La presente legislatura viene marcada por la estabilidad política, un bien desconocido en la etapa autonómica.
El Gobierno que preside Álvarez Areces lleva más de dos años y medio sin cambiar de rostros. En toda la etapa autonómica no hubo otro caso igual de permanencia en los cargos, ya que nuestra vida política conoció múltiples alteraciones, no ya de consejeros sino de presidentes: en dieciséis años (1983-1999) fueron investidos cinco presidentes, aunque sólo en una ocasión logró el PP arrebatar el poder a los socialistas. ¿Por qué esta vez es diferente?
La segunda legislatura del presidente Areces, iniciada en la primavera de 2003, está caracterizada por una gran estabilidad política. Esta situación se encuentra reforzada desde que Zapatero se instaló en La Moncloa, porque el Gobierno central ha dado luz verde a asuntos que eran conflictivos (ampliación de El Musel, cofinanciación del Hospital Central, apoyo a la regasificadora) y la posición del Principado ha ganado en solidez. De forma paralela la estrategia del PP se ha quedado sin sustento, ya que se apoyaba en la actuación de sus ministros y en cierto diseño de 'pinza' con los sindicatos mineros, que ahora pierde virtualidad ante el eje Zapatero-Areces.
Precedentes
Ahora bien, si se repasan con detalle los acontecimientos de las legislaturas pasadas hay que señalar una especificidad de la vida autonómica asturiana: la zozobra a los gobiernos regionales nunca llegó por la vía de la oposición parlamentaria, sino de los propios compañeros de partido. El caso más espectacular fue el de Sergio Marqués, que tras gobernar con eficacia fue perseguido por una facción de compañeros del partido que encontró eco en el Gobierno de Aznar. La saña contra Marqués no cejó hasta arrinconarlo en el grupo mixto. Nunca habían imaginado los socialistas que les sería tan sencillo volver a gobernar en Asturias.
De una forma menos grosera (los socialistas casi siempre guardan las formas), los distintos presidentes del PSOE han sufrido presiones internas. En el caso de Pedro de Silva los problemas vinieron de los primeros gobiernos de Felipe González, que tenían una forma muy jerárquica de entender la vida autonómica. Por aquellos años, Alfonso Guerra apadrinaba nuestra región, porque al igual que a Garci le viene bien el paisaje asturiano para rodar sus películas, a Guerra le favorecía el tono sindicalista de nuestra tierra para tallar su perfil obrerista. El delegado de Guerra era Villa, así que De Silva estaba de alquiler en el poder.
La peripecia de Rodríguez-Vigil es tan conocida que no hace falta recrearla, aunque conviene recordar que en su fracaso no tuvo arte ni parte el PP. Antonio Trevín no escapó a los demonios del partido, y al negarse a acudir a una manifestación convocada contra el paro, en Mieres, firmó su finiquito: no le nombraron candidato para revalidar mandato hasta dos meses antes de las elecciones, y la proclamación llegó tras una reunión de seis horas.
Con estos precedentes, no es extraño que el primer Gobierno de coalición de la etapa autonómica, formado por el PSOE e IU, sea el que más dure. En todo ejecutivo en el que participen dos o más siglas hay intereses partidarios confrontados, pero, pese a todo ello, el Gobierno de Álvarez Areces goza de una estabilidad desconocida, porque por primera vez la familia socialista está unida. Desde que Javier Fernández es secretario general de la FSA se acabaron las conspiraciones internas. Dejó de ser cierta la perversa tesis de que a Asturias le conviene un gobierno débil. Un caso extraño el del socialismo asturiano, porque ha ganado en estabilidad bajo la fórmula de la bicefalia, con un presidente del Gobierno respaldado por un líder indiscutido en su propio partido, que además fue el promotor de alguna de las principales ideas del Ejecutivo, como la apuesta por la regasificadora y los ciclos combinados.
La lección
El otro rasgo que explica la estabilidad del Gobierno está en el instinto político de Areces. Aunque el presidente rebase ya los sesenta años, tiene la misma capacidad de aprender de un hombre joven. En su primera legislatura (1999-2003), Areces intentó gobernar apoyado en una mayoría absoluta sacada en las urnas (24 escaños), sin practicar ninguna suerte de alianzas, convencido de poder extender al resto de la región el 'modelo Gijón'. Un planteamiento susceptible de ser ensayado en cualquier comunidad autónoma menos en Asturias. El ex alcalde de Gijón era un intruso en el festín del poder, y a los cuatro meses de ser investido presidente empezó el acoso. La Ley de Cajas fue la disculpa para que el propio grupo parlamentario socialista, en sintonía con el PP e IU, aprobase una norma que era una moción de censura encubierta para Areces. Los votos conseguidos en los comicios no servían para nada frente a la conjura de diputados y poderes fácticos.
Areces asimiló la lección y en este segundo mandato aprendió a moverse en una región en la que se deciden muchas cosas fuera del Parlamento. En una comunidad autónoma en la que el alcalde de derechas de la capital levanta un monumento a los sindicatos mineros hace falta saber llegar a compromisos para gobernar en paz.
El instinto político de Areces le ha llevado a mejorar su posición política sobre la base de ganar credibilidad ante el presidente Zapatero. La confianza del presidente del Gobierno es muy importante para Areces, consciente de que no es un líder 'pata negra' del socialismo español ni es la referencia socialista dentro de su territorio. El hilo directo con ZP es un gran activo. La capacidad para seducir a los dirigentes de IU (ahí sí que le ayuda su biografía antifranquista) también redundó en aportar estabilidad al Gobierno.
Estamos ante el Gobierno más estable de la historia autonómica, pero no estamos ante el fin de la historia. El presidente Areces ha aprovechado muy bien todas las circunstancias propicias en este mandato para afianzarse, pero no tiene el margen de maniobra de los barones autonómicos (Chaves, Rodríguez Ibarra). El tiempo dirá si vivimos una tregua o un largo ciclo de paz.

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