La polémica en torno a la Ley Antitabaco tiene más enjundia de lo que pudiera parecer. No se trata sólo de discutir si en un restaurante se podrá fumar un purito; o sobre qué va a pasar en los frontones, que se adivinan como focos de insumisión. Tampoco se limita a calcular las horas de trabajo que se perderán en los recreos. En el fondo late la capacidad del Estado ­el español en el caso que nos ocupa­ de decidir por y sobre los ciudadanos; de reglamentar los actos que, sumados, constituyen nuestra propia vida. Ni más ni menos.

Ahora el Estado ­movido por motivos económicos, a buen seguro­ ha decidido que no debemos envenenarnos con el veneno que el propio Estado nos vende. Y lo ha decidido por nuestro presunto bien.

Y algo parecido sucede en la política. El Estado que hoy rige Rodríguez Zapatero ha determinado que es bueno que los vascos sigamos viviendo sometidos a las leyes de su Estado y como cree que es bueno, nos impone su decisión. El tabaco es malo para la salud y la independencia para nuestro bienestar. En consecuencia, el Gobierno de turno en el Estado tendrá la alta misión de acosar a los fumadores y acogotar a los independentistas hasta hacerles renunciar a todos ellos a tan perniciosos vicios.

No esperen aquí ninguna apología del tabaco ni del tabaquismo. No hay que ser un lince para saber que es nocivo. Pero habrá que decir, alto y claro, que cada cual es muy libre de empozoñarse con la sustancia que más le guste. Y no me vengan con el cuento de los fumadores pasivos porque no cuela. Usted no tiene por qué aguantar el olor desagradable de mi cigarro, es verdad, ni yo su perfume espantoso. Usted no tiene por qué poner en riesgo su salud por mi cigarro ni yo por el tubo de escape de su coche. Ni usted tiene por qué toser por mi farias ni yo envenenarme con los humos de su incineradora, absorber las radiaciones de su antena de telefonía móvil, padecer alopecia por su pararrayos radioactivo o ver cómo se me hincha la tripa y se me pliegan las orejas por comer un pollo griposo.

Se trata de respetar al prójimo y exigir respeto a las propias decisiones. Y es eso lo que este Gobierno de buen talante no cumple. Abra un debate serio sobre las cosas del fumar y el beber y dejen a la ciudadanía decidir en libertad. Y hagan lo mismo con nosotros, con los vascos. Respeten, por favor, nuestro derecho a decidir y hasta a equivocarnos. Y luego, fumaremos la pipa de la paz.