La cuesta de enero se plantea empinada, como siempre. Porque a la inflación de diciembre, de la que hemos conocido sus vientos adelantados que la sitúan en el 3,8%, 1,4 por encima de la media europea, se le unirá la de enero tras los estiramientos de piel sufridos en los precios del tabaco, la luz, el gas, los transportes y lo que ha quedado aparcado para el verano con más luz, más gas, las cuotas de telefónica y lo que venga.
Además de este impuesto de los pobres -que crece a un ritmo incluso superior al de la rentabilidad por dividendo que ofrecen las empresas del Ibex-, se suma el que este año 2006 puede convertirse en otro quebradero de cabeza nacional. Por supuesto que la rentabilidad de los fondos monetarios, de la deuda pública o de otros muchos activos vagos, pasivos y que están en el mercado (porque tiene que haber de todo en la viña del Señor, incluso quien los compra) no resiste la comparación con nuestros datos de inflación, que tienen el honor de ser los más altos de Europa.
De ahí que nuestra competitividad se achique ante la marcha de nuestros socios europeos porque, simplemente, vendemos más caro. Aunque, precisamente por eso, si a algún país de la zona le viene bien que suban los tipos de interés, ése es España. Y no siempre lo que le viene bien a un país le viene bien a sus ciudadanos, sobre todo si éstos, como nosotros, están endeudados hasta las cejas, por encima de los 100 billones de las antiguas pesetas. Qué pasada.
Las revisiones de las cuotas hipotecarias obligarán a pagar hasta medio punto más al 97% de los hipotecados, todos ellos a tipo variable, a partir de ya. El Euribor está en el 2,78%, su nivel más alto en tres años.
La subida se ha producido simplemente con los avisos del Banco Central Europeo, que el 1 de diciembre disparó su primera salva directa a la cuota de nuestras hipotecas y podría seguir así este año hasta el 3 y el 3,5% que plantean los más pesimistas si, como todo parece indicar, Alemania empieza a tirar. El BCE tiene la difícil tarea de controlar la inflación y no ahorcar el crecimiento económico. A las amenazas del crudo se suman ahora la del gas ruso-ucraniano y otras tantas que nos pueden traer por la calle de la amargura.
En los próximos meses, resultará lógico que veamos unos menores crecimientos del crédito hipotecario, algo de morosidad y una leve ralentización de la venta de viviendas y los precios, aunque esto es algo que se espera desde hace meses, por no decir años, y no viene. Las últimas cifras de septiembre de crédito hipotecario vuelven a ser impresionantes, con crecimientos de hasta el 27% en los importes medios, explicativos de una realidad inmobiliaria burbujeante y de difícil sostenibilidad.
En cualquier caso, es difícil sujetar la inflación con los principales sectores regulados pidiéndole al Gobierno árnica cada vez que resulta necesario, y mucho más con un Ejecutivo que necesita ingresar más y más a la vista de los compromisos cercanos y venideros en el ámbito político y de la financiación autonómica. Sin duda, la economía va bien, pero los desequilibrios se ahondan y expanden con ribetes que empiezan a ser peligrosos en el ámbito exterior y de la inflación. Si, además, como decimos, se cumplen los peores vaticinios de tipos más altos, seguramente tendremos un 2006 que dejará huella en los bolsillos y en los mercados porque tasas de IPC así de boyantes son un obstáculo para la actividad inversora en los mercados.

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