La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

2 Enero 2006

Un apagón personal, de Ramón de España en El Periódico

En este año que ahora empieza se cumple el 50° aniversario de la televisión en España. Para celebrarlo, me he dado de baja como suscriptor de Canal Satélite Digital y no descarto, en un futuro próximo, desconectar la antena y utilizar el televisor exclusivamente como pantalla en la que proyectar mis películas favoritas. De la radio, ese gran catalizador de la calidez humana, no me he vuelto a acordar desde 1962, cuando mis padres adquirieron su primera tele, y mentiría si dijera que la echo de menos: con las burradas que oigo en los taxis voy que chuto. Y la televisión, como casi todo en esta vida, por otra parte, lleva tanto tiempo poniendo en evidencia el desnivel entre las posibilidades que ofrece y el uso que se hace de ella que, francamente, si después del apagón analógico viene el digital, tampoco pasará nada.

Soy consciente de que estos planes redentores entrañan peligros. Un día dejas de ver la tele; otro, te quitas de los periódicos; luego, dejas de votar; y, a la que te descuidas, acabas anunciando el apocalipsis por las calles de tu ciudad y dejas de lavarte porque los extraterrestres intentan entrar en tu mente a través del agua de la ducha. Sé que sería más razonable empezar el año dejando de fumar, pero entre lo pelmazas que son las campañas antitabaco y lo bueno que está ese nuevo Lucky Strike que acaban de sacar, creo que lo dejaré para más adelante. Lo de la tele es más urgente. La despedida, no lo niego, tiene algo de triste, como cuando te separas de una mujer a la que has querido mucho o te empieza a dar grima una ciudad a la que solías viajar con alegría, pero creo que la tele se ha pasado mucho conmigo. Durante el franquismo fue un elemento de propaganda digno de Goebbels. Con la democracia, la manipulación, en vez de desaparecer, se transformó, y la televisión pública se dedicó a ejercer de portavoz de la derecha o de la izquierda, dependiendo de quien había ganado las elecciones. Gracias a TV-3 pudimos ser manipulados en nuestra propia lengua durante 25 años, hasta que llegó el cambio político y, caso único en la historia, todo siguió igual.

Las televisiones privadas, en las que tantas ilusiones habíamos puesto, se dedicaron a pelear por la audiencia con las armas más zafias a su alcance, consiguiendo además que las públicas las imitasen. La televisión de pago prometió calidad de la buena, pero seguimos sin poder ver todas esas series y películas que acabamos comprando en Amazon.com porque nadie tiene a bien emitirlas. ¿Últimas aportaciones a la pluralidad? Dos canales otorgados a dedo por el gobierno a sus leales.

Ante este panorama, y teniendo en cuenta que ver la tele más de dos horas al día es peligroso para la salud, ¿no resulta de lo más razonable ver uno lo que quiere a la hora que quiere? El DVD es un gran invento. Y las pantallas de plasma y de cristal líquido son una maravilla. La alternativa son informativos manipulados, concursos envilecedores, humoristas sin gracia, películas que ya has visto y series a las que no hay quien se enganche.
Así es, al menos, como yo lo veo. Pero igual es mejor que no me hagan mucho caso: llevo tres días sin ducharme, tengo fundadas sospechas de que mi vecina es originaria de Raticulín (ya saben, donde el hermano del vidente Carlos Jesús trabaja como mecánico de ovnis) y soy una de las dos personas en este planeta que conocen la fecha exacta del fin del mundo (la otra es José Luis Moreno). Si no se la digo es para que vivan felices el tiempo que les queda.

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