Las señales que llegan de la negociación del Estatut indican, por ahora, dos realidades tozudas. Primera: el Estatut que el PSOE puede digerir está a años luz del proyecto que salió del Parlament. Segunda: el PSOE no dejará que esta vez las carambolas permitan un gol de CiU, como pasó en la negociación catalana. Así las cosas, Artur Mas deberá escoger (como siempre que la política va en serio) entre dos males. O la decepción que sobrevendrá (en el mundo más o menos catalanista) por dar apoyo a un Estatut de filfa o la decepción que sobrevendrá (entre catalanistas, indiferentes y presuntos amigos) si CiU se inclina por la retirada del proyecto estatutario. Hay que adivinar el mal menor.

Sobre Mas pesan mucho sus palabras recientes sobre la eventual presencia, algún día, de ministros de CiU en un gobierno central. Y pesa mucho, también, la oleada de elogios inflamados que los comentaristas de obediencia socialista le dedican en papeles de Barcelona, Madrid y provincias. Para acabar de complicar las cosas, CiU ha dejado alimentar hipótesis coloristas sobre una nueva sociovergència y un gran feeling del líder con Zapatero, sin contar con que Pérez Rubalcaba conoce muy bien las rótulas débiles del equipo de Duran Lleida en Madrid. Pero Mas, con el tiempo, ha ganado misterio, y ni los suyos acaban de saber a ciencia cierta de qué lado caerá finalmente la tostada. La opacidad es ventaja.

Cuando Mas adivine el mal menor por su cuenta (no el que le dicten aquellos que en la época de Pujol nunca arriesgaron ni un pelo), la negociación del Estatut estará vista para sentencia. El líder de CiU, que ya no es para nada aquel personaje del que narramos su trabajosa construcción, se fiará solamente de su olfato. Aquí no valen brújulas ni recomendaciones paternales de despachos de abogados. Aquí no vale auscultar la ansiedad de ERC ni contemplar espejitos vascos. Mas se jugará el cuello porque no tiene más remedio. Yde esta partida dependerá que CiU y el catalanismo político sean de nuevo creíbles y puedan pedir, luego, los votos para su proyecto. En la negociación del Estatut, Mas se reinventa, por fuerza, el mensaje de CiU. Tanto si apoya un Estatut tramposo e impresentable como si opta por la retirada del proyecto y aguantar el chaparrón.

Enric Juliana ha escrito que "la gran mayoría desea un pacto razonable". ¿Quién dirá lo razonable del pacto? ¿Quién dirá lo que es la gran mayoría? El PSOE y el PP cuentan con todas las máquinas de decir lo que es razonable y lo que es la gran mayoría. Esto es la hegemonía y lo demás son cuentos. Tras 23 años en el poder, CiU confía únicamente en el olfato de un hombre tranquilo.