El año Shostakovich, de David Torres en El Mundo
El año que entra se oirá hablar mucho del año Mozart porque se cumplen 250 años de su nacimiento, pero no hagan caso: Mozart tuvo su centenario hace cuatro días. Lo esencial el próximo año será hablar de lo que sea, con tal de no hablar de Shostakovich.
Mozart es todo lo que quisiera ser Europa. Shostakovich (que nació en 1906) es Europa tal cual: la pesadilla de una historia empachada de sangre humana, las matanzas, las deportaciones en masa, la guerra, el hambre, Auschwitz, Siberia. Mozart es la razón que sueña cielos, palacios deslumbrantes: Shostakovich, el sueño desquiciado de la razón pariendo consignas y monstruos.
Los siglos mueren con años de retraso. En Chechenia, en Irak, en las masacres de Nueva York, Madrid, Londres y Bali, el siglo XX sigue coleando, arrastrando su triste manto de catástrofe.Por eso en 2006 deberíamos recordar al músico que representa, como ningún otro, a esta centuria que no acaba de irse, empapada de humanismo sordo y ciego, de utopías rotas y de cadáveres.Quizá haya músicos más grandes que Shostakovich, pero ninguno simboliza como él, en carne y sonido, el espanto de haber vivido este calvario de mentiras y hecatombes, el horror de los campos de concentración, el chiste de la política, la farsa de que los monstruos lleven careta humana y de que ciertos seres humanos sean menos que monstruos.
El monstruo particular de Shostakovich se llamó Stalin: durante décadas tuvo que vivir con el miedo de que un día llamaran a su puerta y se lo llevaran para siempre, como a tantos amigos.Pero de algún modo logró decir la verdad: la gente que acudió al estreno de su Quinta Sinfonía salió llorando en silencio.En ella, quizá por primera vez, la música (el instrumento de introspección más poderoso que haya inventado el hombre) salía de la esfera privada a la pública. esa es su fuerza y su gloria.
En la Séptima, compuesta durante el cerco de Leningrado, levantó un monumento a la devastación y la locura de la guerra, pero también un lúcido, implacable testimonio del estalinismo, una crónica del miedo, un réquiem. Desde entonces ya no pudo abandonar el papel de yurodivi, el loco que dice la verdad, el profeta visionario del que todos se apartan y al que ni siquiera el zar se atreve a rebanar el cuello.
Hace tiempo, la raza humana envió una sonda fuera del sistema solar. Entre los mensajes enviados para una hipotética inteligencia extraterrestre hay un preludio de Bach. Nadie podría encontrar una música más desnuda, más bella: todos los logros científicos, matemáticos y artísticos de la Humanidad quintaesenciados en tres minutos gloriosos. Pero, como Mozart, esa música nos habla no de lo que somos sino de lo que quisiéramos ser. Si, además de la belleza, hubiéramos querido contar toda la maldad, la miseria y la mentira que habitan esta pequeña lágrima azul, no habríamos enviado a Bach de embajador. Habríamos enviado a Shostakovich.
