Es demasiado pronto para empezar a tasar el legado de Ariel Sharon.Se le recordará, eso sí, como uno de los grandes comandantes de campo de Israel, el astuto y demoledor general que fragmentó el bastión egipcio en Um Katef-Abu Awgeila en 1967 y dirigió el cruce del Canal de Suez en 1973, volviendo las tornas en la Guerra del Yom Kippur. Con una ambigüedad aún mayor, perecerá como el ministro de Defensa que orquestó en 1982 la invasión del Líbano que, paradójicamente, Yasir Arafat puso de camino a Oslo y (aunque con poca sinceridad) hacia la paz con Israel.
Sharon también será conocido como el arquitecto jefe de la campaña de asentamiento del Partido Likud en los territorios ocupados.Su derrota, como primer ministro, de la segunda Intifada palestina será, sin duda alguna, estudiada con rigurosa minuciosidad, una vez que se calmen la histeria y la perturbación, como modelo de una contrainsurgencia exitosa y relativamente limpia.

Dejemos eso para el futuro. El derrame cerebral de Ariel Sharon ha sumido a Israel y a la región en una profunda confusión.

Hace tan sólo unos días se contaba con un puñado de certezas.Todas las encuestas indicaban que en las próximas elecciones generales israelíes, previstas para finales de marzo, el nuevo partido Kadima de Sharon ganaría con gran ventaja, reinstalándole en el cargo otra vez. No quedaba claro por cuánto tiempo disfrutarían del mandato él y sus socios de coalición. Pero la certeza vislumbraba un Israel gobernado por Sharon.

Otra de esas certezas era que su próximo periodo en el cargo quedaría ensombrecido por la investigación sobre corrupción y los cargos que ya han forzado la dimisión de su hijo, Omri Sharon, del Knesset. Pero una vez más, no se esperaba que este escándalo se convirtiera en un elemento capaz de destrozar una carrera, e incluso una coalición: la sociedad israelí está demasiado harta, o sencillamente, se enfrenta a problemas existenciales, como para dar tanto peso a la bellaquería personal.

Y lo más importante de todo, existía una vaga certeza de que se darían más pasos hacia una pacificación entre Israel y Palestina, y una separación de sus dos tribus en guerra, en dos estados relativamente homogéneos. Sharon mostró el camino, de manera valiente e implacable, hace seis meses, con el desarraigo de los asentamientos judíos y la retirada de las Fuerzas de la Defensa de Israel de la Franja de Gaza. Y mostró el camino, desafiando las críticas, a menudo absurdas y falaces, de los palestinos y sus defensores, siguiendo adelante con la construcción de la barrera (en su mayor parte una valla, más que un muro) entre la Cisjordania árabe e Israel (judío), a lo largo de la llamada Línea Verde de 1967.

Muchos esperaban, y otros temían, que Sharon continuara con estos pasos unilaterales hacia la separación de los dos pueblos y la consolidación física de dos estados independientes. Y digo unilaterales porque él creía (como creo yo) que ni era ni es viable que exista un socio palestino pacífico. Aún así, él pensaba, en lo más recóndito de su corazón inmutable, que el movimiento nacionalista de Palestina, aspira a la destrucción de Israel y a su sustitución por un estado de mayoría árabe, una «solución uniestatal».

Esa aspiración es la que llevó a Yasir Arafat a rechazar el compromiso biestatal propuesto por el predecesor de Sharon, Ehud Barak, y el presidente Clinton en el año 2000, y la razón por la que, desde los miembros islámicos militantes de Hamas hasta el presidente de Palestina, Abu Mazen, el movimiento nacionalista de Palestina se niega a abandonar el «derecho de retorno» de los refugiados, el ariete demográfico con el que espera, en última instancia, acabar con Israel.

Ahora, las esperanzas de dar pasos nuevos y audaces, como una retirada unilateral de las zonas de Cisjordania, se han hecho añicos. ¿Qué sucesor, por muy propenso a la paz que sea, demostrará la capacidad o el deseo político de hacer algo tan atrevido y políticamente problemático? No está nada claro quién ganará las próximas elecciones, ni con qué tipo de mandato: ¿Ehud Olmert, viceprimer ministro y posible sucesor de Sharon como cabeza de la nueva lista Kadima (un partido sin instituciones ni estructura, y con un liderato compuesto por Simon Peres, antiguo líder del Partido Laborista, antes incondicional del Likud); Amir Peretz, nuevo jefe obrero del Partido Laborista o Benjamin Netanyahu, cabecilla resucitado del Likud?

Lo más probable es que no haya un mandato claro para ninguno de los partidos o líderes. Además, ninguno de los posibles sucesores al cargo está hecho de esa pasta de líder que se granjeó el cariño de la mayoría de los israelíes.

Queda una certeza más. Israel, y sobre todo, paradójica y especialmente su centro e izquierda ampliamente moderados, está inmerso en una profunda tristeza. Se espera que los que se oponen a la paz, en los barrios de los asentamientos judíos y de Rafah en el centro de Hebrón, se regocijen (como ocurrió cuando Sharon sufrió su primer derrame cerebral, el 18 de diciembre). Los fundamentalistas islámicos y los llamados laicos palestinos que consideran a Israel como un cáncer y que buscan su destrucción harán sonar sus cuernos y regalarán caramelos a los niños de Gaza, cruelmente engañados; y los judíos que no están dispuestos a abandonar el sueño de un Israel más grande, y tal vez decididos a limpiar esta tierra de usurpadores árabes, ofrecerán su agradecimiento al Dios de Abraham, Isaac y Jacob.

El fallecimiento de Sharon también provocará poca tristeza entre esos israelíes y sus defensores de la Diáspora que hace mucho que consideran a Sharon y a Israel como la encarnación del demonio, y que hace mucho también abandonaron toda esperanza o deseo de un estado judío duradero, creyendo, o fingiendo creer, que los judíos y los árabes pueden vivir juntos como un rebaño de torpes corderos en igualdad y bajo un mismo techo político.

Pero el sólido centro y la izquierda de ese Israel judío, que constituyen la mayoría del país, y que quieren cambiar tierra por paz y alcanzar una solución estable biestatal, miran la televisión estos días con el corazón apesadumbrado. Se dan cuenta de que la mejor esperanza para alcanzar la paz, y la menos probable para los conciliadores, está abandonando el terreno de juego, y que comienza ya a avistarse un panorama de incertidumbre y agitación. La estructura política de Israel, eso sí, permanece sólida y tranquilizadora. Pero en este momento de desconcierto, para los interesados en el progreso del proceso de paz, son muy pocas las esperanzas restantes.

B. Morris, autor de El nacimiento del problema del refugio palestino estudiado de nuevo, es catedrático de Historia en la Universidad Ben Gurion de Beersheba, Israel.

The New York Times Op-Ed