HAY libros tan buenos que el cronista no resiste la tentación de pasarlos a sus lectores: léanlos cuanto antes, zambúllanse de cabeza, buceen cuanto sus pulmones den de sí. Hay mucha emoción comprimida en las dos tragedias europeas que recordamos, la guerra española de 1936 y el régimen de Vichy en 1940-43. La primera, contada por Antony Beevor, militar de carrera, luego historiador, especializado en la Segunda Guerra Mundial, decidido a contar la verdad. La segunda, en una formidable biografía de Francois Mitterrand, escrita por un enarca, Jacques Attali. El estudio de Anthony Beevor parte de lo investigado durante años en los archivos soviéticos, desclasificados en los años noventa. «La Guerra Civil Española», 900 páginas, 29 euros, cuenta con una excelente traducción de Gonzalo Pontón. Desde Raymond Carr, Hugh Thomas o Paul Preston, hay decenas de autores británicos que han sacado a la luz el último conflicto español, sin acabar nunca de explicar todas sus consecuencias. Beevor pone su foco sobre tres puntos. Primero, la ilegitimidad de la sublevación contra el poder constituido: ni la revolución del 1934 ni la muerte de José Calvo Sotelo, asesinado por un grupo de policías incontrolados, justifican el golpe militar, que se convertiría en larga guerra contra un sistema legítimo. Segundo, el desarrollo de las operaciones, con unidad de mando en los sublevados e interminables divisiones en el campo de la República, no prueba que los vencedores merecieran ganar pero demuestra que los derrotados merecieron perder. Tercero, el peso del mundo exterior en la guerra de España. En pocos meses se decantaron los intereses y propósitos de una decena de gobiernos, sin olvidar a Estados Unidos. Republicanos y franquistas fueron movidos, frenados, impulsados, por enormes fuerzas que desconocían: la potencia petrolera norteamericana; la desvergüenza y crueldad de Hitler; la neutralidad de Gran Bretaña y Francia; los cambios de Stalin, que apoyó a fondo y dejó caer de golpe al gobierno del doctor Negrín, según explica la documentación de Moscú.

La otra obra, aparente biografía («C´estait François Mitterrand», Ed. Fayard, 2005), es, entre otras cosas, una melancólica reflexión sobre la verdad y la mentira. Attali, uno de los consejeros de Mitterrand durante su larga magistratura (1981-1995), trabajó en el Elíseo, separado del despacho del jefe del Estado por un solo tabique. De pronto, en 1994, con Mitterrand mortalmente enfermo, el libro de Pierre Péan descubrió el pasado del presidente en Vichy, años 1942 y 1943. El libro estalló como una bomba en el centro de Francia. Durante un período no breve (mínimo de diez, máximo de dieciocho meses) François Mitterrand, de 25 años, colaboró con la Administración de Pétain. No cometió acto alguno condenable, ni siquiera indigno, pero sirvió en un pequeño puesto de designación política a un sistema despreciable, el fantasmal régimen de Vichy, reflejo del poder que le delegaba la Alemania nazi. Aquel régimen colaboró con la Gestapo en la captura y entrega de decenas de millares de judíos franceses, la mayoría de los cuales morirían en lejanos campos polacos. Mitterrand pasó en 1943 a la Resistencia y fue jefe de una de sus redes, con riesgo frecuente de su vida. Pero ocultó un tramo de su juventud y mintió sobre él, no sólo por omisión. Los servicios a Francia, a la reconciliación de los europeos, la construcción de la Comunidad junto a Helmut Kohl... ¿desaparecen por aquella tacha inicial?

La tragedia, explicaba Friedrich Nietzsche, no es un cuento que siempre acaba mal. Es la historia verdadera, con los componentes reales de la vida del hombre. Dos ríos subterráneos confluyen en los dos libros: mismos años de Europa, dominados por el inexplicable poder ascendente de Hitler. Dos libros en defensa de la memoria. Dos obras maestras. ¿De qué es capaz un ser humano? ¿Qué puede hacer contra su propio interés por defender la vida de otros, a los que no conoce? ¿De dónde proviene la determinación de resistir al poder?