Días pasados una televisión dio dos reportajes sobre la revolución cultural china. Una cuestión de hace 30 años que ha revestido interés posteriormente debido a que en la época el hermetismo chino era prácticamente total. Se ignoraba casi todo de lo que ocurría en la inmensa China, salvo por la brecha de Hong Kong. Incluso desde el mismo Pekín se podían saber unas cosas e ignorar otras. La prueba de ello es que en 1974 fuimos a China un número de periodistas españoles que se podían contar con los dedos de una mano. Fue a raíz del curioso reconocimiento diplomático entre ambos países nacido, en parte, por querer Mao dar en los nudillos de la URSS, con la cual andaba a la greña. El caso es que un año después de la apertura china que supuso el viaje de Nixon en 1973, hubo un reconocimiento diplomático Madrid-Pekín. Se concertó una previa visita periodística para que el lector español conociera unas informaciones de China por vía española, ya que antes sólo las alcanzaba por vía extranjera.

En Pekín dos universitarios nos sirvieron benévolamente de guías. Nos presentaron a un profesor, ya venerable, que acababa de regresar de trabajos forzados en el campo. Allí le habían destinado los guardias rojos, como a tantísimos profesores, a los cuales se les obligaba a humillantes quehaceres. El venerable profesor nos contó que una de sus obligaciones consistía en mezclar, con las manos desnudas, tierra y estiércol, al objeto de que cundiera más el abono.

La revolución cultural, que entonces parecía dominada, había empezado tras una demagogia que Mao y su mujer habían propiciado. Lanzaron a los jóvenes a renovar la revolución. Era, la suya, "la revolución por la revolución". Los jóvenes querían renovar el espíritu revolucionario que, según ellos, dormitaba en los despachos de directores y otros dignatarios de la Administración, como de la enseñanza. Principalmente los objetivos eran los profesores y seguramente por ello se aplicó la palabra cultural a revolución. Según el reportaje aludido, la revolución cultural, que empezó en 1968, no terminó hasta 1976. Me sorprendió la fecha de caducidad, puesto que nosotros en 1974, ya en Pekín, la creíamos terminada.

Sin embargo, tal es la vastedad y complejidad de China, que bien pudiera haber ocurrido que lo que pasaba prioritariamente en la capital no llegara a las lejanas provincias hasta meses después. En todo caso, la revolución cultural fue mucho más mortífera de lo que en Pekín se nos dijo. Después, como ahora mismo se ha recordado, los datos sobre asesinatos y torturas fueron muchísimos. Todo realizado por muchachos de los que llamaríamos imberbes, si no fuera que en China abundan los adultos de muy escasa barba. Mao no pudo detener las masas estudiantiles cuando quiso. Se demostró que una vez lanzadas, las masas se contienen muy difícilmente. Mao había pretendido eliminar a posibles rivales suyos y avivar su poder personal.

Si juvenil fue la revolución cultural china, no menos lo fue, guardando las distancias y proporciones, la de Mayo del 68, iniciada en París. También fue originada por estudiantes y apenas rozó el interés de obreros y sindicatos. La de París fue una revolución cultural de salón incruenta, aunque espectacular.

¿Qué diremos de las destrucciones - sobre todo incendios de millares de coches- que acaban de ocurrir en los suburbios del mismo París? También las algaradas nocturnas de las banlieue fueron protagonizadas por muchachos, en gran parte menores de edad, que quizá quisieron repetir las hazañas de la intifada que durante años todos hemos podido ver por la televisión un día sí y otro también.

Las tres revoluciones mencionadas han sido ejecutadas por juveniles. En el caso de China, con una cierta ideología consistente en depurar la propia revolución. En el caso del mayo del 68, más que una ideología, había protesta: prohibido prohibir. Pero no mucho más. ¿Y en el caso de los suburbios de París? La novedad, en este caso, es la falta de una ideología propiamente dicha y la improvisación por parte de los jóvenes de una acción, que no guerrilla urbana, incendiando coches de sus propios vecinos de barrio e incluso locales y equipamientos a ellos destinados por los ayuntamientos. Ninguna aparente formal reivindicación más que pretender, por este camino, lograr unos puestos de trabajo que ellos mismos destruían de antemano. Una no incorporación de descendientes de inmigrados, nacidos ya en Francia, bien por residir en guetos, bien por la resistencia de la población autóctona a tratarles como iguales.

Salvo el contagio provocado en algunas otras ciudades francesas y con retraso una repetición en Rennes, tal levantamiento se sofocó a los pocos días, pero eso no quita que preocupe cualquier reanudación, y mientras en Francia piensan en actitudes contrarias a la xenofobia, los levantiscos no parecen formular demandas concretas. A lo sumo, unos procesados por la reacción policial del ministro del Interior, Sarkozy, adujeron que querían ver a un negro o a un magrebí en el Palacio del Elíseo. Son muchos los que habían en Francia, pero muchos menos que los negros - incorporados- que hay en Estados Unidos. Dejando en pretérito su discriminación; esta parte de la población norteamericana ha estado representada por Colin Powell en la Secretaría de Estado, que hoy ocupa Condoleezza Rice, del mismo negro color.

¿Murieron las ideologías? Ser joven no es ninguna ideología y, sin embargo, las tres revoluciones citadas y muchos recientes crímenes tienen como común denominador la extrema juventud de sus autores.