A estas alturas de mi vida, no estoy dispuesto a dejar de encender un oloroso habano, pese a la ley prohibicionista votada por sospechosa unanimidad por sus señorías. Por fortuna, los inquisidores no están aún autorizados a entrar en mi casa a multarme, pese a que sea mi lugar de trabajo, y en ella me atrinchero con libros tan juiciosos como aquel Lady Nicotina, del siempre joven escocés J. M. Barrie, el inventor de Peter Pan; o Puro humo, del llorado amigo Guillermo Cabrera Infante, que se murió con un buen tabaco en la boca.
Sé que hay una minoría silenciosa, gente ática y culta, que seguirá abriendo en ceremonia secreta una aromática caja de habanos, como acabo de hacerlo yo para inaugurar el año, y con una pasión hedonista nada suicida se entregará al humo azul, al humo sagrado que cantó Mallarmé en un perfumado poema. Fumar es un placer antiguo que nos regalaron los indios americanos, que prohibió el Santo Oficio como actividad diabólica y que persiguieron, y persiguen, los puritanos de todo el orbe.
Gustave Doré, que no se pasó toda la vida ilustrando el Quijote, pintó en 1861 un cuadro magnífico titulado Un anglais à Mabille, en el que vemos a un dandi con sombrero de copa y rosa en un ojal disfrutando de un puro.
Ni a Eduard Manet ni a Goya ni a Renoir ni a Hogarth ni a Millet ni a Van Gogh ni, por supuesto, a todos los cubistas -incluyendo a Braque, Gris o Picasso- se les escapó retratar el espacio lleno de humo de los cigarros y las pipas. Para ellos, fumar era una auténtica forma de concentrarse y de entregarse a la reflexión.
Degas, Lautrec o Seurat lo veían como un acto de elegancia, y así lo expresaron en sus retratos. Bonnard, como un tranquilo gesto de placer, la quintaesencia de la más íntima felicidad.El gran pope de las vanguardias en París, el poeta Guillaume Apollinaire, era un gran fumador de puros, y así lo retrataron Picasso, Vlaminck y Larionov. Los tiempos no son buenos para hacer una gran exposición sobre el tabaco y la cultura, pero, si a los de Altadis no les dejan ya hacer publicidad, me ofrezco humildemente para hacerles de comisario, aunque sea en las mismísimas catacumbas.
Es curioso el silencio sepulcral de los intelectuales españoles ante esta vulneración higiénica de la libertad individual, ellos que ayer no más pedían la legalización del cannabis y la marihuana.Sólo he leído hasta hoy la queja solitaria de un ex fumador soliviantado: Antonio Gala.
Habrá que rehabilitar a Brummel, el primer dandi que puso de moda el rapé, a su discípulo Lord Byron, a Baudelaire, a Oscar Wilde y hasta al glorioso Winston Churchill, al que ahora llamaríamos drogadicto.
Porque a esa condición miserable nos quieren llevar los prohibicionistas que no se conforman con expandir toda clase de miedos en las cajetillas, sino que pretenden que los fumadores llevemos también cosido en el pecho el detestable estigma. La ceniza gris ha consumido ya el humo de esta muy incorrecta columna.

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