Resulta, al parecer, que la nicotina no es tan adictiva como se suponía y parecía lógico. Al recibirla en pequeñas pero súbitas dosis - una por calada-, el cerebro reacciona estimulado y agradecido.

Pero si los cigarrillos no contuvieran esa sustancia, los fumadores compulsivos seguirían fumando, y no buscarían parches u otros sustitutos (parches que tampoco se dispensarían con tanta alegría, ni se autorizaría su propaganda masiva si la nicotina fuera tan adictiva, pues entonces deshabituar a quien se ha ayudado con ellos sería peor que ayudar a dejar de fumar). ¿Qué tiene entonces el tabaco, en especial el cigarrillo, para que exista un número tan grande de fumadores compulsivos? ¿Por qué apenas hay fumadores moderados, igual que la mayoría bebe de forma moderada?

Sobre el tabaco es muy fácil decir tonterías. En parte, porque no tenemos acceso a los estudios de las grandes compañías, y los otros son casi inexistentes o no se han divulgado. Así que haremos bien en fiarnos de la observación directa. ¿Qué tal contrastar el hábito de fumar con el consumo de alcohol y otras sustancias, legales o prohibidas? Sorprende, como he apuntado, que siendo muchos más los bebedores que los fumadores, la exigua proporción de alcohólicos contraste con el altísimo grado de adicción de casi todos los fumadores. De modo parecido, no se conocen otras adicciones severas que puedan abandonarse de golpe, por un simple y resuelto acto de voluntad, sin el menor tratamiento ni ayuda previa o paliativa. Todo el mundo conoce un montón de personas que han dejado de fumar por completo, muchísimos a la primera, porque así lo decidieron un buen día. Después, no hay asociaciones de ayuda mutua como las de alcohólicos anónimos, etcétera. La afición al tabaco tiene poco que ver con la adicción a las drogas.

La singularidad de ese auténtico caso aparte que es el tabaco consiste entonces en lo siguiente: es menos adictivo que las drogas, muchísimo más fácil de abandonar, pero al mismo tiempo son raros, muy raros, los fumadores responsables. Insistamos, pocos bebedores beben demasiado, mientras los fumadores fuman demasiado. Sin duda, primera explicación, los alcohólicos tienen un problema mayor que los fumadores compulsivos. Un alcohólico o adicto a drogas duras sufre graves mermas en su calidad de vida, disfunciones severas en su percepción del mundo y de sí mismo. No sucede lo mismo con un fumador. En términos estadísticos, fumar acorta la vida e incrementa las posibilidades padecer algunos cánceres, enfermedades coronarias, etcétera, pero mientras eso no suceda, ni el fumador se ve ni su entorno lo ve como a un ser degradado, ni mucho menos destrozado por su afición al humo.

La aclaración del misterio debe encontrarse, en buena lógica pero con todas las salvedades, en la percepción social del tabaco, en la aplastante y nunca bien ponderada fuerza de las costumbres. El sometimiento individual a las pautas colectivas es tan fuerte que nos impide reconocerlas como normas de obligado cumplimiento. Contra la costumbre de fumar, y el modelo de fumar continuamente, que es el impuesto, se levanta una auténtica cruzada de la que me declaro favorable. Puede que, al fin, la mano del fumador se vaya al paquete de cigarrillos por un automatismo incontrolado, parecido al de tenderla para saludar. Todo lo que sea interponer filtros, no entre el tabaco y la boca, que también, sino entra la mano y el tabaco, es positivo, tanto para los fumadores compulsivos como para los ocasionales.

Si en todo lo dicho hay algo cierto, pronto verán aumentar el número de fumadores responsables. Hoy en día, la disyuntiva está entre el fumar y el no fumar. Pero aunque el ímpetu de la cruzada no deje espacio para otra opción, pronto verán, los que no se hayan dado cuenta, cómo se incrementa día a día el número de personas que declaran fumar a diario entre un par y media docena de cigarrillos, cosa perfectamente posible - y más si ésta llega a ser la pauta, con la ventaja añadida del disfrute sin apenas perjuicio-. Lástima que transitar desde la adicción compulsiva hasta el consumo ocasional sea más difícil, por lo general, que dejarlo por completo. Pero no son pocos los que logran reducir el consumo hasta una o dos cajetillas por semana. Y más serían, junto a los que descienden hacia estos aceptables niveles, los que no pasarían de ahí de triunfar una nueva pauta social.

Tengan en cuenta los que, a propósito de la ley, hablan tanto de libertad, que los fumadores compulsivos lo son por pauta social. Frente a aquella o esta imposición, ganará adeptos la muy civilizada, placentera y poco dañina costumbre de quedar para comer como primera parte de un ritual que continua en la sobremesa, con un buen, relajante, obnubilador cigarro. Fumar de modo ocasional, buscando y adornando incluso la ocasión, ambientándola para que más resalte, no tiene más contraindicaciones ni riesgos que los de llevar una existencia normal en cualquier ciudad normalmente contaminada.