Para acojonar al personal y disuadirle de que siga fumando, los nuevos puritanos suelen mostrar dos fotos: una de un pulmón blanco y esponjoso como un recién nacido, y otra de una gaita alquitranada, espachurrada, apestosa, hedionda. La idea está clara: hay que vivir en olor de santidad y entregar el cuerpo tras el postrer suspiro con todo el organigrama virgen. Como si después de la muerte hubiera que devolver los cascos.
Para la inmensa mayoría de estos arzobispos de la nueva era, Dios es el lechero. En realidad ni siquiera creen en Dios, sino en ídolos de pacotilla: la salud, el bien común y gilipolleces por el estilo. Dicen que fumar es de derechas, y los muy ignorantes no se han enterado de que el más grande dictador del siglo, Stalin, no sólo era de izquierdas sino que expulsaba nubecillas de humo de la pipa como si fuesen almas muertas. Los que no fumaban ni un pitillo después de un polvete eran Hitler y Franco, dos puritanos a la antigua usanza, dos cenizos que en su puñetera vida consiguieron disfrutar más allá de joderle la vida al prójimo. Claro que tampoco eran gente de echar un polvete. El primero además era vegetariano estricto y el segundo como si lo fuera. Hay una foto célebre de Hitler acariciando un cervatillo que parece el precursor de Bambi. Un asquito: para quitarse de las verduras de por vida.
Pero la cruzada contra el tabaco no es más que el primer paso de una verdadera yihad de botarates que intenta erradicar todo placer de la faz de la Tierra. Porque si el tabaco fuese tan malo, lo prohibirían de una puñetera vez. Todas las cosas sospechosas de dar gusto a la peña están ya en la lista negra de la Inquisición médica: el alcohol, las carnes rojas y el sexo aguardan su turno.Lo que ocurre es que hay demasiada pasta ahí, desmenuzada en impuestos, como para echarla a perder. Mejor desaconsejar el vicio, como acabarán desaconsejando el dry martini, el chuletón a la brasa, la felación y la lencería de encaje.
El tabaco puede matar a uno y molestar a los demás, pero más molestan y asesinan los coches, el humo de los coches, la contaminación ambiental, el ruido de las obras, la música disco, el bricolaje casero, la mierda televisada, la propaganda electoral, el olor de pies, el fútbol o la publicidad y nos aguantamos. De eso trata la vida en comunidad. Lo que resulta verdaderamente intolerable de la nueva legislación es la intromisión del Estado en la propiedad más íntima de los ciudadanos: su propia vida y su propia salud.
En el tercer milenio, con las sacrosantas excusas de la ecología, la salud y el derecho a la vida, estamos desarrollado guetos y campos de concentración para fumadores: una embustera campaña de limpieza bronquial. Se trata de pasar por la vida de puntillas, sin enterarnos, sin que duela, y de enseñar, a la hora de morir, los pulmones como el himen de las antiguas vírgenes o el cerebro de tantos políticos: intactos.

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