La desmesurada cruzada del Gobierno contra el tabaco, directamente, y más subrepticiamente contra el alcohol, es no sólo delirante y cursi, sino, sobre todo, inquietante, que es lo grave. La cursilería mezclada con pedantería arrasa en «este país» desde hace décadas, y se ha enseñoreado de él desde hace año y medio. Entramos, sin tabaco y sin alcohol, en el tenebroso y metálico dominio del Gran Hermano. No me refiero, claro es, a la docena de jóvenes mangantes que exhiben impúdicamente sus vergüenzas y su pésima educación, cuando no la absoluta falta de ella, ante las cámaras televisivas, sino a la terrible organización social (¿y por qué no decir socialista?) prevista por George Orwell en su sombrío augurio «1984». En 1984 mucho se habló y escribió sobre esta novela, que desgraciadamente se leyó poco. Por entonces, yo escribí en varias ocasiones que el Gran Hermano estaba próximo, al igual que el «mundo feliz» de Aldous Huxley, que viene a ser lo mismo, aunque más atenuado. Y al fin entramos en esa era de predominio del Estado sobre el individuo y de la invasión, por parte del Estado, de los ámbitos más privados y que menos merecen hacerse públicos, como son los de la salud y el placer. Gustavo Bueno, recientemente, vuelve a dar otro toque de atención al recordar, en «El mito de la felicidad», que no corresponde al Estado proporcionar la felicidad al individuo. Entre otras razones, porque no es posible la misma felicidad repartida para todos, como si se tratara de viviendas sociales, y acaso porque eso que se llama «felicidad» no existe, ni es necesario. Por tanto, no admito que el Estado me diga lo que debo hacer en la sobremesa de una comida, impidiéndome encender un puro o tomar una copa. Tampoco es admisible que el Estado se proponga, a través de su Ministerio de Sanidad, que los obesos españoles queden reducidos a un 11% de la población. Lo que es nazismo puro, una política racista y discriminadora contra los gordos. Hitler se proponía que todos los alemanes fueran arios, y Zapatero, que todos los españoles sean delgados. Lo que hace más peligrosa la propuesta del Gobierno de Zapatero es que Hitler no era ario ni de lejos, mientras que Zapatero es delgado y seguramente asténico. Y no cabe duda de que se trata de un chico de buenas costumbres. Hace algún tiempo que afirmó aquella solemne pendejada de que no fumar ni beber alcohol es de izquierdas. Imaginemos a alguien que no es de izquierdas de ninguna manera, pero que por imperativos médicos debe abandonar el alcohol y adelgazar. En fin, que estas campañas de entrometimiento en asuntos muy personales son una ofensa para quienes se privan del alcohol contra su voluntad, pero no porque sean socialistas.
Por otra parte, la histérica campaña desatada contra el tabaco (y más disimuladamente, contra el alcohol) es pura hipocresía socialdemócrata. Se prohíbe fumar en prácticamente todas partes, pero no la venta de tabaco en los estancos. De seguir aplicándose al antitabaquismo los principios de la «corrección política», el fumador acabará convirtiéndose en un clandestino. Pero a diferencia de lo que ocurría durante la «ley seca» en Norteamérica, la compra y distribución del tabaco no sólo no estarán perseguidos por una policía al estilo de los «intocables» de Eliot Ness, sino que seguirá siendo el propio Estado quien lo distribuya y venda. La enfermiza preocupación por la salud de los ciudadanos se está convirtiendo en una invasión policial del ámbito privado muy del gusto de los totalitarismos. Si tanto le preocupa al Estado lo que respiran los ciudadanos, ¿por qué no prohíbe también los altos hornos, las demás industrias contaminantes y los tubos de escape de los automóviles? ¿Es verdaderamente el alcohol la principal causa de los accidentes de tráfico o lo es también la velocidad? Pues de la misma manera que se persigue al conductor que bebe, deberían ser prohibidos los coches que desarrollan altas velocidades. Sin embargo, se prohíbe la velocidad, pero se venden automóviles cada vez más rápidos; se prohíbe fumar, pero el Estado distribuye el tabaco. La ley antitabaco, según demostró en un artículo publicado en estas páginas Joaquín Arce y Flórez Valdés, no sólo está rematadamente mal hecha, sino que podría reducirse a un solo precepto; del mismo modo que nada se resuelve con controles de alcoholemia durante el día mientras los locales de la movida permanecen activos toda la noche.
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