Con Ariel Sharon entre la vida y la muerte, en la unidad de cuidados intensivos de neurocirugía del hospital Hadassah de Jerusalén, Israel sufre el tercer terremoto político en dos meses.
El primero fue la elección del líder sindical Amir Peretz, el 9 de noviembre, al frente del Partido Laborista.

El segundo, la retirada de Sharon del partido Likud, el 21 de noviembre, para formar un nuevo partido de centro llamado Kadima, al que todas las encuestas daban como ganador en las elecciones anticipadas para el 28 de marzo.

«El mapa político se había vuelto irreconocible», escribe el ex diputado Uri Avnery, responsable de Gush Shalom (Bloque de la Paz), en la edición de enero de Le Monde Diplomatique.

«Tres montañas aparecen ahora en lugar de las dos (Laborismo y Likud) que habíamos conocido hasta hoy y ninguna de ellas ocupa el mismo lugar que las dos anteriores», añadía Avnery.

Sin Ariel Sharon, que era el dueño y señor de Kadima, una de las tres montañas sufre un terremoto de tal envergadura que difícilmente sobrevivirá sin su creador.

Todo dependerá de los resultados de las elecciones, pero antes deberá elegir un nuevo líder y ninguno de los candidatos con más posibilidades de ganar unas primarias parece capaz de derrotar, a día de hoy, a un Likud dirigido por el maquiavélico Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel entre abril de 1996 y mayo de 1999.

De confirmarse la victoria del Likud, la retirada de Gaza habría sido el principio y el final de la última apuesta política con la que Sharon, el hombre que más arriesgó y más veces ganó en la política israelí del último medio siglo, intentó pasar a la historia como el Charles de Gaulle de Israel.

En el programa electoral de Kadima, de cuya redacción se está encargando la actual ministra de Justicia y posible sucesora, Tzipi Livni, se incluyen como objetivo prioritario, para lograr un Israel en paz y en seguridad, nuevas retiradas unilaterales o negociadas (Sharon nunca concretó su plan) de Cisjordania como antesala de unas fronteras definitivas entre Israel y un nuevo Estado palestino más o menos independiente.

Es un plan que se queda muy corto respecto a lo ofrecido por el entonces primer ministro Ehud Barak a Yasir Arafat en Camp David en el verano de 2000 y en Taba a comienzos de 2001, pero que rompe con el Gran Israel impulsado por Sharon y el Likud durante toda su vida.

«La lógica última de Sharon era que, dado que Israel no podría retener eternamente Gaza, lo mejor era retirarse en los términos más convenientes (sin negociaciones)», reconoce Giora Eiland, asesora de Seguridad Nacional del primer ministro.

«Realmente no había intereses vitales que retuvieran a Israel en Gaza», añade Eiland.

La lección de Gaza, de haber sido reelegido, pensaba aplicarla al resto de los territorios, quedándose con los asentamientos que Israel considera vitales o estratégicos y cediendo a la Autoridad Nacional Palestina todos los demás.

Sólo un dirigente de derechas, con el carisma y la experiencia de Sharon, que toda su vida puso la seguridad por encima de la diplomacia y de la paz, podía llevar adelante semejante programa.

Sin él, la paz por territorios, fórmula en la que se han basado todas las negociaciones de paz desde la guerra del 73, vuelve a ponerse en cuarentena.

El Likud ya ha dicho que no piensa desmantelar ningún asentamiento y la montaña laborista, según el análisis de Avnery, se ha convertido poco a poco «en una pálida copia del Likud, en una especie de Likud bis».

De hecho su fósil principal, Simon Peres, ha sobrevivido políticamente en los últimos años sólo como propagandista de Ariel Sharon.

Una elección (la de George W. Bush como presidente de Estados Unidos en 2000), un atentado (el 11-S), una guerra (la última en Irak) y una muerte (la de Yasir Arafat) convencieron a Sharon de que el mapa de Oriente Próximo había cambiado lo suficiente para correr algún riesgo.

El corazón le ha impedido completar con éxito su último número de trapecio en la cuerda floja.

Felipe Sahagún es miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.