La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

5 Enero 2006

Los padres no existen, ¡que vivan los Reyes Magos!, de Luis Figuerola-Ferretti en El Mundo

Lo hemos visto en la edición digital de este mismo periódico.Y a muchos nos ha sorprendido y nos ha devuelto la ilusión de la infancia perdida. En la noche de Reyes, un niño se despierta desvelado por unos ruidos.
Sigue su rastro, los localiza en el salón, que está con la puerta entreabierta. Se decide a entrar, enciende la luz. Su rostro refleja la sorpresa y, al tiempo, la frustración de ver a sus padres poniendo regalos alrededor del árbol de Navidad. Se le acerca el padre, pone sus manos sobre los hombros del príncipe destronado por el desencanto y le mira fijamente a los ojos. Hijo estos son tus regalos Ya eres mayor, y es hora de que conozcas la verdad. El niño traga saliva. Parece confirmar las sospechas del amigo que le había soplado eso de que la historia de los Reyes Magos es filfa. Solo que en ese momento, y tras palabras tan graves, el padre se lleva las manos a la cara y empieza a quitarse una máscara que encubría su verdadera personalidad.El niño abre los ojos estupefacto. El que aparece es el propio rey Baltasar que -con acento cubano, eso sí- le revela la verdad: ¡los padres no existen!

Se puede mirar como amable y original felicitación de Navidad, un detalle de quien trata de salvar una tradición de raíces cristianas indisolublemente unido a la etapa más dichosa de la infancia de los españoles. Tal es probablemente la intención del periódico y de la agencia de publicidad que la firman. Pero también se puede (y no se si se debe) estirar la vista y escudriñar un poco más lejos. Y conectar después la anécdota con el derecho a la ilusión de los niños. Sí, ya se que suena a proclama utopista, a desideratum zapateril, pero qué futuro se podría esperar de una generación a la que se le aborta el impulso a creer en la fantasía. Sorprende incluso que en pleno esplendor de sensibilidad colectiva, este derecho que reclamo no esté más protegido. Y si no, recuérdense paradojas de la moral oficial reinante. Los niños, por ejemplo, no pueden asistir a las corridas de toros, no es recomendable que vean sufrir cruentamente a un animal.A los niños, por ejemplo, no se les anuncian los llamados juguetes bélicos, por más que entre los rapaces de mi generación éstos fueran los más solicitados sin que resultáramos, creo yo, más desalmados y violentos que los auténticos enfants terribles de la katana o del juego del rol. Pero, en aras del negocio -o de la política, que hay que ver la histeria de tantos concejales por suplantar a Melchor y compañía- a los niños se les quiere engañar con figurones de pacotilla sin que nadie levante una voz en defensa del más bello tinglado de la antigua farsa....¡Pobres Reyes Magos! Y pobres niños, añado.

Una de las citas más repetidas en estos casos es aquélla de Rilke que identifica la auténtica patria del hombre con su infancia.Cuando llega la Navidad, la patria paradisíaca se agita gracias personajes mágicos que revolotean alrededor del árbol o del Belén para dejar regalos. Esta magia la encarna el propio niño Jesús en Alemania, la Befana (una bruja generosa que vuela a lomos de una escoba) en Italia, San Nicolás (que, casualmente, viene de España) en Holanda, y un simpático barbudo gordinflón de blancas guedejas y negras botas que adopta nombres distintos, según convenga.En Estados Unidos le llaman Santa Claus (supongo que un apócope de Saint Nikolaus), en el Reino Unido Father Christmas, y en la francofonía Papá Noël, que era el único título por el que conocíamos al usurpador antes de que la mitología anglosajona se adueñara de todos nosotros. El niño Jesús, San Nicolás y la Befana -por citar sólo a algunos de los más famosos filántropos navideños- no han tenido nada que hacer en España. Pero bastó que la Coca-Cola y Hollywood asumieran las relaciones públicas del barbudo impostor vestido de rojo para que, en este país tan fervientemente antinorteamericano, éste se haya ganado el corazón de los snobs, de los que quieren desmarcarse del tufillo católico de los magos de Oriente y, sobre todo, de los que aprovechan cualquier pretexto para vender más.

Eso explica la exagerada presencia de Santa Claus en nuestras vidas, sin que nadie recuerde que su pedigrí y su imagen actual provienen de algo tan prosaico como una campaña de publicidad del refresco conocido como Coca-Cola que data del año 1931. Pero da igual: en un principio el orondo personaje aparecía sólo en los christmas, en los adornos del abeto o en las mantelerías y ornamentos de la pascua. Sin embargo ha cobrado tal protagonismo y se ha crecido tanto, que en los últimos años hasta se atreve a escalar por las fachadas y entrometerse en la intimidad de nuestros hogares, como hacía Franco por Navidad. Y ahí le tenemos, fisgándonos desde balcones y ventanas. Qué abuso, señores, qué abuso.

Pero no se llevará el gato al agua, no. España ha dejado de ser oficialmente católica, crece el agnosticismo, y, entre los creyentes, los hay que profesan religiones muy distintas de la que alimentó la historia de los Reyes Magos. Sin embargo, éstos siguen siendo el símbolo de felicidad por antonomasia para la inmensa mayoría de nuestros niños.

Conviene recordar que ese estado de gracia se desvanece cuando pasa el mito y el niño aterriza en la áspera realidad. ¿Por qué entonces precipitar el momento? Todos hemos esperado con ilusión la noche del cinco de enero, incluso cuando, próximos al uso de razón, se nos antojaba imposible que Melchor, Gaspar y Baltasar dieran abasto para visitar todas las casas, colarse por la chimenea o por el balcón, distribuir los juguetes y apurarse el refrigerio de turrón, polvorones, y licores que premiaba el esfuerzo de esas horas. Y tuvimos que hacer todo un ejercicio de fe en la fantasía para no caer en un precoz escepticismo. Amiga de los cuentos desde muy temprano, tuvo que lidiar mi inocencia los ataques del clásico sabiondo de la clase, que se empeñaba en hacerse el mayor a costa de aguar a los demás la fiesta del seis de enero. Ante semejante alevín de Lutero, yo hacía mi particular contrarreforma desactivando sus cábalas con argumentos que me parecían impecables. Por ejemplo, si, como buen cristianito, tenía que creer a pie juntillas que Jesús era hijo de la Virgen y del Espíritu Santo -qué misterio, mi madre- no veía motivo para dudar de la generosa existencia de los magos de Oriente, que también salen en los Evangelios y, en buena lógica, tenían un trabajo harto más fácil que el de la divina palomita. La otra razón era doméstica y puramente presupuestaria: mis padres no se hubieran gastado tanto dinero en los juguetes de un mindundi como yo, el quinto hijo de una familia numerosa de la época.Así escribí año tras año mi carta a los Reyes Magos, sin que, afortunadamente, ningún grafólogo de sus majestades detectara en mi letra el menor rasgo de fingimiento. Terne en prolongar el sueño, sólo se tambalearon de verdad mis creencias el día en que el Baltasar de El Corte Inglés se inclinó para darme un cachetito cariñoso y por el cuello de su lujoso sayal dejó ver su pechuga blanca. Fatalmente, confirmaba así la tesis de mi compañero de cole: era el ascensorista del centro comercial, que se ganaba unas pesetas extras disfrazándose de rey mago.

Desde entonces, creo que nada ha minado tanto el prestigio de los Magos de Oriente como esos penosos sosias de guardarropía que son explotados esperando que algún chavalín despistado caiga en sus manos para recibir su carta. No lo tienen fácil, pues casi nunca eligen a barbudos encanecidos para Melchor, ni a barbudos rubios para Gaspar, sino que prefieren barbas y pelucas de pega y unos ropajes de saldillo que no engañan a nadie. Y lo que es peor, un lamentable afeite oscuro para el sufrido Baltasar, que raramente presenta la dignidad exigible. Es natural que impostores tan costrosos resulten deslucidos en cualquier papel, y que los niños un poco despabilados acaben por no hacerles ni caso. Los Reyes Magos no pueden ser de mentirijillas.

Curiosamente estos días, y por razones de mucho más calado, una ONG que se denomina CECRA (Coalición Española en Contra del Racismo) ha remitido una carta a los ayuntamientos y corporaciones que organizan cabalgatas de Reyes solicitando que el puesto del rey negro no sea ocupado por un blanco con el rostro embetunado.Tiene muchísima razón: no es de recibo que a estas altura de la película, incluso en aquellos papeles en los que es indispensable el color de la piel, se prefiera a un concejal o a un famoso maquillado que a un actor de raza negra. Por supuesto que lo importante de esta iniciativa sería su significado social, pero si yo fuera pequeño y tuviera la inmensa suerte de seguir fascinado por la estrella de Oriente, también la aplaudiría. Incluso con más fuerza, porque los niños pueden ser inocentes o ingenuos, pero no son tontos, y merecen que los adultos defendamos a ultranza su legítima gran ilusión.

Así que no permitamos que un arribista con la cara pintada intente usurpar el papel del más singular de los magos a los que alude el evangelio de san Mateo. Un respeto para éstos y, por ende, también para los niños. Como recuerda el feliz spot que hemos visto en internet, los padres no existen. Vivan pues los auténticos Reyes Magos.

Luis Figuerola-Ferretti es publicitario y colaborador de Radio Nacional

Vea el vídeo de la felicitación de Navidad en: www.elmundo.es/

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