Del humo del tabaco, que estos días se prohíbe por ley consumir en casi en todos los sitios. Esta ley quedará como ejemplo de cómo una buena intención (la de promover la salud) es capaz de pavimentar con ascuas el camino del infierno.
De humo en forma de cortina, que según el primer columnista de LA NUEVA ESPAÑA (LNE) Javier Neira, extiende el gobierno para ocultar sus fallos en Bruselas. Millones de euros en forma de ayudas que se es-Fuman para siempre, y de donde como siempre los asturianos salimos chamuscados.
De humo en forma de señales de quienes buscan recuperar el pulso, con una serie de leyes que nos someten a una atmósfera prohibicionista irrespirable, como no ha conocido España. Es cuestión de normas y de formas y no de hormas. Normas más suaves, más progresivas y más adaptadas a nuestra mentalidad.
Las explicaciones sobre estos incendios las despacha la Ministra de la rama (perdonen que no me acuerde de su nombre), diciendo que es fácil dejar de fumar. ¡Y tanto!, yo mismo lo he dejado unas veinte veces. De momento..., estoy en abstinencia, por eso sé lo que cuesta dejarlo.
Con esta ley lo que se transforma en humo es la promesa del talante, porque está bien que dejen de existir fumadores pasivos y que se promueva la abstinencia del tabaco, pero, ¿por qué han de tener los presos más derechos que los funcionarios que los cuidan? ¿Por qué no se permiten salas de fumadores allá donde quepa hacerlas?
La razón grabada a fuego es que se quiere inducir a dejar el tabaco a los que lo consumen. Igual que se fuerza a los conductores a salvaguardar su vida, con el empleo forzoso del cinturón de seguridad. ¿Para cuándo una ley que prohíba los postres a los diabéticos o el jamón de Jabugo a los hipertensos o el marisco a los gotosos? O ya puestos a remover la ceniza, ¿para cuándo una ley que prohíba gobernar a los políticos sin formación? Y no estoy hablando de Roldán ni de Montilla ni de aquel ministro que del síndrome tóxico dijo que era un bichito que si se caía de la mesa se mataba.
Del humo se deduce que hay fuego y del rigor legislativo se deduce que el gobernar produce más adición que el fumar, y mira que hay incendios (como el de Guadalajara del que Nunca Mais se supo). Pero no por hacer muchas leyes se respira un aire más puro, y si no que se lo pregunten a los del Estatut, que de tanto articulado como tiene ha dejado mareado a más de un político, bailando la yenka cuando es un zapateado.
Pero fumemos la pipa de la paz con los gobernantes, que la ley en el fondo persigue un buen fin y todo el mundo tiene derecho a intentar un minuto de gloria en los telediarios, y a que la inmensa mayoría de los no-fumadores le agradezcan los espacios sin humo que sin duda se crearán.
Pero a lo que no hay derecho, es indignante y absolutamente injustificable -malos humos aparte- es que se discrimine a los fumadores y no reciban cobertura en la Seguridad Social los tratamientos para dejar de fumar. Los alcohólicos tienen diversos tratamientos cubiertos por el seguro, tratamientos aversivos para evitar su consumo, atenuadores del síndrome de abstinencia, que disminuyen el deseo de consumir, etcétera. Los tóxico-dependientes que lo precisan reciben gratuitamente la metadona y otros tratamientos y en algunos sitios hasta las jeringuillas que utilizan (para prevenir el sida).
Los fumadores en cambio -especie apestada- no tienen incluidos en el seguro, ni los tendrán, ni los parches o chicles de nicotina ni el bupropion que disminuye el deseo de fumar, y en este país donde en algunos sitios es gratuita hasta la píldora del día después, no hay dinero para facilitar que los fumadores lo dejen.
La última columna de humo que veremos (mientras el Gobierno permita la publicidad subliminal, y no nos aplique la ley censura que ya rige en Cataluña) será con toda seguridad la columna de Humo(r) del pitillo que cuelga de la caricatura del último columnista de LNE Javier Cuervo. Desde las generosas páginas de LA NUEVA ESPAÑA, reivindico al menos el derecho a este tipo de humo(r) en libertad, aunque reconozco que es muy peligroso para la salud mental de los liberticidas.
Manuel Bousoño García es psiquiatra.

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