Me gustaría que este último artículo del 2005 y primero del 2006 fuera un canto liberal a favor de los fumadores perseguidos, marginados y criminalizados por la nueva legislación antitabaco. Me gustaría escribir en defensa de la minoría fumadora, lo cual tendría el mérito añadido de la solidaridad altruista, pues quien firma no ha fumado nunca. Me gustaría glosar la libertad de fumar como gesto de resistencia frente a una sociedad neurotizada por la higiene, la salud, la seguridad y los buenos hábitos corporales y mentales. Me gustaría pero no puedo. Porque celebro la implantación de una ley que me protegerá (supongo) contra decenas de desaprensivos que, durante años, me han castigado con la peste de su humo a la hora de los desayunos, almuerzos, cenas y noches de fiesta. Y contra decenas de desaprensivos que han permitido que el legítimo placer de unos se convierta en el perjuicio de muchos. La minoría fumadora, hasta ahora, ha impuesto su ley en las zonas comunes y los no fumadores hemos estado al albur de la buena educación y de la generosidad del interfecto con pitillo. Por fin, la ley ampara a la mayoría.
De la ley y de su campaña de implantación me sobra la apelación higienista y el trato paternal hacia los pobres fumadores. Si alguien quiere matarse fumando, que lo haga. Todos nos matamos de una forma u otra. Yo tengo amigos no fumadores que se dedican a lanzarse por los puentes más altos de la geografía catalana. Y amigos, también no fumadores, que circulan cada domingo por la tarde por las carreteras más infames de nuestro país. Incluso conozco a gente, fumadora o no, que se traga, día tras día, los programas televisivos de tarde. Así que, a pesar de estadísticas muy serias que remarcan las graves enfermedades que nacen del tabaquismo, lo más importante de la ley es que defiende la libertad de la mayoría castigada por la costumbre invasiva de la minoría. Una costumbre que, además de ser molesta, es también perjudicial para los receptores pasivos. Yel fumador, que además de serlo tiene raciocinio, ya gestionará como pueda su dependencia. ¿Acaso no hay trabajadores que pedirían minutos de pausa para tomar más cafés, llamar por teléfono o mirar el culebrón? ¿Es más importante una caladita que todo lo demás?
Después de la ley contra el tabaco, propongo leyes sobre otras materias. Por ejemplo, una ley contra la omnipresente música ambiental. Hay piezas que son muchísimo peores que el humo de un cigarrillo en el café con leche mañanero. En este sentido, siempre será ejemplar la crueldad del programador musical de Renfe cercanías. A él y a todos ustedes, feliz año.

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