Un fulano enjuto, con revelador bigotito y uniforme plagado de chapas (perdón, quiero decir de galones, el despiste semántico es porque no estoy familiarizado con la trascendencia simbólica del medalleo castrense), después de jurar no sé que muy solemne ante Dios nuestro Señor y los Santos Evangelios, define a un ente de aura abstracto con estos terroríficos términos: «Son una incógnita, no tienen entidad, están desaparecidos». Se llama Jorge Videla, él sigue vivo y en su casa, la incógnita a la que se refiere son 30.000 personas «desaparecidas». El general tiene razón en su cínico y salvaje eufemismo. Esos cadáveres nunca aparecieron. Los cuerpos fueron dinamitados, sepultados en cal viva, arrojados al mar.
Esos testimonios se escuchan en otro excelente e inaplazable reportaje de Vicente Romero titulado La máquina de matar. Hinca sus racionales dientes en 20.000 verdugos argentinos que si el diablo no lo remedia, van a morir en su camita, ningún juicio de Nuremberg les va a condenar al patíbulo o al trullo eterno, todos los acobardados o posibilistas gobiernos de ese trágico país les han regalado garantías de impunidad, sólo se acuerdan cada día de su maldita existencia las familias de esos desaparecidos que el viento se llevó.
Y cuentan cosas espeluznantes de aquel tiempo de canallas. Cuentan que el terror llegaba de noche, que los torturadores se llevaban a rastras a tu vecino mientras que el asustado personal miraba para otro lado y se volvía repentinamente ciego, sordo y mudo, que había permiso para freír con electrodos a las criaturas que pesaran más de 25 kilos. Los asesinos de uniforme, de paisano, o de sotana justifican aquella masacre con argumentos que no pretenden ser un chiste macabro. Un abogado de esos magos especializados en que desaparecieran sin dejar huellas aquellos a los que ya habían destrozado en cuerpo y alma, asegura que la Junta Militar «tuvo una actitud cristiana, de ayuda al prójimo». También que «lo de 30.000 desaparecidos es una exageración, fueron 9.500, a los que hay restarle 2.500 de los que se ocupó la Triple A, o sea que tampoco fue tanto, compárenlo con los muertos que hay en accidentes de tráfico». Un obispo comparaba a esos patrióticos matarifes con la Santísima Trinidad y le confortaba con parábolas bíblicas para alentarles en su represión del infame rojerío.
Dicen que en esa relación fraternal entre el clero y los asesinos se produjo un curioso y esquizofrénico trasvase verbal, que los obispos hablaban como los militares y los militares como los obispos. Nadie puede discutir la coherencia, la memoria histórica y la lógica en el razonamiento de uno de aquellos verdugos: «Nos limitamos a hacer las mismas cosas que los franceses en Argelia y Estados Unidos en Vietnam».

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