período de tiempo razonable será capaz de librar a España de majaderos y zoquetes. Una vez realizado el trabajo en nuestra vieja piel de toro, podría prolongar su labor por los cinco continentes. Trabajo no iba a faltarle.

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