Un aniversario que, sorprendentemente, no va a traer cola este año que empieza es el del intento de golpe de Estado que algunos mandos del Ejército español dieron el 23 de febrero de 1981.Y es sorprendente el aparente desinterés mostrado hasta el momento por el acontecimiento porque ese intento frustado de golpe pudo dar un vuelco bestial a la vida diaria y efectiva de los españoles de hoy.
No estamos, pues, ante la recuperación de episodios ya cerrados y susceptibles de debates académicos e ideológicos, como la Guerra Civil, sino ante un hecho del que aún queda mucho por desvelar, y que deberíamos recordar con frecuencia. Aunque solamente sea porque nos permite calibrar lo joven y frágil que ha sido durante muchos años la democracia que hoy disfrutamos como si siempre hubiera existido en nuestro país.
El caso es que a las seis de la tarde de un 23 de febrero, pronto hará 25 años, el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero al mando de más de un centenar de guardias, tomaba al asalto el Congreso de los Diputados, reunido en ese momento en sesión plenaria para votar la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo como nuevo presidente del Gobierno, tras la dimisión, en los últimos días de enero, de Adolfo Suárez.
La intervención del Rey; la negativa del resto de los capitanes generales a secundar el asalto de Tejero y el levantamiento protagonizado por el teniente general Milans del Bosch en Valencia; la enorme serenidad demostrada por las fuerzas sindicales; la posición clarísima de los medios de comunicación y la apuesta decidida de los españoles por la libertad, nos hizo más fuertes desde entonces.
Pero no inmunes.

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