En una conversación que mantuvo en 1973 con Liz Widmark, su biógrafa inglesa, la difunta Golda Meir se lamentó de haber sido tan obtusa con los palestinos. De no haber reconocido, cuando aún ejercía el cargo de primera ministra, el derecho que éstos tenían a la autodeterminación. Algo similar le debe estar ocurriendo a Ariel Sharon, si es que alguna luz todavía ilumina su conciencia.
Es arriesgado suponer que en el último tramo de su vida, el ex oficial que se jactaba de haber enseñado a sus hombres a matar a cuchillazos se haya convertido en un pacifista al estilo de Gandhi. Pero tampoco se puede ignorar la transformación que debió atravesar para admitir que el problema palestino no se puede resolver por medio de las armas. Hagamos memoria: fue Sharon quien en su capacidad de comandante de la Zona Sur, en 1969, privó a los palestinos de Gaza de agua y comida para que delataran a los activistas de los grupos paramilitares. Algo debe haber cambiado en su interior para que a fines del 2004 dispusiera la evacuación de toda esa comarca y de algunos asentamientos al norte de Cisjordania.
Arik, como le conocen sus compatriotas, no es el primer estadista que experimenta esta metamorfosis. Simón Peres, símbolo heráldico del pacifismo israelí, fue en gran medida el responsable de que más de 100.000 colonos ultranacionalistas estén asentados en la ribera occidental del río Jordán, un formidable obstáculo para la resolución del conflicto de Oriente Medio. En 1975, el entonces ministro de Defensa se jugó entero para que un grupo de jóvenes religiosos, imbuidos en el espíritu mesiánico, pudieran afincarse en Sebastia, una antigua base militar cercana a Nablus.A partir de ese núcleo, de no más de 200 individuos, las colonias se extendieron como una metástasis por las tierras altas de Judea y Samaria. Isaac Rabin, a la sazón primer ministro, consideró que sería de sumo riesgo asentar a civiles en medio de una población hostil, pero Simón, el líder del sector duro del Partido Laborista se impuso, con el argumento de que «nadie puede impedir que los judíos retornen a su heredad bíblica».
Transcurrida una década, Peres confesaba que el gran error de su vida había sido no darse cuenta de que «el Antiguo Testamento no fue diseñado para servir de guía a los estadistas modernos, menos si nos hemos propuesto el objetivo de convivir en paz con los vecinos árabes». El propio Rabin, que pagó con su vida la osadía de firmar un acuerdo de no beligerancia con los palestinos, alardeaba, poco antes de hacerlo, que jamás suscribiría un documento que llevara la rúbrica de Yasir Arafat.
Volviendo a Ariel Sharon, el exceso de colesterol -origen de sus males, según los médicos- le ha jugado una mala pasada. El infarto cerebral lo deja postrado justo cuando se le presentaba la oportunidad de lavar la sangre que derramó con sus propias manos, de promover una auténtica reconciliación entre israelíes y palestinos.
Ramy Wurgaft fue corresponsal de EL MUNDO en Israel desde 1990 hasta 2002.

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