“Un shock de los mercados puede sobrevenir rápidamente como ocurrió en septiembre de 2005 con el petróleo”. Estas palabras son del director gerente del FMI, Rodrigo Rato, encargado de predecir y prevenir estos asuntos, que ponen en jaque a los gestores y, lo que es peor, a las economías más sólidas de occidente.
Vladimir Putin ha escenificado un ensayo de su poder sobre la faz de Europa y ha provocado una inquietante sensación de inseguridad en las fuentes de energía que mueven y engrasan la industria occidental.
Una disputa con Ucrania, envuelta en reyertas históricas de tinte nacionalista, han dado pie al Zar, que actualmente preside el G-8, para mostrarse en todo su esplendor, en su gama de colores más desconocida. Yúschenko, por su parte, decidía tomarse unos días en los Cárpatos. Cosas del liderazgo y la familia.
Putin es capaz de meter a sus enemigos en la cárcel, ahí está Jodorkovski, destronado de su poder energético y casi de su dinero, descabalgado de su empresa, de su vida de nuevo rico, de la liturgia y la influencia de los multimillonarios en Rusia. Putin, ex miembro del servicio secreto, trata de poner a sus pies a la sociedad rusa, con recortes en la libertad de prensa y dando al Estado, y a él mismo, poder para apisonar todo aquello contrario a sus intereses.
Por eso ha parado el suministro a Ucrania, por donde pasa el 80% de esa materia prima que llega a Europa, acusando a empresas de aquel país, como Nafrtogaz, de robo de gas. Además, ha dejado a una mayoría de países centroeuropeos sumidos en la indefensión, conscientes de que una indisposición de Putin, un cambio de humor, puede provocar un apagón energético, ahora que se sabe poseedor del monopolio de la llama de gas.
Una caída de las importaciones en 24 horas del 40% es capaz de provocar algo más que un susto en los mercados. No se descartan entonces episodios de pánico en el futuro.
No extraña que el crudo internacional haya amanecido con un sobresalto que haga pensar de nuevo en la posibilidad de un shock tan sólo iniciarse 2006. Malos momentos para la lírica, cuando las materias primas campan a sus anchas en los mercados internacionales y su exploración y explotación permanecen en manos de países en los que la palabra democracia se usa sólo para los libros de texto, de cara a la galería internacional.
No estamos aquí ante un robo de petróleo al estilo de los pinchazos en Nigeria, en los que mueren docenas de mercenarios del crudo con el fin de abrir una veta directa del oleoducto, sino de un presidente de un país, uno de los ocho más ricos del mundo, dispuesto a retorcer el codo a alguno de los que fueron sus satélites y ahora se acercan a la vieja Europa, incluso en disposición de mostrar sus colmillos a esos socios de la emergente región europea.
Estados Unidos ha buscado en Rusia, a través de sus multinacionales, líneas de provisión de crudo diferentes a las de Arabia Saudí e incluso ahora, tras los apagones de California, se replantea un futuro de centrales nucleares; China, por su lado, ha optado por sacar a sus empresas estatales, cotizadas por cierto, de compra, y Europa muestra, mientras tanto, sus peores debilidades en el norte respecto a Rusia y en el sur con Argelia. Europa está en manos de un par de presidentes a los que se les puede cruzar el cable por razones bien diferentes, sin dar muestras de buscar alternativas seguras, viables o que maticen el poderío de algunos líderes.
Vladimir Putin usa a su antojo los precios del gas: lo mismo decide multiplicarlos por cuatro veces en Ucrania que duplicarlos en Moldavia. Putin usa a su antojo la multinacional Gazprom, hace de su capa un sayo y deja en mal lugar a Schroeder, que acaba de fichar por la compañía como presidente del comité de accionistas. En la empresa participan Gazprom, BASF, que acaba de lanzar una OPA hostil sobre la americana Engelhard por 4.300 millones de euros, así como EON. Menuda carta de presentación. Schroeder aparece como piedra de toque en el futuro gasoducto entre Rusia y Alemania que estará listo en 2010 tras, al menos, 4.000 millones de euros en inversiones.
Lo mejor es que Rusia pide la mediación de la Unión Europea, ahora víctima, antes invitada de piedra, después expresión de debilidad. La OTAN sigue con especial interés todos aquellos asuntos relacionados con el control de las fuentes de energía. Algunos países del Este convierten a la región en foco de incertidumbres porque, a veces, apestan a inseguridad jurídica. Europa tiene ya la obligación de responder como un bloque, no como un conjunto de intereses dispersos incapaces de poner a casi nadie, y menos a Putin, en su sitio.
jesusgarcia@elconfidencial.com

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