De las intenciones de Putin está naciendo, o mejor dicho está renaciendo, una superpotencia llamada Rusia. Con el gas y el petróleo en el papel de los arsenales nucleares de antaño. Con el equilibrio de las necesidades en vez del equilibrio del terror. Con la selección flexible de amigos y enemigos en vez de la confrontación abierta entre bloques.
El contencioso entre Moscú y Kiev sobre el precio del gas podría tener repercusiones en aquellos países europeos, que reciben buena parte de sus necesidades energéticas del gasoducto ahora paralizado por voluntad del Kremlin.

Se espera una mediación capaz de desbloquear la crisis. Pero aunque la situación terminase solucionándose, sería miope y peligroso, para todos los europeos y para todo Occidente, contentarse con haber solucionado el problema y renunciar a entender el potente mensaje que procede del Kremlin. Putin eligió el comienzo de 2006, el año en que Rusia ejerce la presidencia del G8, para jugar las cartas que venía preparando desde hace tiempo con la estatalización forzada del sector energético.

Seguro de tener la sartén por el mango, el Kremlin dramatiza voluntariamente el caso ucraniano al servicio de un doble objetivo estratégico. El primero consiste en el intento de restablecer una esfera de influencia rusa en los territorios todavía recuperables de la difunta Unión Soviética. Mientras sostiene que quiere eliminar los precios subvencionados para adecuarse a las reglas del mercado, Putin manda el recado a quien tiene que recibirlo de que las reglas de juego son totalmente diferentes: la fiel Bielorrusia recibe gas casi regalado, mucho más duras son las condiciones para los que se rebelan (Georgia, Moldavia), o para los que se han pasado ya a la otra parte (los Países Bálticos y Polonia).

Y durísima es la línea que va a seguir Moscú con Ucrania. Porque la herida de la revolución naranja de 2004 nunca se curó del todo y porque las elecciones legislativas de marzo podrían ser el primer paso para imponerse en Kiev. Una maniobra con la que Putin corre el riesgo de meterse un gol en propia meta, arrojando definitivamente a Ucrania al campo occidental. Pero el Kremlin prevé algo que está todavía por verificar: que Ucrania no dará ese paso, porque nadie sensato pone en peligro sus propios abastecimientos energéticos.

Aquí interviene el segundo destinatario de la estrategia de Putin: el Occidente europeo. El Kremlin es sincero cuando afirma que quiere mantener con Occidente las mejores relaciones posibles y, de hecho, formalmente no corta su gas. Pero el mensaje que se le grita a Ucrania vale también para los europeos: ¿han visto lo que puedo hacer con mi nuevo petropoder? ¿Recuerdan que soy el primer productor mundial de gas y el segundo de petróleo? Lo que se ha denominado como el «equilibrio de las necesidades» obedece a la misma regla del antaño conocido como «equilibrio del terror»: la disuasión.

Rusia necesita a Occidente, porque sin él no podría integrarse plenamente en la economía globalizada. Occidente necesita a Rusia, porque sin los productos de su subsuelo entraría en crisis energética.Resultado: nadie quiere disparar el primero. Pero, en el futuro, Putin podría coronar su sueño de tener bajo control dos grifos separados, cada uno de los cuales estaría el servicio de una política. De ahí la construcción del gasoducto submarino que llegará a Alemania, saltando Ucrania, con la interesada bendición de Schröder.

En estos momentos, el Occidente europeo puede indignarse o mediar.Es muy probable que, a corto plazo, opte por mediar. Entre otras cosas, porque su dependencia media de los abastecimientos energéticos rusos oscila entre el 25 y el 30% de sus necesidades, y es todavía más alta en Alemania.

Pero hay otra cosa que Europa deberá hacer y que Putin implícitamente le está sugiriendo: ahora que se ve más claro el poder energético de Moscú, ¿será suficiente para hacerla callar respecto a la involución antidemocrática de la Rusia actual?

El G8 de San Petersburgo, en julio, podría ser la prueba de fuego para Putin. Con la pistola del petropoder sobre su mesa, el G8 se convertirá también en la prueba de fuego de Occidente.

Franco Venturini es analista del diario italiano Corriere della Sera.