Quiero darles una noticia asombrosa: mi amigo Vicente Torres, de Valencia, tiene un blog en internet y le va estupendamente. Ya sé que ustedes, muy avezados en la navegación por la Red, no creerán esto que digo, sonreirán con mucho cachondeíto y pensarán que me lo estoy inventando. Pero es verdad. Ese blog es una delicia: la gente entra, lee lo que escribe Vicente, lo comenta, discuten un poco entre ellos y luego se aplican a esperar el siguiente artículo, con el cual ocurre más o menos lo mismo. Inaudito, ¿verdad?

Quizá alguno de ustedes conozca a Vicente Torres, o haya pasado por su blog, y piensen que esta noticia tiene truco. Vaya cosa, dirán: Vicente es un sabio, un hombre extraordinariamente inteligente que escribe sobre esto y lo otro con absoluta mesura, con toda exquisitez y buen gusto; un señor que primero se documenta, luego medita largo rato y sólo después se sienta al teclado. Sus informaciones son certeras y sus opiniones, a veces irónicas y a veces algo malévolas, siempre son respetuosas y ponderadas. Claro, así no hay quien pueda, dirán ustedes. Ese no es un blog normal.

Es verdad. No es un blog normal. Es una verdadera excepción, por eso es noticia. Porque funciona bien. Porque marcha como supongo yo que el inventor de los blogs soñaría alguna vez que marchasen todos. Claro que también el más importante investigador de la fisión nuclear, Walter Oppenheimer, creyó que estaba regalando a la humanidad un descubrimiento de indecibles bondades... y acabó suicidándose convencido de que no habría jamás poder humano ni divino capaz de perdonarle lo que desató. Probablemente tenía razón.

El blog, esa peste bubónica del periodismo que se ha generalizado en el año que acaba de terminar, consiste en una página de internet –por lo común alojada en medios de comunicación– en la cual un señor escribe lo que le parece y otros le contestan. Allí mismo, en su misma página, en tiempo real. El lector puede ver, todo de una vez, el texto del autor original y los comentarios que van surgiendo. Eso sería el más alto y limpio ejemplo imaginable de debate democrático de no ser por algunos pequeños detalles.

Veamos. El autor, por lo común periodista pero no necesariamente, firma con su nombre y muchas veces hasta con su foto. Se hace responsable de lo que dice. Pero el lector que pone allí sus comentarios jamás hace eso. Se le concede el privilegio del nick o seudónimo, que puede cambiar cuantas veces quiera. Nadie sabe quién es. No está obligado a enviar sus comentarios con su DNI, su dirección y su teléfono, como desde siempre ha ocurrido con las “Cartas al Director” de los periódicos de papel; tan sólo queda registrada su dirección de correo electrónico... que es lo más fácil de cambiar que hay en el mundo. Por último, la inmensa mayoría de los blogs que alojan los medios de comunicación de internet están libres de cualquier tipo de filtro, selección, código o censura. Cada cual puede escribir lo que quiera; sólo se limita (y no siempre) el espacio.

¿Cuál es el resultado? Pues que los blogs se han convertido en el territorio natural de una nutridísima partida de canallas que se dedican, gracias a tan bondadosas normas, al apasionante deporte del insulto. Nadie sabe quiénes son, no hay forma de identificarles, nadie va a pedirles responsabilidades por lo que dicen, pueden escribir cuantas veces se les antoje y, encima, en la misma página en que firma, con su nombre y su foto, un verdadero articulista de opinión. Así se las ponían a Felipe II. No es nada fácil idear un método mejor para injuriar a alguien impunemente. Hay muy numerosas y notables excepciones, desde luego; hay gente que se lo toma en serio, sí, pero la gran mayoría, y sobre todo la más visible y ruidosa mayoría, se pasan por el blog de Fulanito tan sólo para ponerle a escurrir, con razón o sin ella, con motivo o, casi siempre, por el puro placer de lanzar mierda –escondiendo la mano– sobre alguien que tiene un nombre y una profesión. Es la elevación de la cobardía a la dignidad de género periodístico.

“Qué cara más dura tienes, Inci”, dirá alguno de ustedes: “Incitatus también es un seudónimo”. Desde luego que sí. Pero un seudónimo (empiezo a pensar si el seudónimo no será, a estas alturas, el verdadero nombre del pobre pelanas que apenas se oculta tras el caballo) que lleva aquí, tenaz, inmóvil e inoxidable, cinco años ya; que contesta a todas y a cada una de las cartas que ustedes le envían, sean amables o furibundas; que pide perdón cuando se equivoca, que se mantiene en sus trece cuando cree que tiene razón y que, para colmo, ha saludado personalmente, en carne y hueso, a muchísimos de ustedes. Incitatus, como tantos seudónimos que hay en la Prensa española de ahora y de siempre, algunos muy ilustres –Cándido y Erasmus son hoy los mejores–, tendrá aciertos y cometerá errores, desde luego, pero no es un sinvergüenza que se dedica a llamar “hijo de puta fascista” o “rojo maricón” a cualquiera que escribe... y luego se hace humo, muerto de la risa, gruñendo: “Buena le ha caído a ese, calentito se va a la cama”.

Incitatus, como todos los articulistas de Opinión que hay en la Prensa, fue llamado por la dirección de su periódico para que escribiera en él. Algo le verían, digo yo. Como a todos. A los periodistas, de Opinión o de Información, se les contrata en atención a sus conocimientos, a sus luces, a su manera de contar las cosas, a su preparación, a sus fuentes, a su prestigio o a sabe Dios qué; eso depende del criterio del periódico. Pero meter en la misma página en la que escribe el periodista a cualquier peatón, repito que en infinidad de casos un retorcido miserable que sólo va allí a insultar, protegido por el anonimato, la impunidad y la ausencia de cualquier filtro, eso es una aberración, eso es la destrucción del periodismo. Y... ¿en nombre de qué se hace ese disparate?

Leído la semana pasada en un blog, copio exactamente: “Me an cortao lo que dige ayer eneste bloc, sois uno facistas, asi respetais la libertd de expresion, cabrones vendidos”. Firmaba un tal Caguentuputamadre. Ah, ¿sí? Muy bien, don “Caguen”, sin diéresis en la “u”: la próxima vez que viaje usted en avión, yo exigiré ser el piloto, en nombre de mi sacrosanto derecho a la libertad de conducción aérea; cuando le operen a usted del corazón, pediré que me dejen operarle a mí, que me asiste el inalienable derecho democrático a la libertad de intervención cardiovascular; cuando se compre usted un piso, yo reclamaré mi justificadísimo y archidemocrático derecho a ser el arquitecto. ¿Qué? No le termina de gustar la idea, ¿eh, don Caguen? ¿Y por qué? Porque sospecha usted, quizá con cierto punto de razón, que yo no estoy preparado para hacer esas cosas, ¿verdad? Ah, ¿y usted sí lo está, pedazo de imbécil, para escribir en los periódicos en la misma página en que trabaja alguien que lleva años dedicándose a ello y que, esto sobre todo, ha sido llamado por el medio para hacerlo? ¿La libertad de expresión protege, don Caguen, su falta de sintaxis y de ortografía, su descarada voluntad de injuriar y de ninguna otra cosa más, su condición de fanático o de obtuso, o de ambas cosas a la vez?

Yo creo que eso no es, no puede ser así. Los blogs no son el periodismo instantáneo, el “periodismo en estado puro”, como dicen algunos colegas bienintencionadísimos pero bastante despistados: son el antiperiodismo. Los blogs con comentarios anónimos, inmediatos y sin filtrar, son la sentencia de muerte del periodismo de Opinión en internet, porque esos comentarios, invariablemente, comienzan con tres o cuatro que se cagan en los muertos del opinador; luego llegan otros tres o cuatro que se cagan en los muertos de los tres anteriores, después se ponen a discutir entre ellos y el asunto deriva en un navajeo verbal entre lectores que no hay cristiano que resista, por insulso y aburrido. Yo creo que nadie en su sano juicio lee eso.

El lugar para la libre expresión de los lectores estaba ya inventado, y espléndidamente inventado: las “Cartas al Director”. Allí cada cual envía lo que se le antoja, con todos sus datos y haciéndose responsable de lo que dice, y se publican (o no) después de que un grupo de personas juzgan su interés, su oportunidad y desde luego eliminan aquellas que sólo contienen insultos. Desde hace ya unos años, los columnistas tenemos una dirección de correo electrónico a la cual los lectores pueden escribirnos lo que mejor les parece. Pues eso también está muy bien, es el contacto directo entre el autor y los lectores. Unos ni mirarán ese correo; otros lo abrimos siempre y, en la medida en que podemos, contestamos; no es fácil porque ustedes, los lectores (hablo por mí, claro) escriben muchísimo, y tengo que decir que, en la inmensa mayoría de los casos, son mensajes largos, maravillosamente cómplices, afectuosos, llenos de ánimo y de cariño, incluso cuando están claramente en contra de lo que uno dice. En estos años he aprendido que uno tiene que esforzarse mucho, muchísimo, para estar a la altura de sus lectores, que valen mil veces más de lo que uno valdrá jamás.

Pero nunca, nunca, tendré un blog. Quiero con toda mi alma a los lectores del “Cultiberio”; estoy vivo y soy feliz (en la medida en que lo soy, que no es poca) gracias a ellos, o sea a ustedes. Sé que nunca los mereceré y que son lo mejor que se ha inventado en el mundo después de la música de Mozart, de los dibujos de Julio Cebrián, de la segunda parte del Quijote y de esta estremecedora puesta de sol sobre el mar que veo ahora mismo, mientras les escribo, asombrado y emocionado como un niño chico, desde la terraza de mi apartamento en Morro Jable, Fuerteventura. Pero una cosa son ustedes, los lectores de verdad: los sabios, enérgicos, apasionados, afectuosos, cómplices, enfadados, críticos, audaces, admirabilísimos y por siempre para mí indispensables lectores del “Culti”, y otra muy distinta esa nidada de escorpiones desocupados que se agazapa, con patente de corso para insultar, en los blogs. Eso, nunca.

Ánimo, Vicente Torres, sabio y buen amigo. Me temo que te he hecho hoy una canallada imperdonable. He dicho que tu blog es el único que yo conozco que funciona bien. Si a partir de mañana empiezan a insultarte cada vez que escribas, la culpa la tendré yo. Habré echado sobre ti el enjambre de avispas que no tienen otra cosa mejor que hacer. Perdóname también por eso.

SALAMANCA Y CIERRA...

Veo en televisión, con muchísima tristeza, que el alcalde de Salamanca –ahora mismo no me acuerdo de cómo se llama, esperen que lo miro; sí, aquí está, Julián Lanzarote, digo yo que se sentirá como Lanzarote del Lago o como Guzmán el Bueno– está llamando a la indignación popular por lo del Archivo de Salamanca. Pretenden “destruir” el Archivo de la Guerra Civil, dice. Según él, y desde luego según su partido político, el PP, el Gobierno socialista de Zapatero, vendido a Carod Rovira, pretende acabar con el Archivo Salmantino entregando a los catalanes una serie de documentos históricos que acabarían con la siempre exigible unidad archivística. Un insulto. Una afrenta. Una barbaridad.

Inci ha escrito aquí alguna página defendiendo la actitud del caudillo salmantino. Luego le informaron mejor –algo que debería haber hecho él, pero no lo hizo– y cambió de opinión. Los “papeles catalanes” que hay en Salamanca son apenas 500 cajas entre decenas de miles. Eso es lo que menos importa. Lo que realmente hay que considerar es que esos papeles fueron robados a punta de pistola, por las tropas de Franco, de sus lugares de origen, en Cataluña, en los tiempos de la guerra civil. Eran y son documentos muy importantes para la historia de Cataluña. Documentos que han sido escrupulosamente copiados y reproducidos, y que cualquier investigador podrá consultar, para siempre, en Salamanca. Pero los originales se irán. Iracundamente.

Es de suponer que si al señor Lanzarote le hubiesen entrado, años atrás, unos ladrones en su casa y le hubiesen rapiñado toda la plata y las joyas de la familia, pues, hombre, le hubiese parecido mal. Y si, andando los años, los ladrones hubiesen sido capturados, él habría considerado conveniente recuperar lo robado, ¿no? ¡Ah! Pues no. Resulta que lo robado pertenece ahora a un Archivo importantísimo que no se puede tocar. ¿Y por qué no? Pues mire, porque si le devolvemos a usted lo que dice que es suyo, eso supondría abrir heridas que ya estaban cerradas, resucitar rencores, reavivar odios y, desde luego, poner en cuestión la honorabilidad de los ladrones, que eso es algo que ya estaba concluido y olvidado y reconciliado desde la Transición. ¡Oiga, pero es que la plata y las joyas son mías, que me las robaron! ¡Devuélvamelas! Ah, joven, usted lo que quiere es la destrucción de España, usted es un rencoroso y un guerracivilista. Traidor, usted quiere quedarse con lo que no es suyo. Y le apoya ese gobierno rojo, masón, vendido a los separatistas. Usted vencerá, pero no convencerá. ¡Españoles, la patria está en peligro: acudid a salvarla!

Dejémonos de tonterías, por favor. Esos documentos fueron robados de Cataluña por las tropas de Franco. Hay que devolverlos a sus propietarios. Es así de sencillo. Los analfabestias de las juventudes de Carod Rovira van a hacer una fiesta, una celebración de “victoria contra el opresor español” cuando las cajas lleguen a Barcelona. Pues bien, habrá que tragárselo. Se lo han puesto en bandeja. No hubiese ocurrido así si el PP, como tantas otras veces, no hubiese errado el tiro, no hubiese hecho un “caso patriótico” de la simple restitución de un robo y no hubiese intentado convertir, sin la menor vergüenza, sin el menor patriotismo, un caso de latrocinio en un casus belli de “españismo y de las JONS”. Desentierran una frase de Unamuno (la de “venceréis...”) cuya manipulación ha sido protestada por cincuenta familiares suyos y que se puede volver en cualquier momento contra sir Lancelot de Salamanca, porque lo único que no tienen, él y los suyos, es razón histórica. Es inaudito ver a un partido democrático defender, ¡treinta años después!, las sinvergonzonerías de los franquistas de hace siete décadas. No hay catalán, no creo que haya español sosegado y bien informado que no esté a favor de devolver lo robado a aquellos a quienes se les robó. Eso es de justicia en cualquier lugar del mundo.

Pero, claro, hay que acabar con Zapatero como sea. Para eso, todo vale. Absolutamente todo. La mentira bruta, la sutil falsificación de la verdad, el azuzamiento de unos españoles contra otros... y hasta la defensa arribaspáñica del expolio que hicieron aquellos bestias.

Feliz año nuevo desde la paz de Fuerteventura. Es extraña esta paz, por las calles todo el mundo sonríe, se pone un jersey y se abraza. Llueve ahora y hace fresco. Hay que comprenderlo, los ciudadanos de a pie estamos en enero.