EL ARRESTO del general Mena envía un mensaje a Catalunya: seriedad con seriedad se paga.
Manuel Vázquez Montalbán escribió en una ocasión, poco después de publicar la novela O César o nada,que la izquierda inteligente es aquella que no arma mucho escándalo, "como una quilla que avanza sin estrépito, de manera que su movimiento sólo lo perciben los escualos". El comentario apareció en el diario La Repubblica,donde el libro de MVM sobre las ambiciones de César Borgia (O Cesare o nulla, decía su divisa) fue recibido con júbilo, no en vano en Italia existe desde hace años una corriente de opinión que ve al joven Borgia como un gran precursor de la unidad nacional y a Nicolás Maquiavelo como su profeta.
Vázquez Montalbán no vivió lo suficiente para ver como su bella metáfora sobre la inteligencia política era clamorosamente desoída en la Catalunya posmoderna. ¿Una quilla silenciosa sólo apta para el fino olfato de los escualos? Quita, quita: ¡un constante y alegre chapotear! Nunca como ahora la política catalana había sido tan incisiva y explícita en sus propósitos, y tan exhibicionista en sus modales.
¿La quilla silenciosa...? ¡Vivan els malcontents!(¡Viva Savonarola!, empieza a oírse, incluso, en algún rincón especialmente airado). El catálogo es extraordinario: un Estatut soberanista; una modificación radical de los flujos fiscales, sin reparar en gastos emocionales (esto es, llamando ladrones, día sí, día también, al resto de los españoles); el asentamiento en Barcelona de un poderoso polo energético capaz de modificar los ejes del poder económico en España (sin duda, la más sabia y estratégica de todas las apuestas); la devolución de los papeles de Salamanca en nombre de la dignidad en mayúsculas (como si los otros no la tuviesen); la elevación tensa del catalán ignorando que el castellano podría ser un gran aliado, y la traca final: esa inacabable comparsa de delegaciones arriba y abajo en la negociación estatutaria; el exhibicionismo de una clase política asentada en una competición interna que se intuye larga y entretenida. Ese maquiavelismo corto,murri y esencial.
¿Demasiado duro el juicio? Sí, si dejásemos de lado todas las barbaridades que se han dicho y se están diciendo sobre Catalunya y los catalanes. Cada uno de los puntos citados ha tenido como respuesta una hosquedad pocas veces vista. Ha habido - no hay que callarlo, hay que denunciarlo- una ruin explotación de los viejos prejuicios hispánicos (xenofobia no es la palabra exacta, aunque duela) con fines políticos y comerciales. Así es la era posnacional: permite jugar con fuego desde la cínica creencia de que la sociedad es ignífuga. Hasta que un día una chispa mala...
Siendo así, quizá tenga razón Félix de Azúa cuando afirma que la mezcla de ideología y de reclamaciones económicas sólo habrá servido para crear una hipérbole catalanista y despertar de manera definitiva al nacionalismo español. Jordi Pujol se teme algo parecido, aunque formulado de manera bien distinta en un reciente artículo en el diarioABC:los países europeos vuelven a estar necesitados de patriotismo y existe el riesgo de que el nuevo patriotismo español - España es hoy un país emergente, repite Pujol- tome como palanca el anticatalanismo. Quizá ambos tengan razón, pero todavía no existe una certificación exacta de ello. Las encuestas oscilan y los humores no siempre son fáciles de medir, pese a su aparente simplicidad: el español ama la democracia porque con ella vive mejor. Pero la ama.
Todo este cuadro era válido hasta el día de Reyes. Hasta que alguien decidió jugar la baza de espadas. No como antaño, puesto que en la era posnacional, al menos en Europa, ya no hace falta sacar los tanques a la calle. Bastan los medios de comunicación y su tremendo impacto. El pronunciamiento del jefe militar con mayor capacidad de mando sobre las fuerzas terrestres es un manifiesto político de primer orden, cuyos efectos no desaparecen con el arresto del teniente general José Mena Aguado.
El Gobierno ha actuado con valentía y severidad porque se jugaba mucho en el envite. No sólo la cuestión catalana. A ningún observador atento le habrá pasado por alto que hay en marcha, desde hace semanas, una línea de erosión de la figura de José Luis Rodríguez Zapatero orientada a presentarlo como alguien que no acaba de estar en sus cabales. El Gobierno necesitaba reafirmar su autoridad y ha tenido la oportunidad de hacerlo a través del ministro de la Defensa, cuya centralidad en el cuadro político va en aumento, como bien sabe Artur Mas, que recientemente almorzó con él.
El movimiento Zapatero-Bono refuerza al Ejecutivo ante la opinión pública, descoloca al PP, que ha cometido la torpeza de no alinearse con el frente de la firmeza, y envía un mensaje bastante claro a la bulliciosa política catalana: seriedad con seriedad se paga. ¿Destinatario principal? Pasqual Maragall, no lo duden. Luego, todos los demás. ¡Ay, la baza de espadas!

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