Gracias a su mayoría absoluta, Evo Morales pudo sortear el trámite de la segunda vuelta en el Congreso e instalar una clara mayoría parlamentaria. A mayor abundamiento, la aritmética dice que Bolivia puede iniciar un bipartidismo inédito, pues entre el más de Morales y el podemos de Jorge Quiroga reunieron más del 81% de los votos.

Esto ha creado una situación nueva en Bolivia. Los viejos partidos y sus gastados líderes comienzan a enrumbar al cementerio de los elefantes, sin ruptura de ese sistema que estuvo colgando de un hilo hasta hace pocos meses. Al mismo tiempo, surge un cuadro institucional de plena legitimidad del poder político, que garantiza, teóricamente, la esquiva gobernabilidad.

Por cierto, el prejuicio racial no desaparecerá. Los supremacistas blancos de siempre, dentro y fuera de Bolivia, seguirán descalificando a Morales por ser indio... y ni siquiera descafeinado por una universidad norteamericana, como el presidente peruano Alejandro Toledo. Inútil será recordarles que una vez gobernó en México - y con brillo- el gran indio Benito Juárez.

Más fuerte es el temor, con sede principal en Washington, de que Morales sea el heraldo de una revolución castro-indigenista-altiplánicochavista. Ésta vendría teleguiada desde Cuba y Venezuela y su segunda estación repetidora - después de Bolivia- se levantaría en Perú. Allí estaría, para tomar el relevo, el comandante Ollanta Humala, cuyo irresistible ascenso como candidato presidenciable consta en todas las encuestas.

Para Chile, en especial, sería una situación inconfortable, pues Morales ya lo había definido como el Israel de la región. Esto evocaría desde una intifada en el Pacífico Sur a un escenario de masas indígenas y mártires suicidas descargándose contra Chile desde el oeste boliviano. Ante este u otro escenario estereotipado, hay que recordar lo mal estratega que es el miedo. Éste incita a buscar las semejanzas y no las diferencias entre los eventuales enemigos, uniéndolos en vez de separarlos.

Y sucede que, a esta altura, todos los peruanos tienen claro que la amenaza (o la promesa) de Humala comenzaría a ejercerse contra su propia sociedad. Saben que es un outsider con preparación militar académica, estudios de posgrado en Ciencias Sociales y una fuerte ideologización. En ésta se mezclan contenidos nacionalistas (antichilenos), racistas (antiblancos), militaristas (de la especie velasquista) y un singular sancocho de geopolítica nazi e imperialismo inca. Pese a que ha tratado de poner distancia táctica con su hermano Antauro - encarcelado desde su sangriento asalto a un cuartel de la policía, en Andahuaylas-, ambos tienen una visión dogmática común, que les viene de su padre Isaac, un ex comunista estaliniano. Morales, por el contrario, no es un hombre de ideologías fuertes (el bolivarianismo de su amigo Hugo Chávez no califica como tal). En cuanto genuino líder sindical, expandió su popularidad defendiendo los cultivos de coca de sus hermanos aymaras y discurseando contra EE. UU. Su antichilenismo es vernacular, como el de la gran mayoría de los bolivianos. Está en su cultura y no en la asimilación de ideólogos extranjeros. Así visto, el peruano Humala es un ideólogo en busca de indígenas para tomar el poder, y Morales es un indígena boliviano que está tomándolo, sin buscar ideólogos.

Por eso, si en vez de apostar a la profecía autocumplida, los iberoamericanos apostamos a la esperanza, ayudaremos a que Morales se lulifique.Es decir, que asuma rápido la diferencia entre un dirigente sindical, capaz de bloquear las calles, y un jefe de Estado con mando sobre la policía y las fuerzas armadas, responsable por el orden interno y la paz exterior.

Los chilenos podemos entender bien la esencia de su dilema. Fue el mismo que vivió y sufrió Salvador Allende cuando, desde dentro y fuera de la Unidad Popular, comenzaron a empujarlo hacia el abismo, porque sólo había conquistado el Gobierno y debía tomar todo el poder.

Desde esa comprensión, habría que apoyar a Morales para que se resista a soñar el sueño de sus partidarios más e intratables. Para que no lance por la borda los factores de legitimidad y gobernabilidad que sintetiza en su persona.

Él no debe renunciar a un éxito político estructurado con el sufrimiento de demasiados bolivianos.

J. RODRÍGUEZ ELIZONDO, escritor chileno. Profesor de Relaciones Internacionales.