Como se acaba el 2005, me propuse hablar con Juan Marsé sobre un resumen del año cultural. Le llamé para invitarle a tomar una copa a bordo del Titanic. "Para eso podíamos quedar en el Boadas", dijo. Como lo del barco era una mera metáfora, allí nos vimos. Llegué con el frío cortando mis orejas y una fotocopia en el bolsillo. Una reliquia de hemeroteca. El País, 14.04.1982. Titular: Barcelona es el 'Titanic', por Félix de Azúa. Aquel artículo levantó ampollas entre las élites culturales y en los despachos de la Administración catalana de la época. Partía de una anécdota. La excursión de "distinguidos intelectuales y artistas catalanes" que habían alquilado un autobús para ir a Madrid, a una exposición del pintor barcelonés Xavier Valls, "como si fueran hinchas del Hércules".

"Y es que ya todo pasa en Madrid", ironizaba Azúa dando sus razones: "La política cultural catalana, en vez de estar en manos de José María Castellet, que es el hombre sabio, está en manos de unos ferósicos embarretinados". Se refería a los nacionalistas de CiU, que en aquel tiempo, y durante mucho más, ostentaron el poder acá. Aunque en el Ayuntamiento de Barcelona regía Maragall. Y Azúa: "El caso es que Barcelona está yéndose a pique". Ignoro si el autor mantiene su opinión, pero hace mucho que en Madrid tampoco pasa gran cosa.

Le mostré el recorte. Marsé arrugó su cara, con gesto de decir cuánta agua ha pasado bajo el puente. Con mirada de pensar que desde entonces no hemos ido a mejor. Pero no dijo nada. Yo buscaba en él un cómplice de mis tesis, cuando en realidad, Marsé era ejemplo, sin querer y por partida doble, de lo que ha dado de sí, o de no, la cosecha cultural. En un caso, por sus declaraciones sobre la mediocridad literaria del último Premio Planeta, siendo él mismo miembro del jurado. Hizo bien, aunque la crema literaria catalana entrase en pasmo ante el caracter incendiario del suceso. Lo había apuntado Azúa, en su célebre artículo, por boca de otro autor de casa nostra: "Ya lo advertía Eugeni D'Ors: 'A los catalanes nos perderá la estética'. No nos importa el contenido, sólo la forma. No nos importa lo que se diga, sólo cómo se diga". O sea que el tremendismo de Marsé, su imprevista denuncia, su mensaje contundente, le descalificaba por maleducado, desagradecido y revientaeventos. Se echó de menos cierta tolerancia hacia lo que el mejor narrador en castellano, vivo y en ejercicio, entiende por literatura.

DEL SEGUNDO asunto, Marsé fue sujeto pasivo y tiene mucho que ver con mi apreciación de cinco líneas más arriba (Marsé es el mejor narrador..., etcétera). Pero la cultura oficial vive en el reino del pasteleo. Para un reconocimiento público, más allá de las obras, lo mejor es tontear con el poder. Como Marsé carece de esa útil cualidad, volvió a quedarse a las puertas del Premio Cervantes. La excusa de este año no es de recibo, sin ánimo de desmerecer al notable Sergio Pitol. Pero si existe un pacto de alternancia entre premiados españoles y suramericanos, es absurdo que el jurado acepte candidatos con la certeza de que no saldrán elegidos por razón de su origen.

Marsé cumplirá los 73 dentro de unos días, y 40 sus Últimas tardes con Teresa. Pero entre quienes suponen vida eterna al páter del Pijoaparte y los que sostienen que un escritor catalán es sólo aquel que escribe en esa lengua, pocos esfuerzos se hacen desde aquí por elevar a este autor catalán al Parnaso de Alcalá de Henares. Al menos irá a la Feria de Fráncfort del 2007. El gran triunfo de la Generalitat este año ha sido que la cultura catalana sea la estrella invitada anual en esa importante cita. Aunque hasta ahora, nos hemos dado más prisa en definir la genética del burro catalán que la pragmática sobre los escritores catalanes. Elegante, Marsé no entró al trapo cervantino. Yo seguía repasando lo que le dio la cultura oficial a esta ciudad en un año de empacho quijotesco.

Salvo el prodigio de escuchar en directo a Paolo Conte, o la frescura del Serrat más íntimo, las noches del Grec tuvieron la misma intensidad emocional que provoca la contemplación urbana desde una terraza de verano. El Año del Libro dejó el mal sabor de su lema: Más libros, más libres (¿Más o mejores, calidad o cantidad?), rimando con la frase de D'Ors antes citada. Los Dagoll Dagom sacaron del baúl de los recuerdos sus viejos musicales sin asumir riesgos. Y para músicas, las del Liceu. Su nueva directora general reconoció un déficit de 10,5 millones de euros en tres ejercicios. Como no existen malos gestores, jamás pagan por ello. Rosa Cullell envolvió el agujero con palabras como "sostenibilidad", con reglas de tres entre valor y precio, culpando de tal deuda a una taquilla popular, que hace de la ópera en Barcelona "algo mucho menos elitista" (sic). Y con la comparación, porque lo mismo pasa en Londres, París o Milán. Al menos compartimos con lugares importantes idénticos dislates.

AY, AQUEL texto devastador denunció que la "insoportable noñería" llamada seny, ese defecto "de las capas más prehistóricas de la burguesía catalana, está acabando con la ironía, que es la única virtud del pueblo catalán que ha dado muestras de verdadero talento". Terminaba avisando que el alma de Barcelona se iría a pique "a menos que las capas más vivas de esta ciudad salgan de su estupefacción". Pero hoy, ¿qué capas son ésas? Por fin, Marsé me interrumpió mientras aniquilaba su gintónic: "Mi Pijoaparte sería hoy un inmigrante del Magreb, de América Latina", dijo, resolviendo la ecuación que Azúa planteó 23 años antes. Al despedirnos, bromeó con los cubitos de hielo de nuestros vasos vacíos: "Mira, el iceberg". Embozados contra la rasca, enfilamos las Ramblas. Allí el viento esfumó esta ficción. Y luego naufragamos.