Poca broma, de Joan Barril en El Periódico
AHORA TODO ha de ser exacto, preciso y transparente. No hay lugar para la inocentada popular. Pero en cambio estamos sometidos diariamente a la mentira sistemática de todos los poderes.
Ya pasó el día de los inocentes y, la verdad, ya nada nos extraña. Con George Bush al frente del planeta todos nos hemos vuelto crédulos a la fuerza. Cuando desde la televisión un presidente español nos dijo muy en serio aquello de que "puede estar usted completamente seguro de que las armas de destrucción masiva aparecerán" los santos continuaron en su santidad, pero todos perdimos la inocencia. Embromar al prójimo en el día de ayer es una costumbre antiquísima y muy fértil. Incluso la Iglesia se sumaba a la gran broma universal con la figura del bisbetó, un niño al que se le disfrazaba de obispo y se le permitía incluso subir al púlpito a pronunciar un sermón. La suplantación de la realidad siempre ha sido una gran válvula de escape para circular por la estrecha maroma entre lo posible y lo imposible, entre la sátira del poder y la alegría que pasa. Esos monigotes de papel que en realidad ya ni se ven en las espaldas de los confiados desconocidos fueron en la antigüedad hojas de col que los chavales pedían a las verduleras para colgarlas en la espalda de sus parroquianas. Pues ya ven: ni hojas de col ni monigotes de papel ni llamadas telefónicas ni siquiera presidentes con bigote que en sí mismos ya eran una inocentada. De pronto nos hemos puesto enormemente serios.
Los periódicos los que más. Los periódicos de referencia no conciben la posibilidad del gazapo intencionado entre sus noticias. Tampoco las radios ni las televisiones. Por fortuna nos queda aquel anuncio de hace unos años que nos advertía de que si el diario tal decía que las vacas volaban es que era cierto. ¡Qué tiempos aquellos en los que los publicitarios se avanzaban a nuestra capacidad de sorpresa! También en 1991, concretamente un viernes 5 de abril, el programa de TVE de Sant Cugat El Camaleó, cuyos contenidos eran siempre ficciones periodísticas, anunció un hipotético golpe de Estado contra el entonces presidente de la URSS, Mijail Gorbachov. Menudo escándalo. Se cesó a sus responsables y los políticos se rasgaron las vestiduras por la audacia de El Camaleó. Pocos meses después, en su residencia veraniega de Crimea, Gorbachov se vio retenido durante tres días en un golpe de Estado auténtico. Tras los hechos, dimitió. Pero entonces ya nada era una broma.
Llegados a este punto en el que nadie embroma públicamente a sus conciudadanos, cabe preguntarnos qué es lo que nos está pasando. Pues nos está pasando que nada de lo que se invente supera en sorpresa a la realidad. La inocencia no es una virtud, sino una resignación. Nos importa muy poco saber si nos están gastando una broma, porque tarde o temprano la broma se va a convertir en realidad. ¿Para qué gastar titulares que son falsos, si algún día serán auténticos? No sólo eso: hoy la broma ha sido superada por una vieja práctica mucho más perniciosa que es la mentira. Ninguna inocentada, por audaz que sea, puede superar la piel gruesa de tantos ciudadanos que son víctimas de la mentira pública y sistemática de sus administradores. Se acabó la inocencia. Eso es todo. Ya sólo falta que llegue un nuevo Herodes y nos pase a todos a cuchillo.
