Por sus aniversarios las conoceréis, podría decirse de las instituciones. Ése es, desde luego, el caso ejemplar de la Fundación Juan March, que acaba de conmemorar sus primeros cincuenta años. Porque, en medio de las nuevas tendencias de gastarse toda la pólvora en salvas, la March ha optado, muy en su línea, por una conmemoración tan elegante como austera. Apenas una recepción en su sede, donde colgaban recuperados algunos de los mejores cuadros de las exposiciones ofrecidas durante todos estos años. Una cita a la que habían sido convocados sus antiguos alumnos, amigos y colaboradores. Ministras, ministros y postulantes de diverso colorido que tanto se prodigan en muy variadas cuchipandas, optaron esta vez por ausentarse, con lo cual evitaron desnaturalizar el encuentro.
Al mismo tiempo un libro, al cuidado editorial del científico y académico José Manuel Sánchez Ron, permitía, al hilo de los trabajos y los días de la fundación, un repaso al páramo cultural del que venimos. Asombra, por ejemplo, que con motivo de los premios que llevaron el nombre de Juan March podamos asomarnos aunque sea de puntillas a las vicisitudes de algunos de nuestros mejores. Así, a las de don Ramón Menéndez Pidal, cuyo regreso a España en 1939 quiso obstaculizar el general Jorge Vigón escribiendo en el semanario Domingo sobre la fotografía de una visita de nuestro medievalista al Quinto Regimiento en otoño del 36. Más increíble la lectura del juramento que don Ramón hubo de hacer para confirmar su condición de académico, a base del Ángel Custodio, del Caudillo, del Romano Pontífice y de la Biblia en verso.
Pero, de paso hacia otros asuntos, el libro de Sánchez Ron cuenta también la depuración a que fueron sometidos algunos académicos, como la mayor eminencia de nuestras ciencias físicas, don Blas Cabrera. O la situación de otro físico de fama europea, Arturo Duperier, muerto antes de que el laboratorio cedido por la Universidad de Manchester superara el bloqueo político que lo retuvo inutilizado durante años en la aduana. Al cabo de cincuenta años, con su rendición de cuentas, la Fundación Juan March refleja la distancia recorrida y confirma la necesidad de que las instituciones acaben de avalar esas historias hemipléjicas al uso y nos den una versión completa ahora que ya somos mayorcitos.

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