Sería interesante escribir una sociología de la cola, en general. Hay sociedades donde hacer cola es un ritual obligatorio; recuerdo, por ejemplo, la Rusia soviética, donde la cola era algo tan directamente vinculado a la vida que era difícil separarla. ¿Y qué decir de Cuba, donde incluso se ha creado una profesión, la de colero, que habilita sobre todo a ancianos y niños con voluntad de ganarse un sobresueldo en especies? Nadie que yo sepa ha calculado cuánto pierden las sociedades en colas, cuántas horas le dedica una familia cubana actual a las colas. ¿Y una española? Una sociedad avanzada, en principio, es la que ha reducido las colas a su mínima expresión. Las colas en los centros de la Seguridad Social, las colas para operarse, las colas para hacer tal o cual cosa. La contemporaneidad ha impuesto una palabra que revela el carácter desvergonzado de la sociedad en que vivimos. Ya no se dice hacer cola,es una vulgaridad, sino estar en lista de espera,que es mucho más fino y le da a uno la impresión de no caer en la despreciada masificación. Las masas hacen cola, las personas están en lista de espera.
Pero hay actividades que todavía exigen la cola. La masificación y la economía las hacen imprescindibles.
Colas para comprar en horas punta, colas para entrar en las ciudades y colas para sacar entradas de un partido de fútbol o un concierto de rock. La aparición de la cola en la cultura es reciente, de las últimas décadas, y está vinculado como es lógico, a los momentos de coincidencia entre la alta cultura y el espectáculo. Una ópera con cantantes popularísimos, por ejemplo. Un concierto de alguna gran figura internacional. Yel asunto resulta muy interesante porque no se refiere estrictamente a la propia cultura, sino a una cuestión económica muy obvia: cuando la demanda es mucho más fuerte que la oferta, lo cual convierte a la alta cultura en un suculento negocio. Un negocio con riesgos notables, todo hay que decirlo, porque el carácter frágil de la alta cultura en general la hace poco susceptible de seguridades y las partes inversoras exigen tal cantidad de garantías que si la gente estuviera al cabo de la calle se quedaría perpleja. Un director de cine, a partir de determinada edad, tiene muchas dificultades para hacer filmes de gran presupuesto porque las casas aseguradoras le fríen con condiciones leoninas ante la eventualidad de un achaque. Si el visitante supiera lo que cuesta una gran exposición y la cantidad de elementos que participan en ella y que viven de eso, se sorprendería. Y aún más si se enteraran de cómo el mecenazgo y la esponsorización no son sino formas de negocio, tanto en relación con la Hacienda Pública como con la publicidad.
No nos salimos del asunto, porque la cola es fundamental para garantizar el éxito de una gran operación cultural, y lo es hasta tal punto que no es el éxito lo que provoca la cola, sino la cola la que facilita el éxito. Un espectáculo cultural debe crear el ansia de no perderse la ocasión donde tanta gente es capaz de invertir un tiempo impresionante con tal de presenciarlo. Si usted entrara en un museo donde apenas hay gente y hubiera de moverse con absoluta comodidad y autonomía, eso sería señal de que no se está perdiendo nada que no pueda ver otro día, o en otra ocasión o más adelante, pero si las dificultades para ejercer de espectador son grandes, cuanto antes las abordemos será señal de que nuestro interés por la alta cultura es mayor. Y así lo haremos constar cada vez que podamos explicar nuestro interés inequívoco por la cultura. ¿Quién no ha visto la gran exposición de uno de los grandes pintores? ¿Quién no manifiesta su orgullo de aquella vez que escuchó en vivo y en directo a la Callas o a la Tebaldi?
Los periodistas apenas saben de colas. Lo que les cuentan, porque para nosotros es facilísimos saltarnos las colas; sabemos cómo obtener pases de favor y quizá eso es lo que explica nuestro escaso interés hacia esas manifestaciones. Una fotografía y unas líneas que conforman el pie; lo que se llaman notas de ambiente. Quizá por eso me interesó más la vivencia de una cola. Se trataba de visitar la exposición Viena, 1900. Klimt, Schiele, Moser, Kokoschka en el Grand Palais parisino. Casi dos horas de espera al aire libre en el duro invierno de París, chispeaba agua nieve mientras una pacientísima cola se manifestaba en sus peculiaridades societarias - iba a escribir nacionales y me he contenido para evitar malentendidos-. Toda la gente de mi alrededor que esperaba eran franceses nativos y blancos; sólo los de seguridad y empleados subalternos eran en su mayoría negros o mulatos, es decir, nativos procedentes de las colonias. Me atrevería a decir con absoluta seguridad que no hay dos países con colas iguales aunque sean para las mismas cosas, o lo que es lo mismo, una cola de dos horas a la intemperie invernal en Barcelona o Madrid, tan parecidas en esto, no sería lo mismo que ésta de París, en la que hay niños, bastantes, lo que quizá se explique porque tienen vacaciones de Navidad, pero confieso mi sorpresa por su aguante y la ausencia de cualquier manifestación de descontento verbal o gestual; les guste o no, aguantan impasibles mientras hablan los mayores. (Para evitar interpretaciones sesgadas y metafóricas, voy a ser clarito y en primera persona: si yo hubiera intentado llevar a mis hijos, cuando eran pequeños, a cualquier manifestación de este tipo, independientemente de las horas, el frío y demás, hubiera sido un fiasco por multitud de razones, no sólo achacables a ellos y a mí: lo hubieran considerado una imposición de carácter autoritario y elitista, contraria a una educación lúdica, popular y libre). En otra ocasión volveré sobre ello y con mayor brío, paraque se entienda el espanto que me da lo que se avecina.Las manifestaciones culturales masivas tienen algo de misa colectiva, de acto religioso donde un grupo muy numeroso, que sería estúpido denominar masas o multitudes, se acerca al arte con una actitud reverente, piadosa, de pecador reiterado que pretende redimirse en un día de los muchos pecados mortales contra la inteligencia. Esto le hace en cierto modo un flagelante risueño, porque asume lo que sería un castigo improcedente - contemplar cuadros en lotes de cincuenta espectadores por tela- como si se tratara de algo beneficioso y útil y participativo. Si además sumamos el hecho de alquilarse una especie de profesor particular de arte bajo la forma de aparato audífono que marcando un número le dará datos básicos del cuadro numerado, estamos ante una sesión si no catártica, al menos iniciática en la alta cultura. No lo digo con el más mínimo desdén, ni desprecio, sino con cierta admiración, porque una voluntad así, capaz de sufrir y gozar al tiempo, podría ser de mayor utilidad social, y ojalá abundaran, por más que podrían conseguir parecidos efectos sin tan grandes esfuerzos esporádicos.
Un día habría que reflexionar sobre la fascinación que ejerce sobre el consumidor actual de cultura la Viena, 1900,ese periodo del imperio austriaco que terminó en 1918 y en el que despuntaron gentes tan diversas como Kraus, Musil, Kafka, Freud y tantos otros. En la pintura, siento una especial atracción por la figura de Egon Schiele, una fascinación cada vez mayor. Conforme mi interés por Klimt se reduce, mi admiración por Kokoschka se atenúa y no me produce ni frío ni calor la obra de Moser, soy capaz sin embargo de hacer muchos kilómetros para encontrarme con Egon Schiele, e incluso soportar colas a la intemperie. Al tratarse de un exposición en París, que terminará a finales de enero, prefiero hacer humilde sociología del espectáculo cultural que referirme a un evento que no será fácil que alguien pueda ver si no lo ha hecho ya.
Vivió sólo 28 años y su obra, cada vez que me acerco a ella, me confirma más en mi admiración ilimitada. Tildado de pornógrafo por la misma sociedad que hoy programa como canónico su temerario expresionismo de colores vivos, Schiele hizo del Arte, con mayúsculas, su religión. Vivió para él, exclusivamente, hasta que una gripe, por mal nombre española,se lo llevó en 1918, al igual que a su esposa, al imperio austrohúngaro y a su veterano maestro y amigo Klimt. Hace diez años la March, en Madrid, exhibió una exposición similar, aunque mucho más modesta que esta de París. Bastarían los dibujos y grabados de Schiele, sus paisajes de espectacular belleza sombría y, sobre todo, los autorretratos para asumir que si la condición para llegar a ellos es flagelarnos durante un buen rato en el París invernal, habría que pagar ese peaje. Me atrevería a decir que este hombre que pasó 21 días de prisión por un delito contra la moral, comprensible más bien como castigo de los bienpensantes, policías y críticos de arte, creó a partir de ese año cenital de 1912 y hasta su muerte una de las obras más fascinantes del arte en el siglo XX. Creo que pocos como él lograron hacer de todo lo que tocaron un inmenso y bello sufrimiento, volviendo a repetir esa idea secular de que el dolor se hace arte en las épocas de barbarie. Schiele lo hizo del sexo, del paisaje, de cuatro castaños, de la bella ciudad de Krumau junto al Moldava, incluso de sus mujeres, convertidas en soberbias figuras del dolor y del placer.
Uno de sus íntimos amigos, el crítico de arte Arthur Roessler, puso en su boca una reflexión imposible de ejecutar, pero de seguro muy pedagógica: "Todo cambiaría si se metiera en chirona un día, un solo día, a todos los diputados". El pasó veintiuno y salió hecho el gran creador que hizo la obra quizá más brillante y rompedora de toda su generación vienesa.

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