El escritor norteamericano Philip Roth (Newark, Nueva Jersey, 1933) novela en su última obra, La conjura contra América, cómo habría sido la historia de Estados Unidos si, en las elecciones presidenciales de 1940, el héroe nacional Charles A. Lindberg, el primer hombre que voló en solitario de Nueva York a París en 1927 a bordo del Spirit of Sant Louis, le hubiera disputado la presidencia al demócrata Franklin D. Roosvelt, que, en realidad, logró en aquellos comicios su tercer mandato presidencial. Roth no eligió a Lindberg por casualidad. Hijo de un congresista norteamericano emigrado desde Suecia y firme opositor a la entrada de EEUU en la Primera Guerra Mundial, Lindberg seguiría los pasos de su padre en la Segunda Guerra Mundial. En 1939 regresó de Europa, donde se había trasladado tras el secuestro y asesinato de su hijo de 19 meses a manos de un inmigrante alemán, Bruno Hauptmann, uno de los crímenes más célebres de la crónica negra estadounidense.Tras su vuelta a EEUU, Lindberg dedicó todas sus energías a realizar una intensa campaña contra la intervención estadounidense en la guerra contra Hitler, lo que le valdría ser tildado de filonazi en su país.
Según el relato de Roth, la victoria de un Lindberg germanófilo y antisemita sin matices sobre Roosvelt -en realidad éste ganó las elecciones de 1940 y las de 1944-, habría resultado relativamente fácil. Su figura heroica, frente al enfermizo Roosvelt, víctima de la poliomielitis, y su apelación al aislacionismo le convertían en un candidato con muchas más posibilidades de las que le otorgaban los demócratas. Sólo su militancia pro nazi le convertía en un candidato sospechoso ante el electorado republicano de centro y políticamente correcto. Sin embargo, Roth, le concede un ardid de última hora que le otorgará la victoria: en el último acto electoral previo a los comicios, un popular rabino, Lionel Bengelsdorf, pide el voto para Lindberg, apelando a la nacionalidad estadounidense de los judíos norteamericanos. El truco no otorgará voto judío alguno al candidato aislacionista, pero, como dice Roth, «le legitima ante los gentiles» y le permite imponerse a Roosvelt.
¿Sería posible recrear una conjura contra Cataluña al estilo de la escrita por Roth para los judíos de Estados Unidos? Probablemente, pero no habría que retrotraerse a 1940. Bastaría con retroceder al 14 de marzo de 2000 y cambiar sólo algunos gestos y actitudes para que los casi dos años transcurridos desde entonces se hubieran desarrollado de manera sustancialmente distinta. Todos los sondeos otorgaban al PP en los días previos a la tragedia del 11 de marzo de 2004 una victoria electoral, aunque no la mayoría absoluta.La reacción popular ante la actitud del Gobierno de José María Aznar de intentar obtener rendimientos electorales de los atentados manipulando la información y señalando a ETA, cuando desde el mismo 11-M todo apuntaba a la pista islamista. Es muy posible que una comparecencia del presidente del Gobierno en la que hubiera admitido que, aunque no descartaba línea de investigación alguna, todo apuntaba a la yihad internacional y hubiera hecho un llamamiento a la unidad para acabar con esa lacra que, por primera vez, y de manera tan cruel había golpeado a los españoles, Mariano Rajoy habría estado muy cerca de revalidar la mayoría absoluta.
Una victoria tras la tragedia que habría legitimado a un Ejecutivo que ya había empezado a dar muestras sobradas de una deriva reaccionaria digna de ser temida para aprobar una serie de medidas contra el terrorismo de cualquier signo que podrían haber supuesto un recorte de las libertades. La victoria tras la masacre también habría legitimado a un Gabinete presidido por Rajoy pero liderado en la práctica por Angel Acebes para proceder contra el nacionalismo vasco, objetivo declarado de los últimos compases del segundo Gobierno Aznar. Los dirigentes populares ya tenían en mente encarcelar al lehendakari Ibarretxe y suspender la autonomía vasca si el Ejecutivo de Ajuria Enea convocaba un referéndum sobre la reforma del Estatuto vasco.
Y, en el caso de Cataluña, ¿qué habría ocurrido y quiénes habrían sido los aliados del PP? Sin duda, el proyecto de reforma del Estatut habría cumplido la misión para la que había sido diseñado: poner en evidencia que el Gobierno del PP se había instalado en el conservadurismo más ultramontano, rayano en el neofranquismo para que el tripartito instalado en la Generalitat pudiera rentabilizar su oposición a la ultraderecha sin necesidad de desgastarse en la obra de gobierno. Todos los fracasos serían atribuibles a la manifiesta hostilidad del Gobierno de Madrid hacia Cataluña.No habría habido Estatut.
Pero, ¿se habría detenido ahí un PP legitimado para cortar las alas a cualquier intento de amenazar la unidad de España? Vista la conducta de la dirección popular durante los últimos cinco años, cabe pensar que no. En el caso de Cataluña, el papel del rabino Bengelsdorf, sin embargo, lo había empezado a desempeñar Carod-Rovira. Su encuentro con la dirección de ETA en enero de 2004 ya habría legitimado a un Gobierno del PP ante el resto de España para extender sus actuaciones contra los partidos vascos y contra la Lehendakaritza a los partidos catalanes, en especial Esquerra Republicana, y a la Generalitat. De la misma manera que su llamada hace algo más de un año a los catalanes a que boicotearan la candidatura olímpica de Madrid 2012 abrió la puerta para que los descerebrados del resto de España pudieran iniciar su particular campaña contra los productos catalanes y los propios ciudadanos de Cataluña. Sin duda, su popularidad en Cataluña sería ahora muy superior a la que es, pero ¿a qué precio?

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