Nuevo curso económico a la vista. Los expertos afinan sus predicciones y todos coinciden en llamar la atención sobre los tremendos desequilibrios del modelo de crecimiento. El 'milagro' español del ladrillo lo tendrá más difícil con los tipos de interés repuntando y la inflación instalada en porcentajes poco saludables. La desaceleración llama a la puerta de 2006

En la Navidad de 2004, con la flema que le caracteriza, Pedro Solbes aseguraba ante un grupo de corresponsales extranjeros que el PIB español estaría a finales de 2005 «en el 3% o muy cerca del 3%». Se pasó de prudente, porque ha crecido casi medio punto más, hasta una tasa que roza el 3,5%, un dato que pone de nuevo de relieve la vitalidad de una economía que lleva ya 10 años creciendo y creando empleo a un ritmo muy saludable.Como es normal, al inicio de un nuevo curso económico los expertos de todo signo y condición se han puesto de nuevo a interrogar a la bola de cristal para efectuar sus predicciones macroeconómicas para 2006. Todos, sin excepción, vuelven a hacer ejercicios en el alambre de los, en teoría, insoportables desequilibrios de una economía que, según ellos, ya tendría que haber encallado en 2005, sino en 2004, pero que parece haberse apuntado al dicho tan español del «vuelva usted mañana», presta a seguir apurando hasta el final las ubres de un modelo de crecimiento teóricamente insostenible.
El año terminó, sin embargo, con el pésimo dato de una inflación del 3,8%, superior, por tanto, al crecimiento nominal del PIB, y la evidencia de que nos hallamos ya instalados en una senda alcista de los tipos de interés, verdadero responsable del milagro español, como pone de manifiesto un Euribor que cerró diciembre a tasas del 2,78%, el nivel más alto de los últimos tres años, asunto que anuncia un aumento del coste de esas hipotecas a las que están amarrados, casi de por vida laboral, tantos millones de españoles.

De modo que senda alcista del precio del dinero y camino descendente en lo que a crecimiento de la economía se refiere, tras haber alcanzado su pico a mediados de 2005. Expertos hay que aseguran que la desaceleración es más intensa de lo que parece. Todos los indicadores que no han sido modificados metodológicamente muestran ya una desaceleración en 2005 con respecto a 2004. Es el caso del consumo de electricidad (tan estrechamente ligado al nivel de actividad), o el de las importaciones, que muestra una desaceleración relativamente intensa. Además de las ventas al por menor, la producción industrial, o las ventas de coches, que han pasado de crecer en torno al 10% a prácticamente estancarse.Todos los augurios son, pues, de un cierto frenazo, circunstancia que ha sido ya reconocida por el Banco de España en su último informe.

De modo que estrenamos año con una inflación alta, que en enero llagará hasta el 4%, para iniciar después un descenso paulatino hasta la frontera del 3% a finales de año; con una desaceleración del ritmo de crecimiento, y con una expectativa clara de subida de tipos de interés, todo lo cual nos lleva a presagiar un 2006 bastante más complicado, también en lo económico, que 2005. De alguna manera es el perfume que destila el inconsciente colectivo de los españoles en cualquiera de las conversaciones de sobremesa que han jalonado estas fiestas ¿Cómo es posible que con un crecimiento del PIB de casi el 3,5%, la percepción de la gente acerca del futuro inmediato esté tan cargada de pesimismo? Es la paradoja española: espléndidos datos de actividad en tiempo presente y sensación de que esta fiesta no tiene futuro, de que esto no puede durar mucho tiempo, porque los famosos desequilibrios terminarán por explotar en algún momento, mayormente cuando los tipos de interés digan que hasta aquí llegó la marea.

Es verdad que en ese estado de ánimo está jugando un papel fundamental el pesimismo político, producto del brutal pulso que los nacionalismos periféricos le están echando al Estado, a la unidad del Estado y a la unidad de mercado, una aventura que la mayoría intuye acabará teniendo un coste, incluso económico, a la vuelta de unos años. El desánimo se ve acrecentado por la constatación de que ese gran interrogante que el 14-M era José Luis Rodríguez Zapatero («la nada más absoluta», en palabras del fallecido Ernest Lluch), se ha revelado en el primer y gran problema español, precisamente cuando más falta hacía un timonel con pulso firme y criterio suficiente a los mandos de la nave del Estado.

Lo cual no empaña el hecho de que los pequeños y medianos empresarios (olvidados los grandes, tan influidos por el establishment político capitalino), aún admitiendo un cierto grado de contaminación política, tengan razones más que suficientes en las que fundamentar esas pobres expectativas de futuro, centradas en una pérdida de competitividad galopante, un elevado endeudamiento de las familias, una perspectiva -realidad ya- de subida de tipos de interés, un precio del petróleo que va a continuar alto, y un modelo de crecimiento, en definitiva, que se ha desequilibrado de forma brutal en los últimos años, basculando sobre los polos opuestos de la demanda doméstica y el sector exterior, y que es imposible que pueda continuar funcionando indefinidamente.

Ocurre que los sucesivos ministros de Economía y Hacienda que en España han sido sabían de sobra lo que, cuando reinaba doña Peseta, solía ocurrir en situaciones como la actual (varias devaluaciones sucesivas a primeros de los 90) cuando cambiaba el ciclo. Ahora da la impresión de que el milagroso paraguas del euro lo va a soportar todo, todo lo va a aguantar, y aunque es cierto que la moneda única ha aumentado el umbral de tolerancia de nuestros dislates, no cabe duda de que la acumulación de deuda, la pérdida de competitividad y otros factores conexos que componen el marco de esos desequilibrios terminarán por romper aguas, seguramente de la mano de una subida de los tipos a corto más brusca de lo esperado.

Hay un elemento adicional que alimenta el desasosiego económico, que tiene que ver con la personalidad de Rodríguez Zapatero: lo trascendente del Gobierno que preside es que no tiene prioridades de agenda económica, lo cual afecta de forma decisiva a las expectativas.Es decir, España necesitaría una reforma laboral, pero ésa no es la urgencia del inquilino de Moncloa, sino el Estatuto de Cataluña. España necesita una reforma tributaria (del Impuesto de Sociedades y del IRPF), pero ésas son arenas movedizas cuando tienes que negociar el sistema de financiación autonómico. ¿Es posible avanzar en esa reforma, en la perspectiva de ceder el 50% del IRPF? De hecho, las instrucciones internas a los técnicos del Ministerio de Hacienda es que aunque oigan mucho tañido de campanas en torno a la reforma fiscal, que no se preocupen, como si oyen llover: no se va a hacer nada. Y es que realmente no pueden hacer nada. Y si dentro de unas semanas se aprueba el Estatuto más o menos en los términos en que llegó al Parlamento, España no se va a hundir al día siguiente (aunque a lo mejor sí dentro de 10 años), pero tras el rifirrafe mediático quedará clara la percepción de que la agenda económica es una cuestión absolutamente secundaria para este Gobierno, totalmente condicionada a la agenda política. Es la definición más redonda de esta legislatura: la absoluta supeditación de la economía a la política.

Pedro Solbes, dispuesto a aguantar como sea hasta el final de la legislatura antes de hacer mutis por el foro, está convencido, con su corte de corifeos (gente tan exigente con las reformas cuando gobernaba el PP como Fernández Ordóñez), que esto tiene aguante suficiente, y que la pura inercia le va a llevar a través de 2007 hasta las elecciones generales de primeros de 2008. Creciendo en 2006 alguna décima menos del 3% que espera, no muy por debajo del 2,5% en 2007, y manteniendo la tasa de paro en su nivel actual, mínimo histórico, por tanto con el empleo controlado. Es la tesis oficial. De modo que en esa paulatina pérdida de fuelle de la economía, el señor Rodríguez se jugaría la presidencia a la carta política, un Estatuto de Cataluña susceptible de ser vendido como un avance hacia ese Estado confederal que propugna Cebrián, y algún tipo de acuerdo con el nacionalismo vasco, puesto que para arreglar lo de ETA hace falta un cuajo del que carece el sujeto. Todo ello, naturalmente, sujeto a avatares mil, y siempre y cuando no triunfe el intento, desde dentro, es decir, desde el imperio Polanco, de descabalgar a un jinete que ya no les inspira ninguna confianza para seguir en el machito de forma indefinida. Habrá que estar atentos.

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