CUENTAN que, allá por 1870, el célebre músico navarro Emilio Arrieta, por entonces director de la Escuela Nacional de Música de Madrid, se hospedaba en una pensión de la calle del Desengaño, de cuyo excusado colectivo salía continuamente un olor nauseabundo. El músico se quejaba reiteradamente ante la dueña y le instaba a que solucionara tan desagradable situación, hasta que un día, al entrar en la casa advirtió que el olor, aunque distinto, resultaba aún más insoportable, por lo que preguntó a la dueña: «Pero doña Blasa, ¿qué ha hecho usted?». A lo que la dolida patrona contestó: «¿Qué he hecho? ¿Todavía no está usted satisfecho, don Juan Pascual? Pues, sepa que me la pasé toda la mañana quemando azúcar en el retrete». A lo que el músico que se cambiaba el nombre en los carteles respondió: «¡Ay, doña Blasa! ¡Con azúcar está peor!». La respuesta del autor de «Marina» fue tan festejada que ha quedado en el lenguaje coloquial para dar a entender que ciertos remedios dan, a menudo, resultados que en lugar de mejorar las cosas, las agravan o empeoran.

Algo así ha ocurrido con el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) correspondiente al mes de noviembre. Dice que para el 54,1 por ciento de los encuestados el segundo problema del país, después del desempleo, es la inmigración. Sin embargo, casi el 60 por ciento dice que en el país hay demasiados extranjeros y cuando se les pregunta no por los problemas del país, sino por los que personalmente más les afectan, la inmigración cae a un cuarto lugar (13,3 por ciento de menciones), por detrás del paro, los problemas económicos y la vivienda. Y, encima, una aplastante mayoría (el 84,7 por ciento de los encuestados) cree que sólo se debería permitir la entrada de trabajadores inmigrantes con contrato de trabajo. Ese problema que afecta al país pero no tanto a nosotros mismos y ese remedio azucarado del contrato, por otra parte comprensible, dejan al descubierto malsanos aromas de xenofobia.