EL categórico triunfo de Evo Morales ha hecho correr ríos de tinta tanto dentro como fuera de Bolivia. Entre los titulares de la prensa mundial destacan dos mensajes: «Un indígena presidente» y los nexos entre el nuevo presidente y los comandantes Fidel Castro y Hugo Chávez. La suma de estas ideas conduce al meollo de la mayoría de los análisis y los temores sobre América Latina, una región que se encontraría al borde del colapso y atenazada por la explosiva combinación de indigenismo y populismo. En la misma línea van algunas encuestas que hablan en Perú del crecimiento en las encuestas del etnocacerista Ollanta Humala. Ante esta situación podemos quedarnos en la mera denuncia o intentar entender las razones y las contradicciones de los procesos que comentamos.

Si bien muchas noticias que llegan de América Latina no son esperanzadoras, se necesita un balance ponderado, comenzando por recordar que estos fenómenos requieren la aquiescencia de las elites nacionales (económicas, sociales, políticas y culturales). Esto pasó con Lula y también con Evo Morales. Su candidatura obtuvo el 53,7 por ciento de los votos, un respaldo electoral muy superior al de su partido, el Movimiento al Socialismo (MAS), en las elecciones legislativas y regionales. Buena parte de la clase media acomodada votó por Morales para acabar con la inestabilidad política y social. Votar por Morales era votar para acabar con los cortes de carreteras y la protesta social, que en los años últimos había tumbado a dos presidentes y complicado la gobernabilidad. Para muchos era asumible llevar un «indio» a la presidencia si se recuperaba el orden.

Desde la vuelta de la democracia, los partidos y las principales instituciones políticas, como el Parlamento y el Poder Judicial, habían caído en el descrédito. Si a eso sumamos la corrupción política se entiende lo desolador del panorama y que el voto por Morales fuera también un voto de castigo contra los partidos «tradicionales», impedidos de afrontar los mayores problemas del país. Bolivia es la nación más pobre de América del Sur, con un producto per cápita de 960 dólares anuales; más de la mitad de la población (cerca del 80 por ciento en las zonas rurales) vive bajo la línea de pobreza y numerosos indígenas (la mayor parte de la población) y mestizos, especialmente los campesinos, tienen una posición marginal en la sociedad y en el sistema político.

Morales ganó porque durante la campaña supo negociar con distintos grupos y actores políticos, aunque sabemos poco de su resultado. Su reciente viaje a Santa Cruz, donde se reunió con el poderoso Comité Cívico local y reconoció el valor de la autonomía y garantizó la continuidad del proyecto minero de El Mutún, refleja su voluntad de diálogo y también la de todos los bolivianos. Como Morales resultó electo con el voto de los movimientos sociales que lo respaldaban y con el apoyo de muchos moderados, habrá que ver con quién y para quién gobernará. Y si estuvo en Santa Cruz, también fue al Chapare para anunciar el fin de la política de «coca cero», y al Alto, a negociar con los líderes vecinales y sindicales, algunos de los cuales amenazan movilizaciones en tres meses si no se responde a sus demandas. El MAS no es un partido disciplinado, carece de experiencia de gobierno y de los cuadros suficientes para gobernar el país, por eso Morales conoce su debilidad y sabe que la movilización social puede golpearlo.

Las dudas y las contradicciones permanecen. Ni los gestos ni las declaraciones de Evo Morales y de su vicepresidente, Álvaro García Linera, tranquilizan a la opinión pública. Como prólogo de la gira internacional que comenzará en España el próximo 4 de enero (y que incluye a Francia, Bélgica, China, Sudáfrica y Brasil), Morales viajó primero a La Habana a saludar a uno de sus mentores, Fidel Castro. Antes de volver a Bolivia a pasar la noche vieja, el presidente electo lanzó sus dardos antiimperialistas y antiglobalizadores y responsabilizó a Georges W. Bush de todos los males del mundo. La gira debe terminar el 13 en Brasil, uno de los mayores inversionistas en Bolivia. Su encuentro con Lula es importante por el ascendiente y el carácter moderador que el mandatario brasileño pueda tener sobre Morales. Pero ahí espera ver no sólo a Lula, sino también a los presidentes Kirchner y Chávez.

Evo Morales y García Linera manejan un lenguaje propio de los años setenta, cuando buena parte de la izquierda latinoamericana llamaba a la revolución y la lucha armada. De ahí su oposición frontal a la globalización y al neoliberalismo, su intención de revertir las privatizaciones y su agresiva política nacionalista, y nacionalizadora, en materia de hidrocarburos. El camino no está despejado. Para aprobar las leyes más importantes, Morales requiere de mayorías parlamentarias de dos tercios, que el MAS no tiene.

¿Gobernará de un modo y hablará de otro o su discurso será coherente con sus actos? ¿Caerá en la tentación de gobernar por decreto, aumentando las tendencias autoritarias, y seguirá el modelo de Chávez de utilizar la Asamblea Constituyente (que deberá elegirse en 2006) para redactar una Constitución a su imagen y semejanza? No se sabe todavía. Cabe la posibilidad de que opte por mantenerse dentro de la senda institucional. De su decisión y de la respuesta del pueblo boliviano dependerá el porvenir de su país. De todas formas, deberemos irnos acostumbrando en el futuro próximo a los excesos verbales, y no sólo, de algunos gobernantes de la región.

CARLOS MALAMUD. Investigador principal para América Latina del Real Instituto Elcano.