TODOS partían de un amor excelso a la raza humana y de la premisa de que habría que hacer extenuantes sacrificios para purificarla. Todos compartieron unos mismos enemigos, que no eran hombres, sino números, cráneos imperfectos, razas estigmatizadas, seres impuros, la institución familiar, las clases dominantes, los libros y, englobando a lo anterior, la moral judeo-cristiana. De entre todos, los Vlad Tepes, vampiros y diablos del siglo XX, el cariñoso y visionario «Tío Joe», como lo llamaba Roosevelt, ocupa un lugar privilegiado. Al «hombre de acero» se le atribuye la frase de que «matar a un hombre es un gran crimen. Matar miles de hombres es cuestión de estadística». Stalin asesinó a veinte millones de soviéticos, pero todos esos crímenes eran justificados a la luz de una causa noble, lo que Bukharin llamó «la manufactura de hombres comunistas», que daría lugar a una humanidad feliz.

El terror a gran escala de Stalin fue criticado por su sucesor, Jruschev. Los legatarios de Stalin desistieron de los grandes designios de «ingeniería social» de su predecesor. Esos proyectos encontraron su más distinguido heredero en el «Gran Timonel» de la Revolución comunista en China. Mao emprendió dos de las políticas más destructivas de la historia: se ha contabilizado que «El Gran Salto adelante» y «la Revolución cultural» provocaron entre veinte y treinta millones de víctimas. Junto a las víctimas inocentes e «indirectas» de su transformación social, Mao concebía que entre los seiscientos millones de chinos había treinta millones de enemigos por exterminar. El que sus políticas y programas de exterminio supusiesen la eliminación de un sexto de la población china no preocupaba especialmente al poeta, filósofo y gran líder. Según Mao, «tenemos tanta gente. Nos podemos permitir el lujo de perder unos cuantos. ¿Qué diferencia supone en realidad?».

Pol Pot estudió en Francia y había leído a Voltaire y Víctor Hugo, pero la inspiración de su acción política procedía de Mao. Como el timonel chino, sus Jemeres Rojos atacaron la familia, los libros, la religión y la cultura tradicional, en la justificación de que la destrucción daría lugar a una sociedad «rebosante de armonía y felicidad». Trastornados con asegurar la pureza de su revolución, los Jemeres destruyeron sin piedad al 25 por ciento de la población de Camboya, casi tres de los ocho millones de ciudadanos.

La aportación de Hitler a las ideologías de la pureza del siglo XX no se basó en el raudal de sus asesinatos de Estado -en las que Mao o Stalin lo superaron con creces-, sino en la mezcla de «tribalismo nacionalista» y «darwinismo social» e «higiene racial». El «tribalismo» significaba la unidad de la raza, por tanto, la invasión de los espacios de otras naciones habitados por la alemanes. El «darwinismo» sugería la imposición de la raza fuerte sobre las débiles: el dominio germano en Europa. La «higiene racial» implicaba la protección del «patrimonio genético ario» mediante una «política de biología poblacional» preconizada por el profesor Eugen Fischer, rector entonces de la Universidad de Berlín.

Pero la maldición de Stalin, el olvido de Mao, la repulsión de Pol Pot o la derrota de Hitler no han eliminado de la genética humana el amor a una pureza uniforme, a una tribu perfecta, a una raza elegida, a una ideología definitiva. En los albores del siglo XXI, brotes de esta misma simiente siguen amenazando nuestra kantiana «paz perfecta». En los noventa, los hutus se embarcaron en un programa de exterminio de todos los tutsis de Ruanda; en los Balcanes, serbios, croatas y bosnios idearon y aplicaron con extrema brutalidad programas de limpieza étnica. Milosevic prolongó esos proyectos dentro de Serbia, cuando pretendió aniquilar y aterrorizar a la población albana de Kosovo en el año 1998. A principios del siglo XXI, el wahabbismo islamista radical sueña con crear un nuevo «Califato árabe»: ya sabemos la suerte que espera a quienes no lo compartan, incluso fuera de sus fronteras, como revela el asesinato del cineasta holandés Theo Van Gogh. En Francia, Austria y Dinamarca, algunos partidos políticos racistas hacen referencia a la pureza histórica de sus genes. El pasado año, los atentados antisemitas en Centro Europa superaron el millar. Este mes, el presidente iraní ha escandalizado al mundo al minimizar el Holocausto nazi y refrescar los credenciales violentamente antisemitas de su país. La hiperpotencia americana, de instrumentalizar la democracia como ideal sublime de sociedad perfecta, ostensible de ser impuesto a los demás, terminará cayendo en una forma de delicado y refinado autoritarismo. Su guerra antiterrorista sin cuartel acendra esa tendencia: conviene no olvidar que Auschwitz también era para los nazis una prisión «extraterritorial» en territorio polaco, como para los americanos Guantánamo o Abu Ghraib.

Tampoco la Península Ibérica es ajena al microbio de la raza, al martirio por la tribu, al mito de la pureza. Existen aquellos que se refieren a un ADN diferenciado; asesinos que se creen políticos heroicos; políticos que exaltan mitos del pasado para construir sociedades que saben condenadas a la división, fundadas en las virtudes particulares que ellos solos ven en una «nación» egregia, pero victimizada. A algunos presidentes autonómicos les parecen anticuadas leyes aprobadas en el año 1978, y muy modernas, por el contrario, ordenanzas del siglo XV.

Nosotros, los murcianos, probablemente no hemos aportado a la filosofía universal grandes obras, pero hemos ahorrado al mundo el pecado de la idiotez; la indecencia de sentirnos superiores, o la estulticia de creernos de una mejor sangre o disposición que los demás. Somos una tierra abierta, en medio de un cruce de caminos, con media cara mirando a un mar que es un mosaico de culturas, religiones y razas. Los mitos de la pureza y superioridad racial; las ideologías amorales que prometen paraísos perfectos; los líderes proféticos y providenciales que unirán a pueblos elegidos bajo califatos guerreros no han traído a la humanidad otra cosa que dolor, crujir de dientes y derramamientos de sangre. Es el deber de los ciudadanos del siglo XXI no caer en las trampas en las que cayeron los del siglo XX, y evitar con toda energía que minorías gansteriles, resueltas y fanáticas accedan jamás al poder.

PABLO S. BLESA ALEDO UNIVERSIDAD CATÓLICA SAN ANTONIO