La victoria de Evo Morales por mayoría absoluta en las elecciones bolivianas marca un hito en la historia de este sufrido país, auténtico laboratorio social de América Latina. Se ha confirmado la desaparición de los partidos tradicionales, con la asunción de la presidencia por parte de un campesino aymara. Se ha consolidado una clara mayoría política y una oposición organizada en torno a un sistema bipartidista.
Y es que desde el restablecimiento de la democracia en 1982, cada crisis política conducía a una fragmentación de la representación en grupos de interés que hicieron ingobernable el país. Así las protestas populares no podían ser tratadas en el sistema político y ello condujo a repetidas dimisiones de presidentes bajo la presión de la calle. A la inestabilidad política también contribuyó el centralismo al que se enfrentan varias regiones, entre ellas el departamento de Santa Cruz, la economía más dinámica del país. Santa Cruz ha sido la base electoral del partido de centroderecha Podemos, liderado por el expresidente Quiroga, un joven tecnócrata liberal de formación estadounidense. También ganó Quiroga en la provincia de los yacimientos del gas, Tarija, así como en el Pando y el Beni.
Sin embargo, el Movimiento al Socialismo (MAS) de Evo Morales, organizado en torno a los cocaleros y sus aliados de los movimientos sociales, arrasó en La Paz (con un 64%), sobre todo en las zonas pobres, en el altiplano (62% en Oruro) y en Cochabamba (un 60%). Quiroga obtuvo un tercio de los votos y los otros candidatos quedaron por debajo del 10%. La relación de fuerzas entre los dos partidos están igualadas en el Senado y con ligera ventaja del MAS en el Congreso de Diputados.
Así pues, con la ayuda de las Fuerzas Armadas, que se han mantenido en una actitud sensata y constitucional a lo largo de las dramáticas crisis recientes, Bolivia ha conseguido estabilizar sus instituciones políticas y abrirse a un juego de posible alternancia. Más aún: el voto para las instituciones departamentales es distinto, por lo que se configuran mayorías territoriales acordes con las características de cada área, permitiendo un sistema de negociación. Pero los equilibrios políticos dependerán en último término de que exista una nueva política que atienda a las reivindicaciones de potentes movimientos sociales. Existe margen de maniobra, porque la economía va bien. Ha crecido en un 3,9% en 2005, en base a un aumento de exportaciones del 17%, con una inflación del 5,3% y un déficit fiscal de tan sólo el 2,8%. Las previsiones para el 2006 se sitúan en los mismos parámetros. La distribución de esa riqueza es otra cosa: más del 60% de la población vive en la pobreza. De ahí la urgencia de mejoras de salarios y de gasto social para atender a las demandas populares.
PERO LOS dos problemas urgentes y sobre los que el pueblo exige una resolución tienen un componente internacional. El primero es acabar con los programas de erradicación del cultivo de la coca impuestos por Estados Unidos. Como dice el presidente Morales, una cosa es la hoja de coca y otra la cocaína. La coca forma parte del modo de vida andino y su canalización gradual hacia usos distintos del mercado del narcotráfico requiere programas de cultivos alternativos que den una salida a los cientos de miles de campesinos que viven de ellos. Estados Unidos se ha opuesto fuertemente a Evo Morales en el pasado, por lo cual, a pesar de la moderación que ha demostrado el nuevo presidente, se prevén tensiones. Sobre todo porque el presidente venezolano Chávez es una referencia para Morales, que mira con simpatía el proyecto de revolución bolivariana.
Por otro lado, el detonante de las crisis de estos últimos años ha sido la política de hidrocarburos, por las concesiones realizadas a empresas multinacionales, en particular Repsol, Petrobras y Total, para la explotación de los inmensos yacimientos de gas descubiertos en Tarija. Morales se dispone a cumplir su promesa electoral de aplicar la Constitución boliviana sobre la propiedad pública de recursos naturales y nacionalizar los yacimientos, aplicando un alto nivel de imposición en concepto de regalías (se habló del 50% de las ganancias).
Paralelamente, se muestra conciliador, insiste en que no expropiará los bienes de las empresas, que sus inversiones no corren peligro y que se negociarán nuevos contratos garantizando una ganancia que sea razonable. Y es que el precio de la energía de los hidrocarburos se ha triplicado desde que se firmaron los contratos de concesión. Las empresas energéticas, y en particular Repsol, fueron muy críticas con las declaraciones de Morales y de otros dirigentes bolivianos en su momento, pero ahora parecen más flexibles, ante el mandato político que Morales ha recibido de su pueblo.
ESTA ES una de las razones por las que el presidente Morales tiene interés especial en reactivar la relación con España y con el presidente Rodríguez Zapatero, a quien considera su enlace natural con Europa. Es de esperar que, a diferencia de lo que hizo Estados Unidos en América Latina, nuestro Gobierno no interprete que lo que es bueno para Repsol es necesariamente bueno para España. Hay una oportunidad histórica para restañar las heridas de un pueblo humillado por siglos de colonización, marginación y desprecio. Sepamos aprovecharla en un momento en que un indígena dirigente de movimientos sociales es elegido presidente por sus conciudadanos en un modélico proceso electoral. Renace Bolivia y tal vez podamos renacer nosotros de nuestra vergonzante historia de inepto poder colonial.
Manuel Castells. Profesor de la UOC y profesor honorario de la Universidad de Cochabamba.

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